domingo, 10 de abril de 2011

LA HORA CIEGA


POR PIEDAD VILLEGAS

No era posible conseguir en que irse a esa hora. Los teléfonos sonaban ocupados o en buzón y desistió de seguir llamando. Lo que había comenzado como un fuerte aguacero se convirtió en una tormenta inclemente a la que no quería enfrentarse, los relámpagos no cesaban, los truenos aturdían y hacían vibrar los ventanales, pensó que además de incomunicada en cualquier momento se quedarían sin energía.

Miró el reloj, eran los últimos minutos de la hora ciega como la llaman. Se asomó por la ventana, el brillo del asfalto reflejaba todos los matices del gris que permitía la tarde lluviosa, los árboles se agitaban y movían sus siluetas poderosamente por la fuerza del vendaval. Ya no veía el carro de Jacobo parqueado afuera.

Cuando él salió afanado en medio del aguacero, ella no quiso detenerlo, minutos después con el primer rayo no se contuvo y fue detrás de él pero no lo alcanzó, regresó al aparta estudio emparamada tratando de convencerse de que no estaba contrariada.

Ahora todo estaba mojado, afuera y adentro. Por la ventana miraba esos árboles estremeciéndose como si fueran a arrancarse de raíz… si lo hubiera alcanzado… tal vez sabría finalmente por que se fue convirtiendo en una sombra…en ese lado oscuro del arquetipo de la inocencia.

Si lo hubiera alcanzado, tal vez ese aguacero hubiera sido la oportunidad de quedarse un rato más para hablar alguna vez, sobre como esto, que no tenía muy claro, les estaba cogiendo ventaja.

O si lo hubiera alcanzado, los dos hubieran tenido una buena disculpa para llegar más tarde… para seguir explorando con sus sentidos básicos y tocarse como se toca el agua, moverse como nadando, sentir ese bienestar parecido al del árbol cuando se agarra con sus raíces a la tierra en un día de sol, cuando es, capaz de sostenerse en equilibrio; caber tan precisos la tierra y el árbol, el uno en el otro.

La lluvia golpeaba sin compasión y como una premonición, asustaba como pensar.

Se recostó en el sofá, mirando sin ver un jardincito japonés que había encima de la mesa. Las piedras formaban una espiral calculada que apenas se distinguía entre las sombras, piedras seleccionadas traídas de quien sabe que paisajes, para terminar enterradas en una caja llena de arena, ya no se distinguían colores y las cosas de ese salón habían perdido su identidad. Sonrió suavemente. Todo eran siluetas sin detalles, así desde hacía tres años, una vez o si mucho dos, cada mes o cada dos meses, en ese edificio horrible de aparta estudios, entre las cinco y media y las seis y media de la tarde. Esa hora silenciosa, indefinible, la de no ver bien nada, la de esperar…la luz no es luz y la oscuridad tampoco lo es, en ese lugar sin dueño conocido, donde ella podría no estar nunca…

Estaba mojada y la ansiedad comenzó acorralarla, la tormenta arreció. Prendió todas las luces pero ninguna encendió.

Siempre se iba él primero para que nadie los viera salir juntos, y caminaba hasta el carro que tenía parqueado al final de la calle. Ella pedía un taxi y un poco más tarde se iba hasta el centro comercial donde había dejado su carro.

Así desde aquella tarde de compras cuando el ritual comenzó, eran dos desconocidos que bajaron al parqueadero por la escalera eléctrica del mismo centro comercial, no fue posible huir en la inmensidad de ese sótano caliente…caminaron en la en la misma dirección hasta sus carros que estaban uno frente al otro… en ese pequeño trayecto ya habían ido muy lejos.

Se metió en la cama, las siluetas a su alrededor se veían cada vez más oscuras por la tormenta, ya las sombras no parecían chinescas, eran como vetas deformadas. Llovía sin parar pero el tiempo parecía estar detenido en las imágenes de muchas de esas horas en las que nada se distinguía… hora ciega, en la que no había palabras, en la que solo hablaban los besos, las caricias, sin pasado, sin futuro, un tiempo que no era para recetas, ni perfumes y en el que los olores, los sabores y el calor flotaban por encima de ellos para perderse sin dejar rastro.

La única textura era la piel; la piel acalorada y sudorosa que se envolvía los saludos, las despedidas, las conversaciones, las definiciones y hasta los silencios… como la corteza de un árbol, vistiendo, guardando, protegiendo los anillos que marcan el tiempo transcurrido.

Cada vez era más difícil desprenderse, zafarse, esa hora no alcanzaba para darse cuenta que cada vez era mas difícil ahondar bajo la superficie. Cada vez más, a esa hora le salían minutos extras para un último beso, segundos extras que no daban tregua para decir una sola palabra y que solo alcanzaban para vestirse como desvistiéndose. Cubrirse de nuevo, no dejar ninguna cosa olvidada y desaparecer sin tener presente los pliegues de las manos, o de los pies, o de… no tener presente ni el color de la camisa, y vagamente recordar una mirada afanada.

Empezó a quitarse ansiosamente la ropa húmeda. Tenía frío y se cubrió con la sábana, no quería estar allí pero la lluvia persistía y no podía salir. Se acostó mirando hacia la ventana, quieta, el agua afuera hacía tanto ruido que no escuchó la puerta cerrarse. Se estaba imaginando a Jacobo desnudándose mientras se acercaba a la cama, no lo vio acercarse pero lo sintió emparamado cuando se pegó para abrazarla. Mientras la besaba la mojaba, la hora ciega ya había pasado, cerró los ojos y sintió que eran tan precisos como la raíz y la tierra, mas, si los ojos estaban cerrados. En la oscuridad los brazos y las manos se acomodaban en la espalda… en los muslos... en las nalgas… las manos buscaban los lugares mas recónditos… desde la cabeza hasta las piernas volaban con la ligereza del viento, los dedos navegando… los brazos y los dedos multiplicados llegando hasta los confines de la piel… las piernas anudándose con urgencia, los pies asiendo para no resbalarse, para amarrar el nudo, no salirse del adentro, del surco profundo y húmedo en el que se estaban hundiendo de nuevo.

En un breve instante todas las luces se encendieron. Quedaron visibles y expuestos, encandilados se paralizaron. Tomándose tiempo para abrir los ojos, por primera vez se vieron de verdad.


Publicado en el libro Antología de cuentos. Talleres literarios 2010. Red Nacional de Talleres de Escritura Creativa. marzo 2011, Medellín, Colombia.





1 comentario:

NTC dijo...

Sobre el libro ver:
ANTOLOGÍA DE CUENTOS. Talleres literarios 2010. RENATA. Marzo 2011: http://ntc-narrativa.blogspot.com/2011_04_09_archive.html