lunes, 11 de abril de 2011

EXAMEN EN BLANCO

Por Constanza Lema Botero

A las 4:00 a.m sonó el despertador. Me había dormido a las tres. Tenía la boca abierta de par en par. La cerré inmediatamente y me limpie las babas con la sábana. Qué oso, me dije apagando el despertador torpemente, pero me volví a quedar dormida.

Alguien abrió la puerta de mi cuarto bruscamente, era mi madre. Me jaló la cobija y rezongó: ¡Son las cinco! De un brinco tomé la ropa que había dejado en el espaldar del asiento y me vestí sin ducharme.

—Aunque sea desayune, mija.

—No alcanzo, mamá. El examen es a las seis y media y el bus se demora por lo menos hora y cuarto hasta el sur.

—El chocolate ya está y la arepa no es sino voltearla y listo.

–No mamita, guardame la arepa y el chocolate… ah, y los frijoles del almuerzo, esos me los empaco cuando regrese. Ahora lo que tengo que hacer es ponerme las paticas en la nuca.

Le di un beso al vuelo, corrí hasta la esquina y cogí el bus a las cinco y veinte.

Antes de quedarme dormida recordé a Ramón. Cuando desperté, lo primero que me vino a la cabeza fue Ramón. El sol estaba espléndido, el bus me pareció confortable, la gente distinguida, la música chévere. El mundo entero sonreía y era amable. Hasta los policías me parecían adorables. En una palabra: estaba tragada, perdidamente tragada. ¡Auxilio!

La noche anterior habíamos estudiado duro. Cinco horas. Él me tomaba la mano para que yo escribiera y repasara los elementos químicos una y otra vez, que porque era una buena forma de memorizarlos. Yo repasaba también sus manos, sus vellos, sus cejas y su boca y cuando podía también repasaba el etcétera.

Así pasamos la noche, Ramón pidiéndome que repitiera oralmente los ciento y pico de elementos y yo que a duras penas me acordaba de 15 o veinte. El fosforo (P) se me confundía con el plomo (Pb); el oro (Au) con la plata (Ag); el platino (Pt) con el polonio (Po) y la mierda con la pomada. Con paciencia de ángel, Ramón insistía en su método. Tomaba mi mano con dulzura y me rogaba que me concentrara. Yo trataba de hacerlo pero era imposible viendo ese brazo fuerte y peludo. Entonces le cogía la mano y me la ponía sobre el muslo con mi mejor cara de mosquita muerta.

Él como que ni se enteraba. ¿O sería que también ponía cara de mosquito muerto? El caso es que seguía hablando muy serio de ácidos y básicos y moles y valencias, y yo volvía y miraba sus ojos y su boca porque se supone que en las conversaciones serias eso es lo que se hace. Si se le despeinaba el bigote, ya la tabla de los elementos químicos perdía toda importancia para mí. Yo sabía de química pero de la que salía de mi cuerpo en ese momento: dopamina, neropinefrina y oxitocina. Me lo había explicado el profe la semana anterior con videos y gráficas. Son unas "drogas" que produce el cerebro cuando estamos excitados, quitan la sensación de cansancio e inhiben el apetito (el apetito de alimentos, se entiende). Eso lo sentía tal cual me lo enseñó el profe, como una cascada de agua fresca sobre la piel desnuda, como un corrientazo en el alma.

—Acuérdate que la P es para el fosforo y la K para el potasio –decía–. ¿Estás entendiendo la lógica de cada letra con su sonido y su símbolo?

–Sí, amor, vos sos el profesor más bueno de todos –le respondía yo, subrayando la palabra sin pudor y sin comprender qué lógica puede haber en ponerle la K al potasio. ¡Lógica masculina, seguramente!

Pero me sentía tranquila, era suficiente con que Ramón supiera lo que me enseñaba para pensar que yo iba a responder muy bien el examen. Confiaba en nuestra ósmosis, y como lo que estábamos estudiando era Química y química era lo que sobraba, yo me sentía la mejor aprendiz. Así pasaron las cinco horas más dulces y productivas de mi vida.

Mientras Ramón hablaba yo escribía acrósticos con los elementos. El símbolo del radio (Ra) quería decir Ramón, el polonio (Po) porvenir, el sodio (Na) nacer y así bobamente con los demás. A las dos de la mañana dibuje un corazón con algunos elementos en letra gótica.

Él me preguntaba por los elementos más o menos reactivos. Algunas veces yo acertaba en las respuestas y me premiaba con un beso apretado que me llevaba al cielo y me hacía pensar que era cierto el epígrafe del capítulo del carbono: "Todos los átomos que componen nuestro cuerpo se formaron hace miles de millones de años en estrellas gigantes rojas. Estamos hechos, pues, de polvos de estrellas".

Llegué a tiempo, el profesor nos estaba dando una espera, tenía los exámenes bajo el sobaco y ya había organizado los asientos.

— ¿Estudiaste chica? –me preguntó.

—Si profe, toda la noche. Pregunte lo que quiera.

Era el examen final y tenía que sacar una nota muy alta para subir el promedio o perdería la beca. Me estremecí de sólo pensarlo. Mi papá me había confesado que la "situa" estaba dura. No era para menos. ¡Yo en el primer semestre de la universidad y mis dos hermanos terminando bachillerato! Cuide esa beca, mija, me dijo mirando el suelo, como avergonzado de su pobreza, o tal vez no era vergüenza (es un hombre de carácter y bueno como el pan), tal vez estaba era lleno de lástima por tener que presionar a su niña… Pobre papá.

Cuando recibí el examen empecé a revisar las preguntas con la misma química con la que repasé a Ramón poro a poro. En ese momento la cascada de amor se empezó a convertir en ráfagas de nervios. No entendía nada, las preguntas estaban relacionadas con los elementos metálicos y no metálicos; con los que tienen propiedades similares y se presentan en triadas: cloro, bromo y yodo; azufre, selenio y teluro… y mi Ramón no tenía nada que ver con ese cuestionario.

Pasaba el tiempo, miré a Soraya y ya iba en la quinta pregunta. Me sentía totalmente perdida. Le hice señas para que me pasara aunque fuera la primera pregunta escrita en el borrador, pero me miró con desprecio. Mañana escribo en los baños "Soraya es prepago", juré.

Al lado derecho mío estaba José. Su lápiz se movía con la agilidad de un colibrí. Estaba sobrado, a juzgar por las dos páginas que ya había escrito. Traté de enfocar su examen mientras el profe me daba la espalda, pero el muy idiota apoyó su gordo codo en la tabla del asiento y me dejó viendo un chispero.

—Faltan cinco minutos, muchachos –nos dijo el profesor.

Sentí un vacío angustioso en la boca del estómago. Alcancé a detener la primera lágrima con la manga de mi saco pero la segunda no me dio tiempo y fui un mar de llanto cuando el profesor se llevó mi examen en blanco.


1 comentario:

NTC dijo...

Este cuento fue uno de los cinco seleccionados que se publicarn en el libro "ANTOLOGÍA DE CUENTOS. Talleres literarios 2010". RENATA. Marzo 2011.Sobre el libro y los enlaces a los otros textos de los miembros de este Taller, ver:
http://ntc-narrativa.blogspot.com/2011_04_09_archive.html .
Atte., NTC … Nos Topamos Con … http://ntcblog.blogspot.com/ , ntcgra@gmail.com .