lunes, 11 de abril de 2011

Libro Antologia de cuentos 2010






Comparto la primicia de la publicación de la Antología de cuentos Talleres literarios 2010. Red Nacional de Talleres de Escritura Creativa que llegó ayer a mis manos por correo.
Allí aparecen textos de las talleristas del Taller Renata de Cali-JCL - Biblioteca Departamental: Piedad Villegas, Leonor Fernandez Riva, Constanza Lema Botero,
Ana María Gómez;
cabe resaltar que es el único taller que tuvo tantas personas incluida
s cuatro.

Compilador: Conrado Zuluaga
Corrección: Miguel AguasEdición y diseño: Tragaluz Editores S.A.
Ilustración: Juan Carlos Restrepo Rivas
Impresión y acabado: L. Vieco e hijas Ltda.
Primera edición: marzo de 2011
En el Prólogo, Conrado Zuluaga dice: La lectura de casi dos centenares de textos y su selección ha conducido a una serie de pensamientos sobre
el oficio de escribir y sus exigencias, con el ánimo exclusivo de invitar a la reflexión sobre el trabajo que vienen adelantando los Talleres y el propósito de sus participantes de convertirse en escritores. (...) Los textos escogidos en esta ocasión no alcanzan a ser el diez por ciento de los preseleccionados. Son los mejores a criterio de quien llevó a cabo esta antología.



La contraportada: Los relatos que conforman esta antología son producto del trabajo de noveles escritores de diversas regiones de Colombia, que asisten a los diferentes talleres de la Red Nacional de Talleres de Escritura Creativa del Ministerio de Cultura.

Adjunto imágenes de contraportada, portada y contenido. En este blog encontrarás los cuentos para escogidos de nuestro taller.



Más información: Ver NTC... Narrativa




EXAMEN EN BLANCO

Por Constanza Lema Botero

A las 4:00 a.m sonó el despertador. Me había dormido a las tres. Tenía la boca abierta de par en par. La cerré inmediatamente y me limpie las babas con la sábana. Qué oso, me dije apagando el despertador torpemente, pero me volví a quedar dormida.

Alguien abrió la puerta de mi cuarto bruscamente, era mi madre. Me jaló la cobija y rezongó: ¡Son las cinco! De un brinco tomé la ropa que había dejado en el espaldar del asiento y me vestí sin ducharme.

—Aunque sea desayune, mija.

—No alcanzo, mamá. El examen es a las seis y media y el bus se demora por lo menos hora y cuarto hasta el sur.

—El chocolate ya está y la arepa no es sino voltearla y listo.

–No mamita, guardame la arepa y el chocolate… ah, y los frijoles del almuerzo, esos me los empaco cuando regrese. Ahora lo que tengo que hacer es ponerme las paticas en la nuca.

Le di un beso al vuelo, corrí hasta la esquina y cogí el bus a las cinco y veinte.

Antes de quedarme dormida recordé a Ramón. Cuando desperté, lo primero que me vino a la cabeza fue Ramón. El sol estaba espléndido, el bus me pareció confortable, la gente distinguida, la música chévere. El mundo entero sonreía y era amable. Hasta los policías me parecían adorables. En una palabra: estaba tragada, perdidamente tragada. ¡Auxilio!

La noche anterior habíamos estudiado duro. Cinco horas. Él me tomaba la mano para que yo escribiera y repasara los elementos químicos una y otra vez, que porque era una buena forma de memorizarlos. Yo repasaba también sus manos, sus vellos, sus cejas y su boca y cuando podía también repasaba el etcétera.

Así pasamos la noche, Ramón pidiéndome que repitiera oralmente los ciento y pico de elementos y yo que a duras penas me acordaba de 15 o veinte. El fosforo (P) se me confundía con el plomo (Pb); el oro (Au) con la plata (Ag); el platino (Pt) con el polonio (Po) y la mierda con la pomada. Con paciencia de ángel, Ramón insistía en su método. Tomaba mi mano con dulzura y me rogaba que me concentrara. Yo trataba de hacerlo pero era imposible viendo ese brazo fuerte y peludo. Entonces le cogía la mano y me la ponía sobre el muslo con mi mejor cara de mosquita muerta.

Él como que ni se enteraba. ¿O sería que también ponía cara de mosquito muerto? El caso es que seguía hablando muy serio de ácidos y básicos y moles y valencias, y yo volvía y miraba sus ojos y su boca porque se supone que en las conversaciones serias eso es lo que se hace. Si se le despeinaba el bigote, ya la tabla de los elementos químicos perdía toda importancia para mí. Yo sabía de química pero de la que salía de mi cuerpo en ese momento: dopamina, neropinefrina y oxitocina. Me lo había explicado el profe la semana anterior con videos y gráficas. Son unas "drogas" que produce el cerebro cuando estamos excitados, quitan la sensación de cansancio e inhiben el apetito (el apetito de alimentos, se entiende). Eso lo sentía tal cual me lo enseñó el profe, como una cascada de agua fresca sobre la piel desnuda, como un corrientazo en el alma.

—Acuérdate que la P es para el fosforo y la K para el potasio –decía–. ¿Estás entendiendo la lógica de cada letra con su sonido y su símbolo?

–Sí, amor, vos sos el profesor más bueno de todos –le respondía yo, subrayando la palabra sin pudor y sin comprender qué lógica puede haber en ponerle la K al potasio. ¡Lógica masculina, seguramente!

Pero me sentía tranquila, era suficiente con que Ramón supiera lo que me enseñaba para pensar que yo iba a responder muy bien el examen. Confiaba en nuestra ósmosis, y como lo que estábamos estudiando era Química y química era lo que sobraba, yo me sentía la mejor aprendiz. Así pasaron las cinco horas más dulces y productivas de mi vida.

Mientras Ramón hablaba yo escribía acrósticos con los elementos. El símbolo del radio (Ra) quería decir Ramón, el polonio (Po) porvenir, el sodio (Na) nacer y así bobamente con los demás. A las dos de la mañana dibuje un corazón con algunos elementos en letra gótica.

Él me preguntaba por los elementos más o menos reactivos. Algunas veces yo acertaba en las respuestas y me premiaba con un beso apretado que me llevaba al cielo y me hacía pensar que era cierto el epígrafe del capítulo del carbono: "Todos los átomos que componen nuestro cuerpo se formaron hace miles de millones de años en estrellas gigantes rojas. Estamos hechos, pues, de polvos de estrellas".

Llegué a tiempo, el profesor nos estaba dando una espera, tenía los exámenes bajo el sobaco y ya había organizado los asientos.

— ¿Estudiaste chica? –me preguntó.

—Si profe, toda la noche. Pregunte lo que quiera.

Era el examen final y tenía que sacar una nota muy alta para subir el promedio o perdería la beca. Me estremecí de sólo pensarlo. Mi papá me había confesado que la "situa" estaba dura. No era para menos. ¡Yo en el primer semestre de la universidad y mis dos hermanos terminando bachillerato! Cuide esa beca, mija, me dijo mirando el suelo, como avergonzado de su pobreza, o tal vez no era vergüenza (es un hombre de carácter y bueno como el pan), tal vez estaba era lleno de lástima por tener que presionar a su niña… Pobre papá.

Cuando recibí el examen empecé a revisar las preguntas con la misma química con la que repasé a Ramón poro a poro. En ese momento la cascada de amor se empezó a convertir en ráfagas de nervios. No entendía nada, las preguntas estaban relacionadas con los elementos metálicos y no metálicos; con los que tienen propiedades similares y se presentan en triadas: cloro, bromo y yodo; azufre, selenio y teluro… y mi Ramón no tenía nada que ver con ese cuestionario.

Pasaba el tiempo, miré a Soraya y ya iba en la quinta pregunta. Me sentía totalmente perdida. Le hice señas para que me pasara aunque fuera la primera pregunta escrita en el borrador, pero me miró con desprecio. Mañana escribo en los baños "Soraya es prepago", juré.

Al lado derecho mío estaba José. Su lápiz se movía con la agilidad de un colibrí. Estaba sobrado, a juzgar por las dos páginas que ya había escrito. Traté de enfocar su examen mientras el profe me daba la espalda, pero el muy idiota apoyó su gordo codo en la tabla del asiento y me dejó viendo un chispero.

—Faltan cinco minutos, muchachos –nos dijo el profesor.

Sentí un vacío angustioso en la boca del estómago. Alcancé a detener la primera lágrima con la manga de mi saco pero la segunda no me dio tiempo y fui un mar de llanto cuando el profesor se llevó mi examen en blanco.


domingo, 10 de abril de 2011

LA HORA CIEGA


POR PIEDAD VILLEGAS

No era posible conseguir en que irse a esa hora. Los teléfonos sonaban ocupados o en buzón y desistió de seguir llamando. Lo que había comenzado como un fuerte aguacero se convirtió en una tormenta inclemente a la que no quería enfrentarse, los relámpagos no cesaban, los truenos aturdían y hacían vibrar los ventanales, pensó que además de incomunicada en cualquier momento se quedarían sin energía.

Miró el reloj, eran los últimos minutos de la hora ciega como la llaman. Se asomó por la ventana, el brillo del asfalto reflejaba todos los matices del gris que permitía la tarde lluviosa, los árboles se agitaban y movían sus siluetas poderosamente por la fuerza del vendaval. Ya no veía el carro de Jacobo parqueado afuera.

Cuando él salió afanado en medio del aguacero, ella no quiso detenerlo, minutos después con el primer rayo no se contuvo y fue detrás de él pero no lo alcanzó, regresó al aparta estudio emparamada tratando de convencerse de que no estaba contrariada.

Ahora todo estaba mojado, afuera y adentro. Por la ventana miraba esos árboles estremeciéndose como si fueran a arrancarse de raíz… si lo hubiera alcanzado… tal vez sabría finalmente por que se fue convirtiendo en una sombra…en ese lado oscuro del arquetipo de la inocencia.

Si lo hubiera alcanzado, tal vez ese aguacero hubiera sido la oportunidad de quedarse un rato más para hablar alguna vez, sobre como esto, que no tenía muy claro, les estaba cogiendo ventaja.

O si lo hubiera alcanzado, los dos hubieran tenido una buena disculpa para llegar más tarde… para seguir explorando con sus sentidos básicos y tocarse como se toca el agua, moverse como nadando, sentir ese bienestar parecido al del árbol cuando se agarra con sus raíces a la tierra en un día de sol, cuando es, capaz de sostenerse en equilibrio; caber tan precisos la tierra y el árbol, el uno en el otro.

La lluvia golpeaba sin compasión y como una premonición, asustaba como pensar.

Se recostó en el sofá, mirando sin ver un jardincito japonés que había encima de la mesa. Las piedras formaban una espiral calculada que apenas se distinguía entre las sombras, piedras seleccionadas traídas de quien sabe que paisajes, para terminar enterradas en una caja llena de arena, ya no se distinguían colores y las cosas de ese salón habían perdido su identidad. Sonrió suavemente. Todo eran siluetas sin detalles, así desde hacía tres años, una vez o si mucho dos, cada mes o cada dos meses, en ese edificio horrible de aparta estudios, entre las cinco y media y las seis y media de la tarde. Esa hora silenciosa, indefinible, la de no ver bien nada, la de esperar…la luz no es luz y la oscuridad tampoco lo es, en ese lugar sin dueño conocido, donde ella podría no estar nunca…

Estaba mojada y la ansiedad comenzó acorralarla, la tormenta arreció. Prendió todas las luces pero ninguna encendió.

Siempre se iba él primero para que nadie los viera salir juntos, y caminaba hasta el carro que tenía parqueado al final de la calle. Ella pedía un taxi y un poco más tarde se iba hasta el centro comercial donde había dejado su carro.

Así desde aquella tarde de compras cuando el ritual comenzó, eran dos desconocidos que bajaron al parqueadero por la escalera eléctrica del mismo centro comercial, no fue posible huir en la inmensidad de ese sótano caliente…caminaron en la en la misma dirección hasta sus carros que estaban uno frente al otro… en ese pequeño trayecto ya habían ido muy lejos.

Se metió en la cama, las siluetas a su alrededor se veían cada vez más oscuras por la tormenta, ya las sombras no parecían chinescas, eran como vetas deformadas. Llovía sin parar pero el tiempo parecía estar detenido en las imágenes de muchas de esas horas en las que nada se distinguía… hora ciega, en la que no había palabras, en la que solo hablaban los besos, las caricias, sin pasado, sin futuro, un tiempo que no era para recetas, ni perfumes y en el que los olores, los sabores y el calor flotaban por encima de ellos para perderse sin dejar rastro.

La única textura era la piel; la piel acalorada y sudorosa que se envolvía los saludos, las despedidas, las conversaciones, las definiciones y hasta los silencios… como la corteza de un árbol, vistiendo, guardando, protegiendo los anillos que marcan el tiempo transcurrido.

Cada vez era más difícil desprenderse, zafarse, esa hora no alcanzaba para darse cuenta que cada vez era mas difícil ahondar bajo la superficie. Cada vez más, a esa hora le salían minutos extras para un último beso, segundos extras que no daban tregua para decir una sola palabra y que solo alcanzaban para vestirse como desvistiéndose. Cubrirse de nuevo, no dejar ninguna cosa olvidada y desaparecer sin tener presente los pliegues de las manos, o de los pies, o de… no tener presente ni el color de la camisa, y vagamente recordar una mirada afanada.

Empezó a quitarse ansiosamente la ropa húmeda. Tenía frío y se cubrió con la sábana, no quería estar allí pero la lluvia persistía y no podía salir. Se acostó mirando hacia la ventana, quieta, el agua afuera hacía tanto ruido que no escuchó la puerta cerrarse. Se estaba imaginando a Jacobo desnudándose mientras se acercaba a la cama, no lo vio acercarse pero lo sintió emparamado cuando se pegó para abrazarla. Mientras la besaba la mojaba, la hora ciega ya había pasado, cerró los ojos y sintió que eran tan precisos como la raíz y la tierra, mas, si los ojos estaban cerrados. En la oscuridad los brazos y las manos se acomodaban en la espalda… en los muslos... en las nalgas… las manos buscaban los lugares mas recónditos… desde la cabeza hasta las piernas volaban con la ligereza del viento, los dedos navegando… los brazos y los dedos multiplicados llegando hasta los confines de la piel… las piernas anudándose con urgencia, los pies asiendo para no resbalarse, para amarrar el nudo, no salirse del adentro, del surco profundo y húmedo en el que se estaban hundiendo de nuevo.

En un breve instante todas las luces se encendieron. Quedaron visibles y expuestos, encandilados se paralizaron. Tomándose tiempo para abrir los ojos, por primera vez se vieron de verdad.


Publicado en el libro Antología de cuentos. Talleres literarios 2010. Red Nacional de Talleres de Escritura Creativa. marzo 2011, Medellín, Colombia.





La Donna

"Cuando se dio cuenta de que la naturaleza de un hombre cualquiera saciaría su deseo, sintió compasión. Extraña compasión, que se dirigía a quien fuera que fuese el escogido. Ya que competía al hombre sucumbir ante las propuestas, sin derecho a rechazarlas"… Sabía de memoria ese texto de Nélida Piñón, lo repetía como un sortilegio antes de salir de cacería.
Cuando asechas al amor caminas con pasos inseguros por un sendero desconocido. El asombro es tu guía, ¿Cuántas veces quisiste acercarte a él antes de ese deslumbramiento? Sentir el suave calor del contacto de su mano en tu mano. La maravilla de la anunciación:
- Eres el elegido. Ahora disfruta.
¿Cuánto tiempo dura esa sensación? Solo un instante. ¡Al evocarlo en tu mente se despliegan tantos momentos imaginados, vividos, reales, irreales, soñados!

El suave toque de su dedo rozando apenas tu vello. La sensación de sonrojo, el deseo disimulado. El adormecimiento de tus labios, el dulce flujo que empiezas a verter. La fiebre que se desprende de tus entrañas. Cuando se acercó por primera vez y te miró a la cara, creíste que su aliento se confundía con el tuyo en muchos abrazos apretados. El brillo de sus ojos al chocar con el de tus ojos era la sensación de un orgasmo fugaz. Era como si te entregaras a esa pasión que se reconocía en la distancia. La primera mirada. Es allí donde tienes la certeza: si los dos se meten en la cama habrá llamas y gemidos:

- Será un placer seguirte, será un placer sentirte cerca. Y él decía tu nombre con tono apasionado:
- Laura, Laura, Laura...

Como experta cazadora -antes de las primeras caricias- sé cuál es el hombre indicado. Tengo una indecible vocación de deseante. De estar disponible para el azar del encuentro. Para gozar del placer de la lujuria. Elijo un hombre, le sonrío, le hablo, lo miro y lo toco. No tiene opción, estará a mi merced como pieza propicia para el sacrificio. Allí me detendré, beberé de esas aguas, me dejaré empapar y luego volaré.

Recuerdo cuando conocí a Paulus, era jueves. El hombre estaba allí, frente a mí. No sabía de mis intenciones, no sospechaba siquiera, pero yo tenía dispuestas mis armas de seducción. Esa mañana al levantarme me dije: Hoy saldré de cacería. Tomé un baño con hierbas aromáticas y miel para endulzar el camino.

Revisé el periódico y el Internet en busca de sujetos: festival de cine, congreso de ginecólogos, reunión de periodistas y también una semana de conciertos. Escogí la reunión. Los ginecólogos están descartados - ya nada los seduce-. Al cine casi siempre se va en pareja. El concierto era en la noche. Revisé bien los nombres, que no estuviera entre ellos una antigua víctima.

El segundo conferencista era alto, bien formado, edad adecuada, buena resistencia en la cama, pensé. En la ronda de preguntas me miró, ¿era el brillo esperado? Mi corazón de cazadora estaba a la expectativa. En la pausa del café se enredó en amena charla con nuestro mejor periodista gay. Descartado.

Me enfilé hacia el concierto. Había un chelista, Paulus, tocaba al día siguiente. Era atractivo en las fotografías. No sabía nada de él. Al llegar al teatro encontré a mi ex novio Ramiro. Un tipo espanta suerte. Siempre que me topo con él se queda a mi lado para cuidarme el ala. Me lleva a mi casa y me deja a la puerta sin un solo beso. Es un egoísta, se asegura de que pase la noche sola. Se acercó con una sonrisa de su boca que yo adoré, pero que en ese momento no brillaba para mí.
- Hola, Laura, sabía que vendrías.

Engreído, como si el concertino fuera él. Salí corriendo y entré al teatro.
Busqué un lugar adecuado, dejé mi agenda y me dirigí al baño. Repasé el maquillaje, guardé los calzones en mi bolso y me hice un masaje con hierbas aromáticas y aceite en muslos y nalgas. Salí muy segura: vestía una falda ancha, blusa de seda, medias de malla, tacones altos y un liguero de encaje.

Vi a Ramiro, ¡lejos! Delante de mi lugar se había sentado un hombre. Le dije con voz exasperada:
- Señor, hay ciento treinta y ocho sillas libres ¿Por qué se hace justo delante de mí? Me tapa el piano.

Él volteó, sorprendido, y me dijo:
- No la había visto, disculpe, ¿Puedo sentarme a su lado?

Era Paulus. Lo miré con una ensayada sonrisa y empecé a repetir en mi cabeza: "Cuando se dio cuenta de que la naturaleza de un hombre cualquiera saciaría su deseo, sintió compasión."

Autora: Ana María Gómez Vélez
Taller de Escritura Creativa, Cali, Colombia



Publicado en el libro Antología de cuentos. Talleres literarios 2010. Red Nacional de Talleres de Escritura Creativa. marzo 2011, Medellín, Colombia.

Más información: NTC... NARRATIVA ANTOLOGÍA DE CUENTOS. Talleres literarios 2010. RENATA. Marzo 2011