jueves, 12 de noviembre de 2009

SOBRE EL BARON RAMPANTE Y SU REBELDIA

Winston Espejo

Ahora, trepado en un samán en el que he tomado un sinnúmero de precauciones, con mi libreta de notas y un lápiz a cuestas, recuerdo a Cósimo Piavasco de Rondó, protagonista de "El Barón Rampante", quien a los doce años renunció a su familia y a la comodidad que ella representaba, subiéndose a los arboles para no descender jamás.

La obra se desarrolla con una prosa excelsa; la descripción que el narrador, hermano menor de Cósimo, hace de los árboles, el paisaje y su noble familia es impecable. Por momentos se agradecerá al follaje protegernos del sol de Ombrosa, correrá el viento de mar junto a nuestra avidez de lectura, trepará el lector, de la mano con el púber, por los almendros y los cerezos floridos; respirarán ambos el olor del látex de los pedúnculos; desearán decorar los nogales con musgo y orquídeas hasta convertirlos en su exclusivo refugio. Y enamorados de Viola Ondariva, la rubita egoísta, se arrepentirán del orgullo que la dejó partir para siempre.

Pero más que eso, el libro entero es una oda a la rebeldía, una metáfora de la renuncia al confort y al buen nombre, una bofetada a las pretensiones elitistas y a las costumbres rigurosas representadas en la época – 1767 - por una familia conformada por el insípido y manso Arminio Piovasco de Rondó, padre de Cósimo, y una madre con ínfulas de generala: Corradina de Rondó. Junto a ellos, en la mesa del comedor, también se sientan: Battista, hermana mayor de los imberbes; el abate Fauchelafleur, su preceptor; y el abogado Enea Silvio Carrega, hermanastro del Barón. Todos, con unas personalidades divertidas e insospechadas.

Al término de la lectura, podrían algunos lectores preguntarse: ¿Y cómo ser rebelde en un mundo donde abundan los rebeldes? ¿Acaso rebelándose contra la rebeldía? ¿Sumiéndose en la desidia donde prevalece la productividad? Otros, identificados con el púber, pensarán en las disertaciones que sobre el asunto hace la sicología moderna. Qué faltó esto o aquello, que el Barón y la madre fueron incapaces de ver las señales que pronosticaban su comportamiento, que la conducta del hijo fue sólo el desenlace del frío de su hogar. En fin, tanto puede suscitar el tema ¡incluso algún osado afirmará que Cósimo ingería sustancias psicoactivas! que prefiero dejarlo como punto de partida a la generación de los cuestionamientos de cada universo lector, quien deberá considerar que mucho antes de escribirse la obra, Arthur Schopenhauer ya había concluido que "La rebeldía es la virtud original del hombre", razón por la que hoy no debería sorprendernos que abunden los rebeldes sin causa y se pregone "la rebeldía por rebeldía", enfermedad de rápido contagio y estrambóticas consecuencias, de fácil confusión, además, con el capricho. De hecho, quien me recomendó la obra, un pequeño burgués de quien la familia esperaba un hombre de negocios o un doctor de lujo, después de desarrollar en Harvard toda una carrera con honores, prefirió, a escasos días del grado, dejar a padre, madre y hermanos viendo un chispero. Todo, confesó unos años después, por tener que ejercer como ciertos menganos que a él le fastidiaban.

También en la primera página de la obra, cuando el muchacho rechaza un plato de caracoles y corre a treparse a una encina gritando:" ¡…no quiero y no quiero!", el asunto puede parecer un capricho; lo que viene después, la expectativa que flota como una hoja sobre un río de letras magistralmente dispuestas, es clara muestra de lo que para Ítalo Calvino, el autor, significó el tema.

Cósimo, orondo desde las ramas, cumple su palabra de no bajarse nunca más. Y soportado en su promesa, en la comarca que creó, inicia a ayudar con espíritu emancipador a los pobres que lo circundan. Es tanta su influencia, que convierte a un bandido, Gian dei Brughi, en un lector adicto (de paso libera al pueblo de sus garras). Fabrica casi todos los utensilios que necesita y se vuelve experto en las artes más diversas; un buen número de asociaciones gremiales o hermandades de oficios, como la de los Zapateros o los Sombrereros Concienzudos, lo acogen y se jactan de contar con un miembro de noble alcurnia, desbordado ingenio y real desinterés.

"Cósimo comprendió que las asociaciones hacen al hombre más fuerte y ponen de relieve las mejores dotes de cada persona, y dan una satisfacción que raramente se consigue permaneciendo por cuenta propia: ver cuánta gente honesta y esforzada y capaz hay, por la que vale la pena querer cosas buenas"

O sea una rebeldía proactiva, cercana a la filantropía y lejana de distanciarse del mundo porque si, el otro extremo de quedarse en la última pieza engordando y maldiciendo al prójimo, al perro y cada una de sus pulgas; o reclamándole, a falta de poder gritarle unas cuantas verdades a tantos que lo merecen, las falencias al tendero de la cuadra. "Una rebeldía no violenta, sin sangre y sin lágrimas" dijo Mahatma Gandhi. Una rebeldía fundamentada, opuesta a la de llevar la contraria sin razón distinta a ver los rostros pasmados de los demás (conozco a muchos que odian un partido si sus amigos pertenecen a él, denigran de un libro cuando los comentarios son a su favor, y amantes de la justicia y los negocios transparentes, idolatran al presidente de la república cuando la mayoría habla de su espíritu corrupto y embaucador).

Pero "¡Cuidado, hijo, hay quien puede mear sobre todos nosotros!" dice el Barón en un pasaje del libro a Cósimo.

Así pues, nuestro amado rebelde se prepara para resguardarse de las consecuencias que el orín puede tener sobre su dorso. Y no sólo en la administración de los negocios familiares sino también en el manejo de la espada; poco antes de seguir el entierro de su padre, pasando de un árbol a otro y dejando una ramita con hojas sobre su ataúd, liquida a unos piratas que intentan robar al pueblo. Luego, enfrenta a Don Sulpicio, cura de una gavilla de españoles que viven en los árboles y que denominándose a si mismo brazo de la santa inquisición, quiere ultimarlo.

Más tarde, ya Barón, parado sobre el gran nogal de la plaza, toma actitudes de viejo y se divierte contando exageradas historias con variantes y finales distintos. Hasta que un día, Optimo Máximo, su perro, lo lleva a donde su antigua dueña: la rubita Viola Ondariva, única capaz de poner a tambalear su rebeldía.

Ésta es, a grandes rasgos, la obra que me impresionó: al punto de llevarme a trepar un árbol y escribir, en su copa, mi opinión (espero que en un futuro no me lleve a renunciar a mi empleo); da evidencia de la maestría con que se pueden armar las palabras, da origen a múltiples y explayadas discusiones, incluso la de preguntarse si la rebeldía tiene cabida en el amor, o viceversa. Pero como en realidad me rebelo a ese debate y, además, he estado a punto de caerme unas tres veces y rebelarme contra estas letras, mejor, y contrario a Cósimo, mientras me pregunto qué quiso decir Schopenhauer con eso de que "La rebeldía es la virtud original del hombre" desciendo…

Creo que debe relacionarse con las rebeldías que cada uno de nosotros alberga: la señora contra el esposo que la colma de demandas. La otrora Lolita contra el tiempo. El ejecutivo contra el jefe que sintiéndose solo no le queda otro camino que llamarlo y reprenderlo todo el día. El monaguillo con el cura que le muestra el camino de Dios, el perro con el amo, el indigente que acorta el paso al cruzar la avenida (si lo atropella un auto descansa, sino, que baje la velocidad el miserable). Y todo subordinado o aquel que se sienta sometido. No voy a mencionar al pueblo y su dictador, a oprimidos y opresores. Tampoco al enfrentamiento de nuestras revelaciones de hoy con las ideas de ayer.

O tal vez, simplemente, el gran Schopenhauer quería decir que la el origen de la rebeldía reside, como en la obra, en un plato: el prohibido que no debían comer Adán y Eva.

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