domingo, 6 de septiembre de 2009

MARIE SKLODOWSKA CURIE


Estaba en una reunión con el grupo del taller cuando Silvio, el compañero gordito y simpaticón, comenzó a triturar, en un mortero, dos o tres gramos de pimienta roja para mejorar el sabor de los embutidos, y recordé a Madame Curie en el cobertizo de su laboratorio, pulverizando toneladas de pecblenda para estudiar los rayos del uranio que había descubierto Antoine Henri Becquerel en 1896. Él descubrió que el uranio emitía radiaciones invisibles, de naturaleza desconocida, similares a los rayos X que había descubierto Wilhelm Roentgen en 1895.

Al estudiar el fenómeno, Marie lo bautizó con el nombre de radioactividad, término de su autoría, pero la naturaleza de la radiación y su origen eran un misterio. Éste fue el tema que escogió como tesis de grado para obtener el doctorado en Química.

El punto que me parece más relevante de Marie Curie es su tenacidad, sobre todo teniendo en cuenta que sus condiciones de vida fueron deplorables. Éste carácter obstinado le hacía seguir trabajando aun en situaciones de salud de extrema gravedad.

Su laboratorio era un miserable local, donde, durante el invierno la temperatura descendía a seis grados y en el verano era insoportable por el efecto de invernadero. En ese miserable hangar de la calle Lhomond en Paris, durante dos años, en compañía de su esposo Pierre, sufrió todas las privaciones, sudores y reveses hasta constatar que existía un elemento más radioactivo que el uranio, y descubrió en julio de 1898 el polonio, nombre dado en honor a su querida patria, y luego, en diciembre del mismo año, el radio.

Una vez se publicaron estos descubrimientos en la Academia de las Ciencias, la noticia conmocionó a los científicos, quienes exigieron ver el polonio y el radio en estado puro. El radio nadie lo había visto, por lo que les exigieron que lo demostraran. Con infinita paciencia y, después de cuarenta y cinco meses de procesar toneladas de pecblenda, lograron al fin separar un décimo de gramo del elemento radio y Marie determinó su peso atómico. Aún no se sabía que con ese pequeño fragmento de mineral, de brillo azulado que relucía en una caja, se había iniciado la era atómica.

Para hacerse una idea de la dificultad y costo del mismo basta saber que para obtener un gramo de radio puro es necesario tratar cuatrocientas toneladas de mineral bruto, pecblenda, con ochocientas toneladas de agua, doscientas toneladas de productos químicos y consumir el equivalente a cien toneladas de petróleo en energía.

Junto a su esposo Pierre Curie demostró, descubrimiento de gran importancia, que la radiactividad no resulta de una reacción química, sino que es una propiedad del elemento, concretamente del átomo. Marie Curie fue la primera en utilizar el término 'radiactivo' para describir los elementos que emiten radiaciones cuando se descomponen sus núcleos.

A pesar de todo –escribiría Marie, tiempo después– en aquella barraca pasamos los mejores y más felices años de nuestra vida, consagrados al trabajo. A veces me pasaba todo el día batiendo una masa en ebullición con un agitador de hierro casi tan grande como yo misma. Al llegar la noche estaba rendida de fatiga. Sin embargo, nos producía gran alegría entrar por la noche en nuestro taller; cuando veíamos por todos lados las siluetas luminosas de los frascos y cápsulas que contenían nuestros productos.

Me parece admirable cuando renunciaron a sacar provecho material del descubrimiento: no patentaron nada a su favor, y sí publicaron sin reserva todos los resultados de sus investigaciones, así como los procedimientos de preparación del radio. Su norte siempre fue el bien de la humanidad.

Sábato dijo unas palabras sobre Marie Curie a la que, reconociendo, naturalmente el enorme valor de sus trabajos no admitió para ella en absoluto el calificativo de genio: La razón es que Marie Curie se parece a un hipotético cazador que sale por conejos y se encuentra con un dinosaurio. Genio es quien sabe ver y demostrar que la manzana (por decir algo) que cae y la luna que no, son un mismo hecho en la naturaleza.

Sino fue genio, lo cierto es que aprendió a leer y escribir antes de los cinco años. Fue la menor de cinco hermanos que la mimaron, estimularon y sembraron en ella el amor al conocimiento, que sería perenne durante toda su vida. En aquella época, Polonia estaba bajo el dominio ruso, cuando llegaban los inspectores a supervisar la educación dada en la escuela, Marja salía a cantar el himno nacional ruso, con lo cual no les quedaba sino aceptar que si la más pequeña de las estudiantes se sabía de memoria el himno, por ende, todas las demás se lo tenían que saber.

Marja terminó sus estudios de bachillerato, en 1882, a la edad de quince años, y con las notas más sobresalientes. En aquellos años, en Polonia y en muchos países, no había educación superior para mujeres. Su familia tampoco tenía la suficiente solvencia económica que le permitiera estudiar en Londres, Berlín, o Paris. Por lo tanto, aceptó trabajar como institutriz en una familia acomodada. Pactó con Bronia, su hermana mayor, que ella seguiría trabajando, de tal forma que Bronia pudiera estudiar medicina en Paris, hasta que las condiciones mejoraran y permitieran que Marja continuase sus estudios. Pasaron varios años.

Marie llegó a Paris dos años después de la Exposición Universal de 1889. Aún los parisinos estaban perplejos ante las novedades científicas presentadas, como la primera máquina multiplicadora de Bollée; el primer automóvil con motor de combustión interna y cuatro ruedas; la bicicleta con neumáticos, frenos y cadena. La Torre Eiffel, entrada provisional a la exposición, que se podía ver desde todos los puntos de la ciudad, y las amplias avenidas con alumbrado eléctrico, tenían descrestados a los parisinos. Nada de esto le importó y sólo se concentró en nivelar los estudios y perfeccionar su francés. Se matriculó en Ciencias Físicas en la Sorbona, luego en Matemáticas. En tres años terminó las dos licenciaturas y se graduó con las mejores notas.

Fueron años de gran austeridad, si tenía dinero para comprar carbón y amortiguar el frío, no tenía para comer. Su hija Eve nos dice: Llegó a pasar semanas enteras sin tomar otro alimento que té con pan y mantequilla. Cuando quería festejar algo compraba un par de huevos, o una tableta de chocolate, o algo de fruta. Para ahorrar carbón no encendía el calentador, y pasaba horas y horas escribiendo números y ecuaciones sin apenas enterarse de que tenía sus dedos entumecidos y sus hombros temblaban de frío.

En 1911, la Academia Sueca le reconoció todos sus aportes a la ciencia, y le entregó el Premio Nobel de Química, por el descubrimiento de los elementos polonio y radio y sus investigaciones sobre la naturaleza y comportamiento de dichos elementos; siendo la primera persona, y por más de cincuenta años, en obtener ese galardón dos veces. Ya en 1903, junto a su esposo y a Henry Becquerel, le habían dado el Premio Nobel de Física por el descubrimiento de la radioactividad espontánea y los aportes sobre el fenómeno.

Siempre trató de ser útil, y cuando comienza la Gran Guerra en 1914, tiene dos tesoros que cuidar: sus hijas, Írene y Eve, y un gramo de radio protegido en una cápsula de 20 kilos de plomo. Sin dudar, tomó un tren hasta Burdeos y lo depositó en un banco. Diez días después, consciente, contra todos los pronósticos de sus colegas, que la guerra sería larga, y el uso de los rayos X para localizar balas, metrallas y fracturas se haría a escala más amplia, estaba al mando de un equipo de expertos en técnicas radiográficas. De nuevo, se encontró en uno de los períodos de trabajo más intenso de toda su vida. Logró poner en funcionamiento más de doscientos coches radiológicos, invento de su autoría, siendo un aporte invaluable para la atención de los heridos de guerra.

En 1921, visitó por primera vez Estados Unidos. Siempre ajena a todo elogio y reconocimiento público aceptó, después de varias negativas, la invitación que le ofreció la periodista Missy al convencerla que las mujeres norteamericanas habían reunido cien mil dólares, es decir, el valor de un gramo de radio, para donárselos a Marie Curie. El valor del radio es cien mil veces mayor que el del oro. En esta primera visita oficial a Estados Unidos dijo las siguientes palabras: Sin embargo, no debemos olvidar que cuando se descubrió el radio nadie sabía que resultaría útil en los hospitales. Fue un trabajo de pura ciencia. Y es esta una prueba de que el trabajo científico no debe considerarse desde el punto de vista de su utilidad inmediata. Hay que hacerlo por lo que él es en sí, por la hermosura de su ciencia, y después queda siempre la posibilidad de que el descubrimiento científico, como ha sucedido con el radio, se convierta en un beneficio para la humanidad.

Muere el 4 de julio de 1934. Dos días después, sólo con la compañía de parientes, amigos y colaboradores de su obra científica, fue enterrada Madame Curie en el cementerio de Sceaux. Dicen que sus manos, quemadas por el radio, resaltaban sobre el blanco sudario que le recubría.

Desde 1995, sus restos reposan en el Panteón de París junto a su esposo Pierre y al escritor Víctor Hugo, siendo la primera mujer en ser inhumada en este monumento. Podemos leer en su epitafio: Valiente mujer de ciencias, humanista y tenaz, con el descubrimiento del radio, esta investigadora de origen polaco, abrió el campo de la física nuclear y la terapia del cáncer. Trabajos que le costarían la vida.

Entre el instante de felicidad que tuvo Silvio, lo vi en sus ojos, al mejorar el sabor del salchichón con la mal molida pimienta, y toda la vida de Marie Curie dedicada a la ciencia pura, hay un sinfín de posibilidades para darle sentido a nuestra vida.

gladysfrancos@hotmail.com

julio del 2009



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