jueves, 12 de noviembre de 2009

EL ARCO

Fernando Gallego

Hace ya varias decenas de milenios de años que el homo sapiens moderno ante la dureza de las pieles de las grandes bestias tuvo que ingeniárselas para potenciar sus armas arrojadizas, los venablos impulsados solo por su, a no dudar, fortísimo brazo, no penetraban en la piel de los mamuts, probablemente tampoco la de los rinocerontes lanudos y podría ser que tampoco la de los ciervos gigantes.

Sin embargo la necesidad, madre de la industria, de piezas de caza grandes, seguramente lo llevó a las lanzaderas, que duplicaban la palanca que arrojaba las jabalinas, mediante un simple e ingenioso dispositivo. Pero aun las condiciones eran precarias lo que causaba frecuentes accidentes. Los abuelos neandertalenses, siempre tan conservadores, nunca llegaron a usar armas arrojadizas, por eso sus osamentas fósiles muestran esa enorme cantidad de fracturas.

Finalmente algún Edison prehistórico, descubrió que una rama flexible, atada con una cuerda por sus dos extremos, podría liberar la energía necesaria para arrojar una lanza pequeña con tal impulso que le permitiría permanecer mas alejado de tan peligrosas víctimas y con un poder de penetración no conocido hasta entonces. La dieta mejoró considerablemente y su seguridad aumentó. Había nacido el arco que lo acompañaría hasta hace unos pocos siglos como arma y hoy como un artefacto para competencias.

Con el inicio de la agresión entre semejantes, que ya no lo abandonará jamás, el arco, que posteriormente sería conocido como "arco corto" empezó su carrera evolutiva hasta lograr su optimización, consolidándose como un arma letal e indispensable en sus infaltables guerras.

Inicialmente se le concedió poca alcurnia, era de cobardes no enfrentar al enemigo cuerpo a cuerpo, pero, de todos modos, ejército que se respetara tenía su batallón de arqueros.

Estos arcos ya optimizados tenían un alcance de unos trescientos metros, y un buen arquero disparaba sin dificultad un verdadero chorro de flechas.

Finalizadas las cruzadas se popularizó una nueva arma, debemos aquí hacer justicia con los chinos que por aquellas calendas ya hacía mas de un milenio, habían construido las primeras ballestas, y la habían desarrollado hasta niveles que no alcanzaron los europeos y de la que se llegó a pensar significaría el final de la civilización, los dardos lanzados por una ballesta penetraban las cotas, sería el final, tendría que tratarse de una jugada del demonio. Las ballestas tenían un alcance de unos cuatrocientos metros.

Pero, tenían su pero, eran lentas en su operación, no podían competir con el arco en la cantidad de dardos arrojados en un cierto tiempo. Desde su aparición los ejércitos contaron con batallones de arqueros y batallones de ballesteros.

Las huestes del invicto Alejandro de Macedonia, "el Grande", cuyos ingenieros fueron parte importante en su arrolladora e invencible marcha por los países de oriente, también la desarrollaron, o la heredaron de los chinos, pero volvió a perderse de la memoria de los generales.

Algún tiempo después los ingleses, engendradores de casi todos los males del planeta, aparecieron con batallones muy entrenados y con soldados de una especial corpulencia, que lograban tensar con agilidad los que se llamarían "arcos largos", estos tenían el alcance de las ballestas y la agilidad de los arcos cortos. Tenían eso si que ser permanentes, me refiero a estos contingentes de matones, pues reclutar gigantones y entrenarlos no era fácil y eso solo lo lograron hijos de la pérfida Albión.

Inglaterra no volvió a perder ninguna batalla hasta la irrupción de las armas de fuego.

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