miércoles, 21 de octubre de 2009

Un homenaje póstumo al lenguaje


Por David Jiménez



El preludio de Zaratustra

La suerte de mi existencia- escribiría Nietzsche hacia 1888-, quizá su originalidad, radica en su determinismo: para expresarlo de manera enigmática, yo ya me he muerto, como mi padre, y como mi madre, aún vivo y envejezco. Nietzsche declara su muerte en el mismo sentido en el que señaló la urgencia perentoria de la divinidad: como un agotamiento intrínseco de las cosas y como un paso necesario de todo ser. La vida le llega después, exuberante, majestuosa y pesada:

Aquí estaba yo sentado, aguardando, aguardando- a nada, más allá

Del bien y del mal, disfrutando

Ya de la luz, ya de la sombra, siendo totalmente solo juego,

Totalmente mar, totalmente mediodía, totalmente tiempo sin meta.

Entonces, de repente ¡amiga! El que era uno se convirtió en dos-

Y Zaratustra pasó a mi lado.

Este enigma empieza en Röcken en 1844, en la Sajonia prusiana, en una pequeña aldea rodeada de arbustos y estanques. El pueblo mas cercano era Lutzen y Friedrich recuerda, en la autobiografía de 1858, aquellos viajes entre comarcas como finas impresiones latentes en la memoria:

¡Con qué viveza recuerdo el camposanto! ¡Cuántas preguntas no haría, al ver la antigua, antiquísima cámara mortuoria, acerca de los féretros y los negros crespones, de las viejas inscripciones de las lápidas y los sepulcros!

Su padre fue un clérigo rural, un amante de las letras y un pianista habilidoso. Su muerte, tan repentina y tan enfermiza, marcó no solo el carácter de Friedrich, era un niño reservado, serio, introspectivo e intelectualmente inquieto, si no que determinó sus padecimientos. Su padre Ludwig sufrió terribles dolores, cegueras y letargos, hasta que el 26 de julio de 1848 la muerte lo alcanzó paulatinamente como si de un sueño se tratara; y como si de una ironía, en una especie de retorno, 52 años después Friedrich tuvo el mismo final. La creencia en la tara y en la transmisión hereditaria lo llevó a pensar, con un sentimiento más o menos intenso según el momento de su vida, que aquel destino lo alcanzaría como un relámpago.

Su vida fue un canto a la afirmación a través de la renuncia. Se desprendió acuciosamente de la fe cristiana, cuando en 1865, un año después de haberse inscrito en la universidad de Bonn para estudiar teología y filología clásica, abandonó sus estudios y su propósito de ser clérigo. En 1866, en una vieja librería en Leipzig, descubre a uno de los personajes que transformarían su vida: Arthur Schopenhauer, el filósofo de la voluntad como instinto primario. Nietzsche recuerda aquel encuentro intelectual, como un encuentro personal: tumbado sobre un viejo sofá, con el libro en las manos y las hojas deslizándose temerosamente entre sus dedos, el mundo iba siendo repensado, mientras los muros de una concepción anterior se derrumbaban cadenciosamente para darle paso a una fuerza positiva y creadora.

Nietzsche vio en la voluntad de vivir una salida para si mismo. La voluntad es una fuerza y como tal no tiene objetivo ni fin; es insaciable e insistente y empuja al hombre a una existencia de saltos y malabares entre una y otra desventura. Comprendió que la ética era una mera racionalización de los hechos, no una manifestación pura de la voluntad, por lo tanto, el hegemónico pensamiento instaurado de una ves y para siempre debía debatirse.

Ese fue su primer ataque contra el destino, el primer esquivo a esa fatalidad melancólica dejada por su padre.

Richard Wagner, el músico revolucionario, se convirtió para Nietzsche en la encarnación del pensamiento schopenhaueriano. Su amistad empezó en suiza en 1867, mientras Nietzsche impartía la cátedra de lenguas clásicas en Basilea; a él dedico su libro El nacimiento de la tragedia.

Nadie podría imaginarse- escribió Nietzsche posteriormente- que fue comenzado bajo los truenos de la batalla de Worth. Frente a los muros de Metz, en las frías noches de septiembre, en pleno servicio como enfermero, yo meditaba a fondo estos problemas…

El pensamiento griego, sostiene Nietzsche como tesis fundamental, devine de dos corrientes entrecruzadas definidas por dos divinidades opuestas: el tranquilo y pasivo espíritu de Apolo frente a la perturbadora pero sugestiva imagen de Dionisos. El insuperable conflicto entre los dos determinó todas las realizaciones del arte griego, desde el canto hasta el drama trágico. El poder de las obras radica en la no superposición de una de las imágenes, en la no ocultación de uno de los dioses. La racionalidad a ultranza contra el instinto demuestra para Nietzsche, un interés de sepultar la vida y un indicio claro de decadencia. Sócrates fue su más claro representante, señalando la razón como una virtud que conlleva a la felicidad esto es, oponer a los apetitos oscuros una luz del día permanente.

En la medida en que el drama wagneriano se envolvía en estas consideraciones Nietzsche se aproximaba al músico y a su idea de deconstruir toda la tradición musical de occidente para dar paso a una nueva concepción, lejos de la fe y los valores cristianos. Wagner cambio el desgastado Dios judeocristiano por el Wotan guerrero y su Sigfrido heroicamente salvaje; se convirtió en un amante del paganismo teutónico, lo que enardeció el espíritu naturalmente subversivo del joven Nietzsche.

La palabra o la mágica locura de revivir el cuerpo.

Es un hecho crucial que el espíritu creador prefiere descender sobre los enfermos que sufren.

Nietzsche vivió enfermo casi toda su vida; desde muy joven- cerca de los veinticinco años- contrajo una sífilis que se sumo a una debilidad progresiva de los ojos. Nunca pudo resistir una luz fuerte; la exposición prolongada a los rayos del sol le producía múltiples desvanecimientos y fuertes jaquecas. Trabajaba en un cuarto con poca luz, forzando la mirada para ver una palabra frente a un papel pálido y borroso o para capturar, como un ilusionista, el encendido fuego de una braza que no deja de quemarse. Amaba las palabras porque le permitieron estructurar su vida de forma en que la coherencia estuviera siempre presente. Kant señalo la coherencia como una razón proporcional entre el pensamiento, el discurso y la acción, evidenciándose con ello una ética fundamental. Nietzsche, sin ser un kantiano, peregrinó por esta ética, no olvidando el sesgo que la recubre: la imposibilidad de su realización efectiva. Este margen de error, este vacio que deja la palabra en su paso a la acción, constituye para cualquier pensador el dolor de la existencia. El plus que recaía sobre Nietzsche estaba en la vitalidad física dilatada por la enfermedad. No solo arrastró su filosofía sino que alcanzó a tocar orgánicamente su cuerpo, minando progresivamente sus sentidos, haciéndole reconocer el frágil sistema de la carne. En el año treinta y seis de su existencia sus ojos sufrieron de nuevo la intempestiva furia de una enfermedad que se empecinaba en corromper su pensamiento y así la lucha se convirtió en doble reflejo, en doble imagen de sí mismo. Un interior en pugna y aullante contra un exterior lánguido y deseoso de caerse. Y es ahí, entre estas sombras, entre ese mínimum de vida, con el espíritu pesado, donde nace El caminante y su sombra.

Evidentemente cada cual se considera libre allí donde es más fuerte su sentimiento de vivir, y en consecuencia, como he dicho, unos los hacen en la pasión, otros en el deber, otros en la investigación científica, otros en la fantasía. Involuntariamente el individuo cree que el elemento de su libertad radica en aquello que le hace fuerte, en lo que anima su vida. Vincula dependencia con torpeza e independencia con sentimiento de vivir, como parejas inseparables.

Nietzsche, al igual que Spinoza, menospreciaba la libertad en el sentido cristiano, es decir, como libre albedrio. El sujeto que se siente libre, sin cadenas, sin censuras, positivamente realizado, no es más que un incauto observador victima de un espejismo.

Al hombre se le pusieron muchas cadenas, a fin de que olvidase comportarse como un animal: y verdaderamente él se ha vuelto más apacible, espiritual, alegre y sensato que todos los animales. Pero ahora sufre por el hecho de haber llevado cadenas tanto tiempo, y por haberle faltado por tanto tiempo el aire sano y el libre movimiento…

Al invierno siguiente, con un cuerpo agotado por la falta de sangre, producto de un mal fluir del líquido virtuoso y de una fatigada sensación en los músculos, surge Aurora, un libro del por qué y el para qué de la moral. El ejercicio reflexivo presente en este texto evidencia un punto oscuro aun en nuestros días y que incluso muchos teóricos no perciben: la critica a la moral no es una critica obstinada de un filosofo ateo y resentido contra la fe de sus predecesores; si no una critica a los fundamentos de toda la cultura de occidente y mas aún, un combate contra la ideología. Por tanto, Nietzsche estaría en la palestra junto a Marx y Freud como un sujeto en busca del sentido distorsionado por el poder y no solo como filosofo de la sospecha.

Pero la enfermedad le ganaba la vida; la efigie de su padre debió levantarse en cada padecimiento, en cada instante en que sus ojos no podían enfocar claramente ningún objeto.

Mi existencia- escribe a su medico Otto Eiser- es una carga terrible: la hubiera arrojado de mi hace mucho tiempo, sino fuera porque, precisamente en este estado de sufrimiento y casi de absoluta abstinencia fue donde hice los experimentos mas fructíferos en el terreno ético-intelectual; esta alegría sedienta de conocimiento me eleva a una altura desde donde supero todos los tormentos y desesperanzas. En general soy ahora más feliz que nunca en mi vida… mi consuelo son mis pensamientos y mis perspectivas. Aquí y allá, en mis caminos, garabateo algo sobre un papel; mis amigos descifran mis garabatos.

La enfermedad pasó a ser discurso, a ser manifestación positiva de la existencia; la palabra se convirtió en medicina para revivir ese cuerpo frágil y herrumbroso, en campo de combate- donde las luchas, una a una, son siempre personales- y en su camino a la eternidad.

A los momentos de crisis profunda le sucedieron pensamientos de gran inspiración. Así nace Así hablo Zaratustra, cuya reflexión gira en torno a dos elementos fundamentales: el lenguaje como discurso transformador y el poder como entidad antepuesta al sentido. El lenguaje para Nietzsche- Zaratustra legitima al ser en la media en que lo plantea como un sujeto clivado frente a la verdad, es decir que la verdad absoluta ya no tiene sentido para el hombre porque entiende que el lenguaje es inconsistente, que todo lo que se nombra es un mero discurso, una mascara para transformar la hegemonía del poder.

El Zaratustra fue escrito entre momentos de melancólica enfermedad y tranquilas horas de salud; fue concebido por partes como los giros de una onda elíptica que se mueve hacia el infinito. El Zaratustra es la predicación- el discurso en pro del movimiento- de la grandeza a la que puede y debe ascender el hombre; es la exaltación máxima- sin dejar de lado lo trágico de la existencia- de una ética plenamente subjetiva y de un sujeto plenamente ético.

Nietzsche murió el 23 de agosto de 1900 en Weimar, mientras sus escritos eran publicados y tergiversados a la vez de manera masiva. Antes de morir, entre estados de inconsciencia y alucinación, preguntó a su hermana Elisabeth, que estuvo siempre junto a la cama del filósofo, al cuidado de su enfermedad:

¿Por qué lloras, Lizbeth? ¿No crees que somos felices?

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