miércoles, 21 de octubre de 2009

LA CONJURA DE LOS NECIOS de John Kennedy Toole


Publicado en 1980, ganador del Pulitzer del mismo año.

Por Ximena Aldana

La sociología acuñó el término "Moratoria Social" para denominar la situación de los individuos que contando con la formación y las capacidades para trabajar y por ende incorporarse a la sociedad no solo desde lo económico sino también a través de la conformación de una pareja y la consecuente procreación, no han abandonado la casa materna y continúan en el rol del hijo de la casa, resistiéndose al curso de la naturaleza.

En nuestro país la moratoria social es frecuente debido a que nuestra juventud cuenta con pocas oportunidades de trabajo bien remunerado o simplemente, porque hacer y/o vivir en pareja no es un paseo propiamente. En un país como USA, la moratoria social, tiende a verse mal y es muy fácil calificar de perdedor al que continúa viviendo bajo el techo familiar, lo que hace de éste personaje el héroe menos apetecido para un relato. Ese, es uno de los encantos que atrapan al lector del libro "La Conjura de los Necios" de John Kennedy Toole.

El autor de esta novela, ubica en diferentes puntos de la ciudad de Nueva Orleans a personajes que guardan en común el tener que remar contra la corriente: una bailarina exótica carente del talento, un negro que no espera más que ser barrendero, un policía a punto de ser despedido del departamento, el propietario de una fábrica de vaqueros en declive que comparte con su esposa un profundo odio recíproco, rodeados a su vez de otros personajes que no cumplen otra función que profundizar sus respectivos pozos de angustia.

La conjura de los necios se ubica en la Nueva Orleáns de los años 60, en pleno auge de los movimientos igualitarios que nacían en Estados Unidos. El lector conocerá las calles del barrio francés de la mano de su personaje central, el enorme y obeso Ignatius J. Reilly, quién presionado por su madre, debe salir a buscar trabajo. Este hombre, quién considera el trabajo como la moderna esclavitud, si bien se las arregla día a día para eludir el logro de aquél propósito, alcanza a ser vendedor de salchichas y auxiliar administrativo de una fábrica de confecciones, dejando en cada oportunidad su rastro de destrucción. En su cargo de vendedor de salchichas, deambula por la ciudad mientras se devora una a una la mercancía que debía vender y en la fábrica de ropa, intenta una marcha por la dignidad de sus operarios, en un esfuerzo de superar a su novia/rival, la antigua compañera universitaria destacada en el liderazgo en las manifestaciones estudiantiles, lo que exaspera a nuestro gordo héroe.

En su camino por las calles de esta ciudad, Ignatius toca las vidas de éstos seres con más penas que glorias, pero es en su vagar por ésta ciudad que el lector se compenetra con ésta ciudad, donde se entierran a los seres queridos con música, se practica vudú y se celebra el Mardi Gras; Nueva Orleáns es el vástago de la mezcla de culturas y razas, criado en la celebración delirante de la vida y la cálida aceptación de la muerte. Al final, todos estos patéticos seres encontrarán respuesta, la que de una manera misteriosa llega a cada cuál en la proporción y en la forma que la Diosa Fortuna ha designado.

Quién escribe ésta líneas ha leído La conjura de los Necios en dos momentos concretos, quedándose en las dos ocasiones con el mismo sentimiento: la primera vez, más profundo que la admiración ante la genialidad y humanidad que alberga este relato, un sentimiento de pérdida ante la tragedia de su autor, que de alguna manera se repitió a si mismo a través de la grasosa y ridícula figura de I. J. Reilly. Como éste, guardó sus escritos con la esperanza de darlos a conocer al mundo, pero a diferencia suya luchó, pero sin éxito, por su publicación. John Kennedy Toole no pudo lidiar con la frustración de ese fracaso y un día, conectó el tubo de escape de su carro a una manguera, cuyo extremo entró por un estrecho espacio de la ventanilla y luego de encender el motor, se quedó dentro del auto hasta que murió. Su madre encontró los manuscritos varios años después y se dedicó a la tarea de hacerlos publicar, propósito que logró en 1980, año en que fue merecedor del Pulitzer.

La segunda, cuando miraba a esa ciudad abatida por el huracán Katrina y entre sus calles y edificaciones, inermes ante la naturaleza, creí ver a los personajes que cruzaron la vida de su protagonista.

No obstante los estragos dejados por el huracán, la estatua de Ignatius J, Reilly continúa de pié en bloque 800 de Canal Street en Nueva Orleáns; pese a la muerte prematura de su autor, La Conjura de los Necios es un relato brillante, optimista e inquebrantable.

Cali, 20 de septiembre de 2009





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