lunes, 5 de octubre de 2009

Al otro lado del espejo

Reseña literaria

Libro: Al otro lado del espejo

Autor: Sebastiao Dos Santos-Ferreira

1997

Editorial Manaos, 99101 Rua da Minha Terra , Rio de Janeiro, Brasil

Por Hernando Aldana Velásquez.

El título lo lleva a uno de inmediato a "Al otro lado del espejo y lo que Alicia encontró allí", de Lewis Carrol. Pues bien, no es el tipo de aventuras de Alicia pero si de lo que encontró al otro lado de sí mismo, es decir en el otro, nuestra más próxima lejanía.

Dos Santos-Ferreira aborda una particular forma de contar la vida de Silvinho a través de lo que este escuchó durante toda su infancia, su adolescencia y su reciente madurez, por sus padres, sus hermanos y luego el resto de la familia y ese círculo que se va ampliando hasta los más remotos amigos, los amores vividos, los soñados, la gente con la que compartió los minutos que van desde el primer piso hasta el piso quince en el cual trabajó durante veinticinco años. Gente que nunca volvería ver, pero con una sola mirada le hacía saber que su corbata por ejemplo no tenía nada que ver con la camisa y el saco.

O ese paso de los años en su forma de quedarse mirando los numeritos del ascensor y no bajarse en el piso indicado sino hasta que el ascensorista le dice, Señor Valadares, llegó. Mirar a través de la puerta del ascensor y desconocer el piso o mirarlo como si fuera la primera vez. ¿Esto es la vejez? Se pregunta como se preguntó a los quince años ¿Esto es la adolescencia? Cada una de esas respuestas le fueron llegando de los otros, la novia, el vecino del frente, el vigilante de de la cuadra, el profesor, la señora que pasa la mano y el resto del cuerpo por encima de él cuando este escoge los avocados del almuerzo y le dice es que usted es tan grande señor que no me dio otra posibilidad.

¿Tan grande? Si solo mido uno con setenta y ocho centímetros y ni siquiera tengo barriga. ¿Cómo que no, y eso que es? le dice su mujer y le hunde el índice en el ombligo.

Y así, Silvinho Valadares, de Salvador Bahía de todos los Santos va recogiendo la madeja desde el cabo suelto hasta la misma infancia cuando los regaños, las recomendaciones lo remiten a él mismo, a una conciencia de sí que él no tiene. Todo lo que él sabe de sí mismo, casi todo viene de afuera, del otro lado del espejo. Del resto de mundo que es como él, gente que camina sobre dos pies, que al otro extremo y sobre los hombros tienen una cabeza donde está ubicado un complejo sistema de leer el mundo a través de sensaciones, pero sobre todo unas voces que vienen de afuera y que parecen tener una noción más clara de él más que él mismo.

Silvinho Valadares, un muchacho de la Avenida Paralela, un muchacho como cualquiera de ellos que juega futbol todos los días a orillas de ese mar que mira a la lejana África y que él sabía que en un día claro y despejado el podría ver sus antepasados con los binóculos del tío, segundo de a bordo toda la vida de la flota mercante Brasileira que varaba cada tres meses en el puerto. Qué miras le dice un anciano de cara roja y piel cuadriculada por el sol y los elementos. A mi familia en África. No necesitas mirar tan lejos, Ves ese viejo como yo que arrastra el bote, ese es tu tatarabuelo, puede ser tu tatarabuelo, así debió ser tu tatarabuelo.

Entonces se da cuenta que él es cualquiera que mire, que no es tan distinto de ellos, que cualquiera de ellos puede ser él mismo, pensar lo mismo, desear lo mismo. Que entonces él no es ni tan raro ni tan extraño, él es como los otros, que los otros son como él. Que sus peores pensamientos lo ha podido tener la chica que va pasando, porque ellas no obstante su inquietante dimorfismo sexual ni son tan diferentes ni piensan distinto. Pueden pensar lo mismo desde otro ángulo, pero en el fondo lo mismo.

Silvinho en esa madurez que le ha caído de repente, porque a fuerza de verse todos los días en el espejo, no se da cabal cuanta de la cantidad de años que han pasado, porque en el fondo sigue siendo el chico de la Avenida Paralela, que baja hasta la Avenida Jorge Amado y de ahí hasta la Otavio Mangabeira en donde el viento ya huele a mar y al otro lado del océano está la costa africana. Se da cuenta que cada habitante de Bahía es su espejo, y que de pronto siente unas enormes ganas de abrazarlos, uno por uno. Y que él por fin y después de tantos años se ha puesto en paz consigo mismo.

Curiosa forma de narrar de Dos Santos-Ferreira, a través de la voz de los otros, de las voces que llegan del otro lado del espejo. No puedo menos que recordar las palabras de William Ospina el día de su Honoris Causa en la Universidad Santiago de Cali, "todos lo ven y lo escuchan a uno y uno ni se ve ni se escucha".

Este libro se termino de leer el 27 de octubre del 2008

Hernando Aldana Velásquez




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