miércoles, 21 de octubre de 2009

"Buda Blues" de Mario Mendoza


Por: Alejandro Liscano

"Buda Blues" es la nueva novela de Mario Mendoza. Esta vez pone el dedo en la llaga del hombre contemporáneo; sistemas antieconómicos, desequilibrio de recursos, guerras, miseria y daños irreversibles a la naturaleza entre otros. Es una novela cargada de emoción y critica ideológica.

Esta obra, quizá la más explosiva de Mendoza, es a su vez un medio para señalar aquello que nos quita el sueño al autor y a algunos de nosotros, más que mera entretención comercial entre dos portadas. El autor abre debate y toma partido. Se empapa. Se compromete. Tanto así, que es inevitable dejar de atribuir la figura física del autor (su cara -Mario Mendoza-) a los personajes; unos tal como es, otros haciéndole cambios aquí y allá -barba, canas, delgadez etc.-.

La historia pasa por diferentes núcleos humanos -o inhumanos-, entre amigos, familia, grupos, organizaciones, colectivos, ciudades y continentes; analizando de esta manera temas sociológicos y filosóficos.

Introduce el término "La Cosa", como el eje de los errores de los sistemas actuales, de la educación tradicional, la autoridad, el gobierno, el estado; que desde cualquiera de sus instancias afectan el bienestar y la verdadera evolución del ser humano.

"La cosa: todo a nuestro alrededor está diseñado para embrutecernos, para mantenernos empantanados en una mediocridad afectiva, moral, política, intelectual, física".

"El que no se doblega (ante La Cosa) termina en la clínica psiquiátrica, en la cárcel, en el cementerio o en la calle, durmiendo a la intemperie y sin un plato de sopa para alimentarse".

Como es de esperar de los libros de Mario Mendoza, no se queda en la queja ante la opresión del sistema. No se conforma con la crítica sino que salta en diversas formas de oposición y rebelión contra los opresores. Es aquí donde se remite a personajes reales y geniales, quienes a pesar de estar bien calificados como terroristas, han dejado principios ideológicos en manifiestos hoy en día discutibles; precedentes dignos de analizar. Entre los personajes aludidos figuran Theodore Kaczynski -matemático conocido como el "Unabomber"- y John Zerzan -historiador y filósofo-. Personajes reales en quienes se basan los personajes ficticios para tejer la telaraña de la trama.

La maquinaria de "La Cosa" arroja como consecuencia desplazados que en este caso son los habitantes de la calle; entre ellos drogadictos, alcohólicos, prostitutas o simplemente personas que, hastiadas de las falencias y equivocaciones del sistema, optan por hacerse a un lado. Luego entran hacer oposición, desde la lucha armada, para luego llegar a la lucha sin violencia o resistencia pasiva (Ej. Ghandi). Tales métodos de oposición llevan al lector a identificarse con cada uno de ellos, cayendo incluso en las equivocaciones ante las cuales se esta luchando. En otras palabras, Mendoza logra mostrarnos el error; hace que caigamos en el y luego nos vuelve a sacar para mostrarnos el meollo del asunto, cuan fácil es caer en lo más bajo sin darse cuenta.

Hacia la resistencia o lucha sin violencia, entra desde los principios del Budismo, donde los personajes parecen vislumbrar un mejor estado de las cosas como seres humanos "en desarrollo". Es allí donde se comienza a encontrar pautas para la solución de los conflictos y mayor perdurabilidad de estados equilibrados y justos; estados donde se tiende al desarraigo del ego, al desapego del "yo", eso que hace que sea más sufrible el sufrimiento.

"Un exceso de ego te hace fuerte, muy seguro de si mismo... Pero la falta total de ego te hace invensible. El vacío es indestructible".

El "Blues" representa el grito de sublimación, el desahogo. Por otro lado, el espacio de relativa calma que deja la tormenta es llamado "resiliencia"; como es el caso de un niño de ocho años, en Rio (Brasil), que tras una inundación pierde la familia entera y la vivienda, y los organismos de salvamento lo encuentran jugando veintiuna con un balón de fútbol. Esta forma de enajenación es un salvavidas, al que Mendoza se refiere como "resiliencia", un concepto clave al final de la novela y clave en las recientes investigaciones sobre fenómenos de violencia del autor.

"Resiliencia" es también el sentirnos parte de un todo, un sentido de tribu, un desapego del yo -como individuo sufrible-, cierta aceptación de las circunstancias y del engranaje universal.

"Aprenderemos hacer de nuestro un motivo de fiesta. Gritar a voz en cuello que no estamos asustados, que morir nos importa muy poco…no le tememos a nadie ni a nada, por el simple hecho de que ya no somos una entidad separada del todo".

"Fundaremos una religión donde abandonaremos el yo para unirnos a los otros en un largo abrazo musical, como en el blues, en el rock, en el rap o en la salsa……Buda Blues…de la mano de Siddaharta y Billie Holiday…".

"Uno de los grandes problemas de la vida contemporánea, con su individualidad excesiva, es que aísla a las personas hasta debilitarlas y muchas veces matarlas. La resiliencia es, entonces la capacidad de resistir a ese aislamiento y de regresar a las viejas reglas de la tribu".

"Buda Blues", Silencio y Grito, quietud equilibrada y grito de sublimación; una novela desde la violencia, vivida, digerida, convertida en mas violencia como reacción inicial y culminada en la lucha no armada y en la resistencia pasiva; en el Budismo y en el Blues como alternativa hacia un mejor futuro.

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Biografía de Mario Mendoza:

Nació en Bogotá en 1964. Ha publicado las novelas La ciudad de los umbrales

(1992), Scorpio City (1998), Relato de un asesino (2001), Cobro de sangre (2004) y Los hombres invisibles (2007). Con el libro de cuentos La travesía del vidente, publicado recientemente por Planeta, obtuvo en 1995 el Premio Nacional de Literatura del Instituto Distrital de Cultura y Turismo de Bogotá. Ganó el Premio Biblioteca Breve de Seix Barral con la novela Satanás en 2002.

En 2004 publicó Escalera al cielo, un libro de cuentos.



Un homenaje póstumo al lenguaje


Por David Jiménez



El preludio de Zaratustra

La suerte de mi existencia- escribiría Nietzsche hacia 1888-, quizá su originalidad, radica en su determinismo: para expresarlo de manera enigmática, yo ya me he muerto, como mi padre, y como mi madre, aún vivo y envejezco. Nietzsche declara su muerte en el mismo sentido en el que señaló la urgencia perentoria de la divinidad: como un agotamiento intrínseco de las cosas y como un paso necesario de todo ser. La vida le llega después, exuberante, majestuosa y pesada:

Aquí estaba yo sentado, aguardando, aguardando- a nada, más allá

Del bien y del mal, disfrutando

Ya de la luz, ya de la sombra, siendo totalmente solo juego,

Totalmente mar, totalmente mediodía, totalmente tiempo sin meta.

Entonces, de repente ¡amiga! El que era uno se convirtió en dos-

Y Zaratustra pasó a mi lado.

Este enigma empieza en Röcken en 1844, en la Sajonia prusiana, en una pequeña aldea rodeada de arbustos y estanques. El pueblo mas cercano era Lutzen y Friedrich recuerda, en la autobiografía de 1858, aquellos viajes entre comarcas como finas impresiones latentes en la memoria:

¡Con qué viveza recuerdo el camposanto! ¡Cuántas preguntas no haría, al ver la antigua, antiquísima cámara mortuoria, acerca de los féretros y los negros crespones, de las viejas inscripciones de las lápidas y los sepulcros!

Su padre fue un clérigo rural, un amante de las letras y un pianista habilidoso. Su muerte, tan repentina y tan enfermiza, marcó no solo el carácter de Friedrich, era un niño reservado, serio, introspectivo e intelectualmente inquieto, si no que determinó sus padecimientos. Su padre Ludwig sufrió terribles dolores, cegueras y letargos, hasta que el 26 de julio de 1848 la muerte lo alcanzó paulatinamente como si de un sueño se tratara; y como si de una ironía, en una especie de retorno, 52 años después Friedrich tuvo el mismo final. La creencia en la tara y en la transmisión hereditaria lo llevó a pensar, con un sentimiento más o menos intenso según el momento de su vida, que aquel destino lo alcanzaría como un relámpago.

Su vida fue un canto a la afirmación a través de la renuncia. Se desprendió acuciosamente de la fe cristiana, cuando en 1865, un año después de haberse inscrito en la universidad de Bonn para estudiar teología y filología clásica, abandonó sus estudios y su propósito de ser clérigo. En 1866, en una vieja librería en Leipzig, descubre a uno de los personajes que transformarían su vida: Arthur Schopenhauer, el filósofo de la voluntad como instinto primario. Nietzsche recuerda aquel encuentro intelectual, como un encuentro personal: tumbado sobre un viejo sofá, con el libro en las manos y las hojas deslizándose temerosamente entre sus dedos, el mundo iba siendo repensado, mientras los muros de una concepción anterior se derrumbaban cadenciosamente para darle paso a una fuerza positiva y creadora.

Nietzsche vio en la voluntad de vivir una salida para si mismo. La voluntad es una fuerza y como tal no tiene objetivo ni fin; es insaciable e insistente y empuja al hombre a una existencia de saltos y malabares entre una y otra desventura. Comprendió que la ética era una mera racionalización de los hechos, no una manifestación pura de la voluntad, por lo tanto, el hegemónico pensamiento instaurado de una ves y para siempre debía debatirse.

Ese fue su primer ataque contra el destino, el primer esquivo a esa fatalidad melancólica dejada por su padre.

Richard Wagner, el músico revolucionario, se convirtió para Nietzsche en la encarnación del pensamiento schopenhaueriano. Su amistad empezó en suiza en 1867, mientras Nietzsche impartía la cátedra de lenguas clásicas en Basilea; a él dedico su libro El nacimiento de la tragedia.

Nadie podría imaginarse- escribió Nietzsche posteriormente- que fue comenzado bajo los truenos de la batalla de Worth. Frente a los muros de Metz, en las frías noches de septiembre, en pleno servicio como enfermero, yo meditaba a fondo estos problemas…

El pensamiento griego, sostiene Nietzsche como tesis fundamental, devine de dos corrientes entrecruzadas definidas por dos divinidades opuestas: el tranquilo y pasivo espíritu de Apolo frente a la perturbadora pero sugestiva imagen de Dionisos. El insuperable conflicto entre los dos determinó todas las realizaciones del arte griego, desde el canto hasta el drama trágico. El poder de las obras radica en la no superposición de una de las imágenes, en la no ocultación de uno de los dioses. La racionalidad a ultranza contra el instinto demuestra para Nietzsche, un interés de sepultar la vida y un indicio claro de decadencia. Sócrates fue su más claro representante, señalando la razón como una virtud que conlleva a la felicidad esto es, oponer a los apetitos oscuros una luz del día permanente.

En la medida en que el drama wagneriano se envolvía en estas consideraciones Nietzsche se aproximaba al músico y a su idea de deconstruir toda la tradición musical de occidente para dar paso a una nueva concepción, lejos de la fe y los valores cristianos. Wagner cambio el desgastado Dios judeocristiano por el Wotan guerrero y su Sigfrido heroicamente salvaje; se convirtió en un amante del paganismo teutónico, lo que enardeció el espíritu naturalmente subversivo del joven Nietzsche.

La palabra o la mágica locura de revivir el cuerpo.

Es un hecho crucial que el espíritu creador prefiere descender sobre los enfermos que sufren.

Nietzsche vivió enfermo casi toda su vida; desde muy joven- cerca de los veinticinco años- contrajo una sífilis que se sumo a una debilidad progresiva de los ojos. Nunca pudo resistir una luz fuerte; la exposición prolongada a los rayos del sol le producía múltiples desvanecimientos y fuertes jaquecas. Trabajaba en un cuarto con poca luz, forzando la mirada para ver una palabra frente a un papel pálido y borroso o para capturar, como un ilusionista, el encendido fuego de una braza que no deja de quemarse. Amaba las palabras porque le permitieron estructurar su vida de forma en que la coherencia estuviera siempre presente. Kant señalo la coherencia como una razón proporcional entre el pensamiento, el discurso y la acción, evidenciándose con ello una ética fundamental. Nietzsche, sin ser un kantiano, peregrinó por esta ética, no olvidando el sesgo que la recubre: la imposibilidad de su realización efectiva. Este margen de error, este vacio que deja la palabra en su paso a la acción, constituye para cualquier pensador el dolor de la existencia. El plus que recaía sobre Nietzsche estaba en la vitalidad física dilatada por la enfermedad. No solo arrastró su filosofía sino que alcanzó a tocar orgánicamente su cuerpo, minando progresivamente sus sentidos, haciéndole reconocer el frágil sistema de la carne. En el año treinta y seis de su existencia sus ojos sufrieron de nuevo la intempestiva furia de una enfermedad que se empecinaba en corromper su pensamiento y así la lucha se convirtió en doble reflejo, en doble imagen de sí mismo. Un interior en pugna y aullante contra un exterior lánguido y deseoso de caerse. Y es ahí, entre estas sombras, entre ese mínimum de vida, con el espíritu pesado, donde nace El caminante y su sombra.

Evidentemente cada cual se considera libre allí donde es más fuerte su sentimiento de vivir, y en consecuencia, como he dicho, unos los hacen en la pasión, otros en el deber, otros en la investigación científica, otros en la fantasía. Involuntariamente el individuo cree que el elemento de su libertad radica en aquello que le hace fuerte, en lo que anima su vida. Vincula dependencia con torpeza e independencia con sentimiento de vivir, como parejas inseparables.

Nietzsche, al igual que Spinoza, menospreciaba la libertad en el sentido cristiano, es decir, como libre albedrio. El sujeto que se siente libre, sin cadenas, sin censuras, positivamente realizado, no es más que un incauto observador victima de un espejismo.

Al hombre se le pusieron muchas cadenas, a fin de que olvidase comportarse como un animal: y verdaderamente él se ha vuelto más apacible, espiritual, alegre y sensato que todos los animales. Pero ahora sufre por el hecho de haber llevado cadenas tanto tiempo, y por haberle faltado por tanto tiempo el aire sano y el libre movimiento…

Al invierno siguiente, con un cuerpo agotado por la falta de sangre, producto de un mal fluir del líquido virtuoso y de una fatigada sensación en los músculos, surge Aurora, un libro del por qué y el para qué de la moral. El ejercicio reflexivo presente en este texto evidencia un punto oscuro aun en nuestros días y que incluso muchos teóricos no perciben: la critica a la moral no es una critica obstinada de un filosofo ateo y resentido contra la fe de sus predecesores; si no una critica a los fundamentos de toda la cultura de occidente y mas aún, un combate contra la ideología. Por tanto, Nietzsche estaría en la palestra junto a Marx y Freud como un sujeto en busca del sentido distorsionado por el poder y no solo como filosofo de la sospecha.

Pero la enfermedad le ganaba la vida; la efigie de su padre debió levantarse en cada padecimiento, en cada instante en que sus ojos no podían enfocar claramente ningún objeto.

Mi existencia- escribe a su medico Otto Eiser- es una carga terrible: la hubiera arrojado de mi hace mucho tiempo, sino fuera porque, precisamente en este estado de sufrimiento y casi de absoluta abstinencia fue donde hice los experimentos mas fructíferos en el terreno ético-intelectual; esta alegría sedienta de conocimiento me eleva a una altura desde donde supero todos los tormentos y desesperanzas. En general soy ahora más feliz que nunca en mi vida… mi consuelo son mis pensamientos y mis perspectivas. Aquí y allá, en mis caminos, garabateo algo sobre un papel; mis amigos descifran mis garabatos.

La enfermedad pasó a ser discurso, a ser manifestación positiva de la existencia; la palabra se convirtió en medicina para revivir ese cuerpo frágil y herrumbroso, en campo de combate- donde las luchas, una a una, son siempre personales- y en su camino a la eternidad.

A los momentos de crisis profunda le sucedieron pensamientos de gran inspiración. Así nace Así hablo Zaratustra, cuya reflexión gira en torno a dos elementos fundamentales: el lenguaje como discurso transformador y el poder como entidad antepuesta al sentido. El lenguaje para Nietzsche- Zaratustra legitima al ser en la media en que lo plantea como un sujeto clivado frente a la verdad, es decir que la verdad absoluta ya no tiene sentido para el hombre porque entiende que el lenguaje es inconsistente, que todo lo que se nombra es un mero discurso, una mascara para transformar la hegemonía del poder.

El Zaratustra fue escrito entre momentos de melancólica enfermedad y tranquilas horas de salud; fue concebido por partes como los giros de una onda elíptica que se mueve hacia el infinito. El Zaratustra es la predicación- el discurso en pro del movimiento- de la grandeza a la que puede y debe ascender el hombre; es la exaltación máxima- sin dejar de lado lo trágico de la existencia- de una ética plenamente subjetiva y de un sujeto plenamente ético.

Nietzsche murió el 23 de agosto de 1900 en Weimar, mientras sus escritos eran publicados y tergiversados a la vez de manera masiva. Antes de morir, entre estados de inconsciencia y alucinación, preguntó a su hermana Elisabeth, que estuvo siempre junto a la cama del filósofo, al cuidado de su enfermedad:

¿Por qué lloras, Lizbeth? ¿No crees que somos felices?

LA CONJURA DE LOS NECIOS de John Kennedy Toole


Publicado en 1980, ganador del Pulitzer del mismo año.

Por Ximena Aldana

La sociología acuñó el término "Moratoria Social" para denominar la situación de los individuos que contando con la formación y las capacidades para trabajar y por ende incorporarse a la sociedad no solo desde lo económico sino también a través de la conformación de una pareja y la consecuente procreación, no han abandonado la casa materna y continúan en el rol del hijo de la casa, resistiéndose al curso de la naturaleza.

En nuestro país la moratoria social es frecuente debido a que nuestra juventud cuenta con pocas oportunidades de trabajo bien remunerado o simplemente, porque hacer y/o vivir en pareja no es un paseo propiamente. En un país como USA, la moratoria social, tiende a verse mal y es muy fácil calificar de perdedor al que continúa viviendo bajo el techo familiar, lo que hace de éste personaje el héroe menos apetecido para un relato. Ese, es uno de los encantos que atrapan al lector del libro "La Conjura de los Necios" de John Kennedy Toole.

El autor de esta novela, ubica en diferentes puntos de la ciudad de Nueva Orleans a personajes que guardan en común el tener que remar contra la corriente: una bailarina exótica carente del talento, un negro que no espera más que ser barrendero, un policía a punto de ser despedido del departamento, el propietario de una fábrica de vaqueros en declive que comparte con su esposa un profundo odio recíproco, rodeados a su vez de otros personajes que no cumplen otra función que profundizar sus respectivos pozos de angustia.

La conjura de los necios se ubica en la Nueva Orleáns de los años 60, en pleno auge de los movimientos igualitarios que nacían en Estados Unidos. El lector conocerá las calles del barrio francés de la mano de su personaje central, el enorme y obeso Ignatius J. Reilly, quién presionado por su madre, debe salir a buscar trabajo. Este hombre, quién considera el trabajo como la moderna esclavitud, si bien se las arregla día a día para eludir el logro de aquél propósito, alcanza a ser vendedor de salchichas y auxiliar administrativo de una fábrica de confecciones, dejando en cada oportunidad su rastro de destrucción. En su cargo de vendedor de salchichas, deambula por la ciudad mientras se devora una a una la mercancía que debía vender y en la fábrica de ropa, intenta una marcha por la dignidad de sus operarios, en un esfuerzo de superar a su novia/rival, la antigua compañera universitaria destacada en el liderazgo en las manifestaciones estudiantiles, lo que exaspera a nuestro gordo héroe.

En su camino por las calles de esta ciudad, Ignatius toca las vidas de éstos seres con más penas que glorias, pero es en su vagar por ésta ciudad que el lector se compenetra con ésta ciudad, donde se entierran a los seres queridos con música, se practica vudú y se celebra el Mardi Gras; Nueva Orleáns es el vástago de la mezcla de culturas y razas, criado en la celebración delirante de la vida y la cálida aceptación de la muerte. Al final, todos estos patéticos seres encontrarán respuesta, la que de una manera misteriosa llega a cada cuál en la proporción y en la forma que la Diosa Fortuna ha designado.

Quién escribe ésta líneas ha leído La conjura de los Necios en dos momentos concretos, quedándose en las dos ocasiones con el mismo sentimiento: la primera vez, más profundo que la admiración ante la genialidad y humanidad que alberga este relato, un sentimiento de pérdida ante la tragedia de su autor, que de alguna manera se repitió a si mismo a través de la grasosa y ridícula figura de I. J. Reilly. Como éste, guardó sus escritos con la esperanza de darlos a conocer al mundo, pero a diferencia suya luchó, pero sin éxito, por su publicación. John Kennedy Toole no pudo lidiar con la frustración de ese fracaso y un día, conectó el tubo de escape de su carro a una manguera, cuyo extremo entró por un estrecho espacio de la ventanilla y luego de encender el motor, se quedó dentro del auto hasta que murió. Su madre encontró los manuscritos varios años después y se dedicó a la tarea de hacerlos publicar, propósito que logró en 1980, año en que fue merecedor del Pulitzer.

La segunda, cuando miraba a esa ciudad abatida por el huracán Katrina y entre sus calles y edificaciones, inermes ante la naturaleza, creí ver a los personajes que cruzaron la vida de su protagonista.

No obstante los estragos dejados por el huracán, la estatua de Ignatius J, Reilly continúa de pié en bloque 800 de Canal Street en Nueva Orleáns; pese a la muerte prematura de su autor, La Conjura de los Necios es un relato brillante, optimista e inquebrantable.

Cali, 20 de septiembre de 2009





lunes, 5 de octubre de 2009

Al otro lado del espejo

Reseña literaria

Libro: Al otro lado del espejo

Autor: Sebastiao Dos Santos-Ferreira

1997

Editorial Manaos, 99101 Rua da Minha Terra , Rio de Janeiro, Brasil

Por Hernando Aldana Velásquez.

El título lo lleva a uno de inmediato a "Al otro lado del espejo y lo que Alicia encontró allí", de Lewis Carrol. Pues bien, no es el tipo de aventuras de Alicia pero si de lo que encontró al otro lado de sí mismo, es decir en el otro, nuestra más próxima lejanía.

Dos Santos-Ferreira aborda una particular forma de contar la vida de Silvinho a través de lo que este escuchó durante toda su infancia, su adolescencia y su reciente madurez, por sus padres, sus hermanos y luego el resto de la familia y ese círculo que se va ampliando hasta los más remotos amigos, los amores vividos, los soñados, la gente con la que compartió los minutos que van desde el primer piso hasta el piso quince en el cual trabajó durante veinticinco años. Gente que nunca volvería ver, pero con una sola mirada le hacía saber que su corbata por ejemplo no tenía nada que ver con la camisa y el saco.

O ese paso de los años en su forma de quedarse mirando los numeritos del ascensor y no bajarse en el piso indicado sino hasta que el ascensorista le dice, Señor Valadares, llegó. Mirar a través de la puerta del ascensor y desconocer el piso o mirarlo como si fuera la primera vez. ¿Esto es la vejez? Se pregunta como se preguntó a los quince años ¿Esto es la adolescencia? Cada una de esas respuestas le fueron llegando de los otros, la novia, el vecino del frente, el vigilante de de la cuadra, el profesor, la señora que pasa la mano y el resto del cuerpo por encima de él cuando este escoge los avocados del almuerzo y le dice es que usted es tan grande señor que no me dio otra posibilidad.

¿Tan grande? Si solo mido uno con setenta y ocho centímetros y ni siquiera tengo barriga. ¿Cómo que no, y eso que es? le dice su mujer y le hunde el índice en el ombligo.

Y así, Silvinho Valadares, de Salvador Bahía de todos los Santos va recogiendo la madeja desde el cabo suelto hasta la misma infancia cuando los regaños, las recomendaciones lo remiten a él mismo, a una conciencia de sí que él no tiene. Todo lo que él sabe de sí mismo, casi todo viene de afuera, del otro lado del espejo. Del resto de mundo que es como él, gente que camina sobre dos pies, que al otro extremo y sobre los hombros tienen una cabeza donde está ubicado un complejo sistema de leer el mundo a través de sensaciones, pero sobre todo unas voces que vienen de afuera y que parecen tener una noción más clara de él más que él mismo.

Silvinho Valadares, un muchacho de la Avenida Paralela, un muchacho como cualquiera de ellos que juega futbol todos los días a orillas de ese mar que mira a la lejana África y que él sabía que en un día claro y despejado el podría ver sus antepasados con los binóculos del tío, segundo de a bordo toda la vida de la flota mercante Brasileira que varaba cada tres meses en el puerto. Qué miras le dice un anciano de cara roja y piel cuadriculada por el sol y los elementos. A mi familia en África. No necesitas mirar tan lejos, Ves ese viejo como yo que arrastra el bote, ese es tu tatarabuelo, puede ser tu tatarabuelo, así debió ser tu tatarabuelo.

Entonces se da cuenta que él es cualquiera que mire, que no es tan distinto de ellos, que cualquiera de ellos puede ser él mismo, pensar lo mismo, desear lo mismo. Que entonces él no es ni tan raro ni tan extraño, él es como los otros, que los otros son como él. Que sus peores pensamientos lo ha podido tener la chica que va pasando, porque ellas no obstante su inquietante dimorfismo sexual ni son tan diferentes ni piensan distinto. Pueden pensar lo mismo desde otro ángulo, pero en el fondo lo mismo.

Silvinho en esa madurez que le ha caído de repente, porque a fuerza de verse todos los días en el espejo, no se da cabal cuanta de la cantidad de años que han pasado, porque en el fondo sigue siendo el chico de la Avenida Paralela, que baja hasta la Avenida Jorge Amado y de ahí hasta la Otavio Mangabeira en donde el viento ya huele a mar y al otro lado del océano está la costa africana. Se da cuenta que cada habitante de Bahía es su espejo, y que de pronto siente unas enormes ganas de abrazarlos, uno por uno. Y que él por fin y después de tantos años se ha puesto en paz consigo mismo.

Curiosa forma de narrar de Dos Santos-Ferreira, a través de la voz de los otros, de las voces que llegan del otro lado del espejo. No puedo menos que recordar las palabras de William Ospina el día de su Honoris Causa en la Universidad Santiago de Cali, "todos lo ven y lo escuchan a uno y uno ni se ve ni se escucha".

Este libro se termino de leer el 27 de octubre del 2008

Hernando Aldana Velásquez




domingo, 4 de octubre de 2009

“LA ODISEA DE PHILIPPE”


Por Julián Enríquez

"Philippe" es una mega novela, una novela de aventuras a la par que novela histórica; también se trata de una oda al héroe, al ingeniero Philippe Bunau-Varilla, sin su concurso el Canal de Panamá ni siquiera existiría. Por otro lado, es también una bella historia de amor (o de amores), del amor que duele, del amor que enciende, del amor que vuela. Y de poder, del poder del hombre frente a los elementos, contra el mismo hombre y las luchas tesoneras que llevan al protagonista a convertirse en un político de salón, de intrigas, chantajes y vericuetos legales pero cuando se le exige, también puede ser un guerrero en el campo de batalla.

De pronto, se vuelve también una novela inquietante y agorera que le marca un derrotero difícil y doloroso al héroe. Y muta a una novela negra de pesquisas policiales, amantes que se sienten traicionados y pistoleros a sueldo; complots urdidos con la emoción del último minuto y muertos que van y vienen por cuenta de la fiebre amarilla, el cólera o la malaria, así como por cuenta de las balas asesinas.

"Philippe" es sobre todo una novela de novelas, me recordó tanto a esa otra mega novela que es "Moby DicK o la caza de la ballena blanca" de Herman Melville. Ambas son voluminosas y ambas están embarcadas en un proyecto colosal. La Compagnie Universelle, institución francesa creada para poner en marcha el proyecto del canal es como el Pequot, la embarcación que va en pos del cetáceo condenado. Y el capitán Ahab, curtido lobo de mar en aquella, es el mismo Philippe avanzando con idéntica obsesión en ésta, frente a la idea quimérica del canal que se yergue insalvable frente a él.

Justo decirlo, Marc de Banville, su autor, logra en sus casi cuatrocientas páginas contar una heroica epopeya, una singular hazaña; narrativamente es un esfuerzo colosal que demandó muchos años y nutrirse de una labor investigativa paciente y gigantesca, titánica sería más preciso llamarla.

La novela no sólo me gustó, me sorprendió y encantó, había llegado a mis manos con la notificación aparente de que se trataba de una pura novela histórica cuyo tema era el famoso Canal de Panamá. Vaya sorpresa la que me llevé cuando comencé a leerla y me vi atrapado en las fangosas tierras del cerro Culebra –el más difícil para la ingeniería de la época-, con sus protagonistas expuestos a un sin número de enfermedades, aparentemente atrapados en esa selva espesa y virgen que cobró miles de víctimas, atacando sin miramientos y por igual a nativos y extranjeros; doce mil vidas dicen las estadísticas que se perdieron en la construcción del canal por cuenta de enfermedades, accidentes y desastres naturales.

Por sus páginas desfilan también bandoleros, decenas de facciones rivales que se enfrentan por el control de la tierra, así como ecos de la primera y la segunda guerra mundiales; todo contado de manera detallada con un lenguaje franco, frenético y auspicioso de crónica novelesca, generando en el lector toda suerte de emociones; hay incendios y acciones valientes de nuestro héroe Philippe Bunau-Varilla, mujeres defendidas y niños salvados; precisamente, a él mismo, la fiebre amarilla estuvo a punto de quitarle la vida, el oscuro personaje de una curandera lo salvó.

Se cuenta también sobre tres amores que tuvo el protagonista, personajes muy bien trabajados que le dan enorme vida y sentido humano al relato. Ida, la primera de ellas, paciente francesita, la Penélope de esta odisea que esperó y esperó a su Philippe y con el que ya casados y con tres hijos continuaban tratándose formalmente el uno al otro de usted. María Gilma, la amante colombiana, adinerada influyente y peligrosa, que le decía "Felipe" pero a la cual temía darle la espalda; paradójicamente, Gilma se convirtió en un soporte fundamental para salvaguardar el canal y una vez más la vida de Philippe. Uno de los pasajes memorables de la novela, en su corte romántico, acaece cuando estas dos mujeres, la esposa y la amante, descubren el engaño y en lugar de enfurecerse y arremeter la una contra la otra, lo que hacen es volcarse sobre el hombre que está físicamente entre las dos, sometiéndolo a un vaivén de rabiosas cachetadas que envían el rostro del hombre ora a oriente ora a occidente.

La tercera mujer en la vida de Philippe es Grace, el gran amor de su vida, la mujer por la que él hubiera renunciado al canal si ella se lo hubiera pedido; a la postre, la pobre Grace, la norteamericana que lo amó y le dio un hijo que estuvo a punto de quitarle la vida a su padre, acabó siendo la gran sacrificada y mártir del relato.

¿La novela se ocupa del canal?, absolutamente, es la columna vertebral que va guiando la historia. Desde el principio cuando el canal es sólo un trazado imaginario abriéndose paso por la tupida selva, el ingeniero Philippe se obsesiona con él y hace una especie de juramento: "Entre tú y yo espléndida naturaleza, incansable enemiga, fértil conquistadora, tu fuerza vital hierve en mí pero para vencerte mejor. Bebemos de la misma fuente de poder, pero mi mortalidad me da la fuerza de someter tu eternidad. Reinarás siempre mientras que yo, ya muerto, me habré fundido en ti, pero tus elementos domados habrán tenido que ceder el paso al progreso, canal abierto por la efímera fuerza de mi propia voluntad, y luego mantenido por los hombres que me seguirán". Al final de su vida, en las últimas páginas de la novela, nuestro héroe ya moribundo se reconcilia con ella: "…dar más discursos, excavar más canales, ganar más dinero, ¿para qué?, la única cosa importante sentir y amar a esa misma naturaleza con la que he pretendido combatir toda mi vida".

Como tuvo que combatir y vérselas con las autoridades o representantes de al menos cinco gobiernos: el francés, que inició la obra pero cuyas astronómicas dimensiones y cuantiosos fondos demandados por el proyecto, puso a los inversionistas galos en desbandada. El gobierno estadounidense que lo retomó, constituyéndose en un verdadero parto para Philippe Bunau-Varilla, lograr que los políticos norteamericanos y siniestros poderes a la sombra, finalmente aprobaran el pacto para sacar adelante el canal. Colombia, cuya fuerza pública tímidamente intentó intervenir en la negativa de perder ese "gran trozo de selva" de su soberanía. Nicaragua que tenía un preacuerdo con los estadounidenses para que la ruta canalera cruzara su territorio; Philippe defendió ante las autoridades del país del norte la inconveniencia de esa idea: "Preferir Nicaragua a Panamá sería preferir la estabilidad de una pirámide descansando en su punta a la de una pirámide que se sienta en su base… La ruta de Panamá no sufre como la de Nicaragua de vientos, corrientes, curvas bruscas, sedimentos, volcanes… presentando tres cualidades esenciales: continuidad de las operaciones, seguridad del tránsito y estabilidad de la estructura; además su costo sería tres veces mayor".

Otro de los países con los que tuvo que lidiar Philippe, fue con la naciente Panamá, nación creada por obra y gracia del canal y los intereses norteamericanos: "Sin ratificación del tratado (hace referencia al tratado Herrán-Hay) no habrá canal y sin canal, no habrá país".

Hasta los rusos y los alemanes en un comienzo intentaron ser ellos, quienes construyeran la gigantesca obra interoceánica.

Generalmente, las referencias a Colombia y a los colombianos, son las que en la época se acostumbraban a una república bananera que empezaba a caminar, un trato un tanto desobligante. Los franceses, entre ellos el ingeniero Ferdinand de Lesseps (ya un mito viviente por haber construido el Canal del Suez) y enfrentarse en su primera etapa al de Panamá y, el mismo Bunau-Varilla que lo retomó hasta llevarlo a feliz término, dieron el empujón para que el canal fuera una sólida realidad en la región y disipó para todos, los malentendidos que pudieron haberse presentado ante la urgencia mundial del comercio.

Desde este punto de vista, Marc de Banville permite que sus personajes sean y se expresen con total libertad, distan mucho de ser políticamente correctos, son como son. Ellos, los franceses primero y la pléyade de extranjeros que tuvo que ver con la obra, se constituyeron en el cerebro de la operación, en tanto que los haitianos, jamaiquinos y los mismos colombianos representaron 'simplemente' la mano de obra. Aunque mueren por cientos y miles, la novela parece no hacer justicia ni enaltecerlos, sólo lo hace con el drama de los que si tienen voz, los extranjeros europeos en cargos administrativos que llegan a trabajar, a enfermar y cierto es decirlo, también a morir allí.

Pero bueno, no nos pongamos nacionalistas y entendamos que la novela ofrece un importante documento histórico y literario de inigualable valor. Recomiendo su lectura porque a la par que estudiamos lo que significó la mega construcción, vamos atravesando una bella y exótica historia con aventuras que se dan a borbotones, de amores y de héroes, el más destacado de todos Philippe Bunau-Varilla.

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Marcela, la única objeción que tengo para esta obra, no es al contenido de la novela precisamente, si no a la publicación en sí, a la plaga de errores gramaticales, semánticos, de tildes y de puntuación que hay en ella. Observo en las páginas de créditos que "Philippe" tuvo cinco (5) correctores de la versión en español: (Marce, Dora, Andrés, Adrian y Ema), muchachos, no hicieron bien su trabajo.

Un lector tolerante y paciente les podría pasar todos esos errores porque la historia atrapa y convence pero, las tres páginas que le faltan a esta edición (pág. 72, pág. 86 y pág. 325) es algo francamente lamentable e inaceptable, cualquier enfadado lector podría decir 'apague y vámonos'.

Me preguntas si "Philippe" tendría éxito en Colombia?, si la gente de este país leería una novela que le incumbe, que sería importante que leyera?, eso es algo que no te puedo contestar. En Colombia se lee muy poco según dicen las estadísticas pero si los que leen se enteran de la existencia de esta novela, de la importancia de su tratamiento al hecho histórico que la precedió, de la variedad y minuciosidad de historias que aquí se cuentan, la obra podría tener una buena salida y relativo éxito. En las universidades por ejemplo, facultades de historia, sociología y literatura, sería de mucha utilidad.

El título considero que no contribuye a ello, parece una obra dedicada al lector francés. Un título distinto, más llamativo y raizal que concierna a esta región del mundo, a este trópico ardoroso, quizás ayudaría.

Importante reforzarlo todo con una campaña publicitaria, visitas de lanzamiento del libro por parte de su autor a través de los medios de comunicación, incluyendo un recorrido de promoción con conferencias por las distintas ciudades colombianas.