lunes, 7 de septiembre de 2009

Para Magenta - Sobre la crítica en el Taller

De: Rodrigo Escobar Holgín

Déjame decirte que no debes desanimarte por nada que otros te digan. Para algunos es difícil aprender lo frágiles que podemos ser, lo delicada que es una persona de arte que se inicia en el desarrollo de sus habilidades. Esos no saben que aún los robles son tiernos cuando están brotando de la tierra, y que las palmeras jóvenes pueden terminar como pasto de rumiantes.

Hay que reconocer que es difícil el arte de la crítica. Entre los polos del silencio completo y la franqueza cruda, está la crítica que identifica, sin herir, los puntos clave que pueden ayudar a mejorar, y que ayuda a mantener el deseo de continuar escribiendo.

¿Qué mueve a uno a escoger una ubicación?

Quien escoge el silencio quizá lo haga precisamente por temor a herir. No sabe qué tan preparado esté el otro para escuchar la verdad de lo que ha percibido el silencioso. Este tal vez haya recorrido un camino duro y recuerda sus inicios. Prefiere no decir nada a descorazonar, porque cree que aún no tiene la habilidad requerida para operar sin causar daño.

El costo del silencio llega a ser grande. Quien reciba tal tratamiento no llega a tener orientación sobre cómo mejorar su escritura. Aún más, puede imaginar que lo que escribe no amerita ni siquiera un mínimo comentario, puede entender el silencio como desprecio.

Quien escoge la franqueza desnuda lo hace, en el mejor de los casos, porque quiere comunicar con claridad lo que percibe como claves de mejoramiento. A veces la verdad se dice con tal tacto que deja de decirse, y la comunicación se rompe porque se pierde en una nube de ternura. Quien la elige puede recordar quizá cuando alguien quiso decirle algo para corregir su estilo, pero lo hizo con tal delicadeza que el mensaje no llegó, y luego el esfuerzo tuvo que ser mayor. Pero el costo de la franqueza cruda puede ser mayor que el del silencio, porque en algunos casos llega a desanimar y a hacer abandonar la escritura.

Esto no es evidente de por sí: uno puede creer que a quien de verdad tiene un potencial de escritor no lo desalienta nada, y que incluso las adversidades lo engrandecen. Se puede citar la dureza de la educación musical de Beethoven, la cárcel de Cervantes, y otros horrores. Lo que no sabemos es cuántas obras maestras hemos perdido sin haberlo ni siquiera sospechado, a cuántos genios hemos ahogado en la cuna, cuántos dones hemos aniquilado sin darles tiempo a florecer.

Alguien que comience la labor crítica puede ubicarse en uno de esos polos y hacer un esfuerzo por moverse buscando el centro. A veces parece que prodigamos con demasiada liberalidad el apelativo de maestro. Debiéramos reservarlo, no sólo a quien domina su arte, sino a quien lo domina en tal grado que es capaz de orientar a otros en él mediante una crítica que mantenga su deseo de escribir y que les indique un camino de excelencia sin destruir su impulso.

El ejercer de este modo la crítica requiere no sólo entonces de una capacidad de comprensión y valoración de los textos, sino además de una antigua capacidad cuyo nombre habría que remozar para que recupere su sentido original: la compasión. No la conmiseración, que es como esa palabra se entiende hoy, sino algo mucho más difícil y olvidado: la habilidad de ponerse en el lugar del otro e imaginar lo que puede estar sintiendo.

En un taller, esa habilidad, su desarrollo y ejercicio, es crucial, no sólo para mantener la capacidad creadora de sus miembros, sino además el ambiente de trabajo, la atmósfera comunitaria.

Ojalá recordáramos esto siempre en nuestro taller y lo practicáramos.




No hay comentarios: