lunes, 7 de septiembre de 2009

El significado de nuestro castellano

Por: Constanza Lema Botero


Al igual que todos los países latinoamericanos, Colombia sufre de un mal que podemos llamar "desarraigo lingüístico". Así como extrañamos la patria en el exilio, así extrañamos nuestras lenguas precolombinas, que sí sabían nombrar los pájaros, los vegetales, los utensilios y los sentimientos americanos. "Lo más humillante de la Conquista –escribe en alguna parte William Ospina– fue que tuvimos que aprender a cantar y a rezar en la lengua de los enemigos".

Si tenemos en cuenta que el lenguaje es la expresión del pensamiento, es fácil imaginar la confusión que debió sufrir el indígena cuando quiso expresar pensamientos americanos en una lengua extranjera y traducir sus sentimientos americanos al castellano.

Todo para él fue entonces confuso, ya no podía significar de la misma manera como lo había hecho siempre, cuando lengua, entorno y cultura eran un complemento armónico. Todo fue más difícil para él –trabajar, conversar, divertirse, sentir–. Y quizás lo sigue siendo, y por la misma razón, para nosotros.

¿Qué clase de comunicación se creó en la Conquista? Escasamente el indígena tuvo tiempo de pensar, de reflexionar y no hubo comunicación, o si la hubo fue muy precaria, pero en cambio nacieron todos los sentimientos que se generan cuando carecemos de ella: incomprensión, odio, egoísmo... Odio al extranjero e incomprensión con el vecino.

La representación mental –operación netamente verbal–que el indígena tenía de la realidad se le volvió muy confusa. Sus necesidades e intereses se distorsionaron y le resultó difícil, incluso, conservar las relaciones interpersonales en términos cordiales. El mantener una relación biunívoca entre mente y habla fue imposible, y esta es una de las razones por las cuales la palabra diálogo "nos queda grande". Todos conocemos y estamos de acuerdo en cuáles son nuestras necesidades y problemas básicos pero a la hora de discutir las soluciones nos enfrascamos en discusiones bizantinas. Es como si habláramos lenguas distintas. O como si aún no supiéramos reflexionar en castellano. Tal vez tiene razón Antonio Caballero cuando afirma que en Latinoamérica no ha habido pensadores porque aquí el ruido no nos deja percibir el sentido.

En Colombia el cuadro se complica con otros factores de perturbación: la exclusión de la participación política y económica de grandes sectores de la sociedad; la falta de autonomía de la nación por causa de las ingerencias extranjeras; la falta de credibilidad que padecen nuestros dirigentes; y los grupos alzados en armas multiplicaron hasta el delirio nuestros problemas sociales.

¿Que hacer en una situación como esta?, se preguntarán muchos que verdaderamente quieren salvarse y salvarnos a todos del caos. Hay puntos de vista que apuntan a resolver el problema de la mejor manera y esa es la esperanza de todos los colombianos. Pero es indudable que sea cual sea la solución, la educación en general y el lenguaje en particular tendrán que ser tenidos en cuenta. No olvidemos que es gracias al lenguaje que una persona ocupa un rol social (M.A.K Halliday, 1972) y que "el lenguaje permite sacar conclusiones sobre la estructura de la sociedad". (William Labov, 1971).

Si aceptamos que una de las causas de la fragilidad de nuestra estructura social estriba en la precariedad de sus canales de comunicación, entonces es pertinente conocer las funciones del lenguaje. Recordemos cuáles son estas en el criterio de dos destacados lingüistas.

Halliday reconoce cuatro funciones:

1. El lenguaje debe expresar relaciones lógicas (como las de causa y efecto).
2. Expresar nuestros sentimientos, deseos, necesidades, juicios…
3. Servir para interpretar nuestras experiencias.
4. Relacionar las tres funciones anteriores con el contexto social.

Larry E. Smith (1983) habla de la negociación del significado a partir de lo que él ha llamado los cinco sentidos del lenguaje:

1. La construcción de la propia identidad, esto es, la contribución del lenguaje al conocimiento de nosotros mismos.
2. Conocer mejor al interlocutor para obtener una comunicación más efectiva.
3. Elección del discurso que se debe utilizar dependiendo de la relación de los interlocutores.
4. El papel que juega la situación social en el ajuste de nuestro manejo discursivo.
5. La intención del hablante (persuadir, exhortar, seducir, incitar y mediar, entre otras).

(Y ya que en todas las clasificaciones se menciona lo social, echemos, antes de terminar, una rápida mirada a nuestra realidad. Por una parte, tenemos una realidad que nos abruma con deprimentes índices económicos, alarmantes estadísticas de criminalidad y una larga historia de odios. Por otro lado, existe una realidad que nos permite abrigar esperanzas: un buen stock de recursos humanos y naturales, conciencia de la crisis –algo que no teníamos hace 20 años– y el repudio generalizado y creciente a la violencia, venga de donde venga).

A la sociedad y los gobernantes les corresponde hacer lo suyo para enderezar los índices socio-económicos. A los educadores, optimizar las funciones del lenguaje; esto debe ser un imperativo en los currículos de castellano. Quizás entonces podamos unir de nuevo lenguaje y pensamiento, educar jóvenes que sepan nombrar su entorno y sus ideas, hombres y mujeres capaces de construir un país de verdad, y líderes capaces de interactuar en escenarios donde participemos todos.

1 comentario:

vaporelo dijo...

es un ensayo lúcido y muy bien escrito sobre un tema, el desarraigo linguístico, que no piedrde vigencia.

William Ospina