lunes, 7 de septiembre de 2009

Para Magenta - Sobre la crítica en el Taller

De: Rodrigo Escobar Holgín

Déjame decirte que no debes desanimarte por nada que otros te digan. Para algunos es difícil aprender lo frágiles que podemos ser, lo delicada que es una persona de arte que se inicia en el desarrollo de sus habilidades. Esos no saben que aún los robles son tiernos cuando están brotando de la tierra, y que las palmeras jóvenes pueden terminar como pasto de rumiantes.

Hay que reconocer que es difícil el arte de la crítica. Entre los polos del silencio completo y la franqueza cruda, está la crítica que identifica, sin herir, los puntos clave que pueden ayudar a mejorar, y que ayuda a mantener el deseo de continuar escribiendo.

¿Qué mueve a uno a escoger una ubicación?

Quien escoge el silencio quizá lo haga precisamente por temor a herir. No sabe qué tan preparado esté el otro para escuchar la verdad de lo que ha percibido el silencioso. Este tal vez haya recorrido un camino duro y recuerda sus inicios. Prefiere no decir nada a descorazonar, porque cree que aún no tiene la habilidad requerida para operar sin causar daño.

El costo del silencio llega a ser grande. Quien reciba tal tratamiento no llega a tener orientación sobre cómo mejorar su escritura. Aún más, puede imaginar que lo que escribe no amerita ni siquiera un mínimo comentario, puede entender el silencio como desprecio.

Quien escoge la franqueza desnuda lo hace, en el mejor de los casos, porque quiere comunicar con claridad lo que percibe como claves de mejoramiento. A veces la verdad se dice con tal tacto que deja de decirse, y la comunicación se rompe porque se pierde en una nube de ternura. Quien la elige puede recordar quizá cuando alguien quiso decirle algo para corregir su estilo, pero lo hizo con tal delicadeza que el mensaje no llegó, y luego el esfuerzo tuvo que ser mayor. Pero el costo de la franqueza cruda puede ser mayor que el del silencio, porque en algunos casos llega a desanimar y a hacer abandonar la escritura.

Esto no es evidente de por sí: uno puede creer que a quien de verdad tiene un potencial de escritor no lo desalienta nada, y que incluso las adversidades lo engrandecen. Se puede citar la dureza de la educación musical de Beethoven, la cárcel de Cervantes, y otros horrores. Lo que no sabemos es cuántas obras maestras hemos perdido sin haberlo ni siquiera sospechado, a cuántos genios hemos ahogado en la cuna, cuántos dones hemos aniquilado sin darles tiempo a florecer.

Alguien que comience la labor crítica puede ubicarse en uno de esos polos y hacer un esfuerzo por moverse buscando el centro. A veces parece que prodigamos con demasiada liberalidad el apelativo de maestro. Debiéramos reservarlo, no sólo a quien domina su arte, sino a quien lo domina en tal grado que es capaz de orientar a otros en él mediante una crítica que mantenga su deseo de escribir y que les indique un camino de excelencia sin destruir su impulso.

El ejercer de este modo la crítica requiere no sólo entonces de una capacidad de comprensión y valoración de los textos, sino además de una antigua capacidad cuyo nombre habría que remozar para que recupere su sentido original: la compasión. No la conmiseración, que es como esa palabra se entiende hoy, sino algo mucho más difícil y olvidado: la habilidad de ponerse en el lugar del otro e imaginar lo que puede estar sintiendo.

En un taller, esa habilidad, su desarrollo y ejercicio, es crucial, no sólo para mantener la capacidad creadora de sus miembros, sino además el ambiente de trabajo, la atmósfera comunitaria.

Ojalá recordáramos esto siempre en nuestro taller y lo practicáramos.




El significado de nuestro castellano

Por: Constanza Lema Botero


Al igual que todos los países latinoamericanos, Colombia sufre de un mal que podemos llamar "desarraigo lingüístico". Así como extrañamos la patria en el exilio, así extrañamos nuestras lenguas precolombinas, que sí sabían nombrar los pájaros, los vegetales, los utensilios y los sentimientos americanos. "Lo más humillante de la Conquista –escribe en alguna parte William Ospina– fue que tuvimos que aprender a cantar y a rezar en la lengua de los enemigos".

Si tenemos en cuenta que el lenguaje es la expresión del pensamiento, es fácil imaginar la confusión que debió sufrir el indígena cuando quiso expresar pensamientos americanos en una lengua extranjera y traducir sus sentimientos americanos al castellano.

Todo para él fue entonces confuso, ya no podía significar de la misma manera como lo había hecho siempre, cuando lengua, entorno y cultura eran un complemento armónico. Todo fue más difícil para él –trabajar, conversar, divertirse, sentir–. Y quizás lo sigue siendo, y por la misma razón, para nosotros.

¿Qué clase de comunicación se creó en la Conquista? Escasamente el indígena tuvo tiempo de pensar, de reflexionar y no hubo comunicación, o si la hubo fue muy precaria, pero en cambio nacieron todos los sentimientos que se generan cuando carecemos de ella: incomprensión, odio, egoísmo... Odio al extranjero e incomprensión con el vecino.

La representación mental –operación netamente verbal–que el indígena tenía de la realidad se le volvió muy confusa. Sus necesidades e intereses se distorsionaron y le resultó difícil, incluso, conservar las relaciones interpersonales en términos cordiales. El mantener una relación biunívoca entre mente y habla fue imposible, y esta es una de las razones por las cuales la palabra diálogo "nos queda grande". Todos conocemos y estamos de acuerdo en cuáles son nuestras necesidades y problemas básicos pero a la hora de discutir las soluciones nos enfrascamos en discusiones bizantinas. Es como si habláramos lenguas distintas. O como si aún no supiéramos reflexionar en castellano. Tal vez tiene razón Antonio Caballero cuando afirma que en Latinoamérica no ha habido pensadores porque aquí el ruido no nos deja percibir el sentido.

En Colombia el cuadro se complica con otros factores de perturbación: la exclusión de la participación política y económica de grandes sectores de la sociedad; la falta de autonomía de la nación por causa de las ingerencias extranjeras; la falta de credibilidad que padecen nuestros dirigentes; y los grupos alzados en armas multiplicaron hasta el delirio nuestros problemas sociales.

¿Que hacer en una situación como esta?, se preguntarán muchos que verdaderamente quieren salvarse y salvarnos a todos del caos. Hay puntos de vista que apuntan a resolver el problema de la mejor manera y esa es la esperanza de todos los colombianos. Pero es indudable que sea cual sea la solución, la educación en general y el lenguaje en particular tendrán que ser tenidos en cuenta. No olvidemos que es gracias al lenguaje que una persona ocupa un rol social (M.A.K Halliday, 1972) y que "el lenguaje permite sacar conclusiones sobre la estructura de la sociedad". (William Labov, 1971).

Si aceptamos que una de las causas de la fragilidad de nuestra estructura social estriba en la precariedad de sus canales de comunicación, entonces es pertinente conocer las funciones del lenguaje. Recordemos cuáles son estas en el criterio de dos destacados lingüistas.

Halliday reconoce cuatro funciones:

1. El lenguaje debe expresar relaciones lógicas (como las de causa y efecto).
2. Expresar nuestros sentimientos, deseos, necesidades, juicios…
3. Servir para interpretar nuestras experiencias.
4. Relacionar las tres funciones anteriores con el contexto social.

Larry E. Smith (1983) habla de la negociación del significado a partir de lo que él ha llamado los cinco sentidos del lenguaje:

1. La construcción de la propia identidad, esto es, la contribución del lenguaje al conocimiento de nosotros mismos.
2. Conocer mejor al interlocutor para obtener una comunicación más efectiva.
3. Elección del discurso que se debe utilizar dependiendo de la relación de los interlocutores.
4. El papel que juega la situación social en el ajuste de nuestro manejo discursivo.
5. La intención del hablante (persuadir, exhortar, seducir, incitar y mediar, entre otras).

(Y ya que en todas las clasificaciones se menciona lo social, echemos, antes de terminar, una rápida mirada a nuestra realidad. Por una parte, tenemos una realidad que nos abruma con deprimentes índices económicos, alarmantes estadísticas de criminalidad y una larga historia de odios. Por otro lado, existe una realidad que nos permite abrigar esperanzas: un buen stock de recursos humanos y naturales, conciencia de la crisis –algo que no teníamos hace 20 años– y el repudio generalizado y creciente a la violencia, venga de donde venga).

A la sociedad y los gobernantes les corresponde hacer lo suyo para enderezar los índices socio-económicos. A los educadores, optimizar las funciones del lenguaje; esto debe ser un imperativo en los currículos de castellano. Quizás entonces podamos unir de nuevo lenguaje y pensamiento, educar jóvenes que sepan nombrar su entorno y sus ideas, hombres y mujeres capaces de construir un país de verdad, y líderes capaces de interactuar en escenarios donde participemos todos.

domingo, 6 de septiembre de 2009

MARIE SKLODOWSKA CURIE


Estaba en una reunión con el grupo del taller cuando Silvio, el compañero gordito y simpaticón, comenzó a triturar, en un mortero, dos o tres gramos de pimienta roja para mejorar el sabor de los embutidos, y recordé a Madame Curie en el cobertizo de su laboratorio, pulverizando toneladas de pecblenda para estudiar los rayos del uranio que había descubierto Antoine Henri Becquerel en 1896. Él descubrió que el uranio emitía radiaciones invisibles, de naturaleza desconocida, similares a los rayos X que había descubierto Wilhelm Roentgen en 1895.

Al estudiar el fenómeno, Marie lo bautizó con el nombre de radioactividad, término de su autoría, pero la naturaleza de la radiación y su origen eran un misterio. Éste fue el tema que escogió como tesis de grado para obtener el doctorado en Química.

El punto que me parece más relevante de Marie Curie es su tenacidad, sobre todo teniendo en cuenta que sus condiciones de vida fueron deplorables. Éste carácter obstinado le hacía seguir trabajando aun en situaciones de salud de extrema gravedad.

Su laboratorio era un miserable local, donde, durante el invierno la temperatura descendía a seis grados y en el verano era insoportable por el efecto de invernadero. En ese miserable hangar de la calle Lhomond en Paris, durante dos años, en compañía de su esposo Pierre, sufrió todas las privaciones, sudores y reveses hasta constatar que existía un elemento más radioactivo que el uranio, y descubrió en julio de 1898 el polonio, nombre dado en honor a su querida patria, y luego, en diciembre del mismo año, el radio.

Una vez se publicaron estos descubrimientos en la Academia de las Ciencias, la noticia conmocionó a los científicos, quienes exigieron ver el polonio y el radio en estado puro. El radio nadie lo había visto, por lo que les exigieron que lo demostraran. Con infinita paciencia y, después de cuarenta y cinco meses de procesar toneladas de pecblenda, lograron al fin separar un décimo de gramo del elemento radio y Marie determinó su peso atómico. Aún no se sabía que con ese pequeño fragmento de mineral, de brillo azulado que relucía en una caja, se había iniciado la era atómica.

Para hacerse una idea de la dificultad y costo del mismo basta saber que para obtener un gramo de radio puro es necesario tratar cuatrocientas toneladas de mineral bruto, pecblenda, con ochocientas toneladas de agua, doscientas toneladas de productos químicos y consumir el equivalente a cien toneladas de petróleo en energía.

Junto a su esposo Pierre Curie demostró, descubrimiento de gran importancia, que la radiactividad no resulta de una reacción química, sino que es una propiedad del elemento, concretamente del átomo. Marie Curie fue la primera en utilizar el término 'radiactivo' para describir los elementos que emiten radiaciones cuando se descomponen sus núcleos.

A pesar de todo –escribiría Marie, tiempo después– en aquella barraca pasamos los mejores y más felices años de nuestra vida, consagrados al trabajo. A veces me pasaba todo el día batiendo una masa en ebullición con un agitador de hierro casi tan grande como yo misma. Al llegar la noche estaba rendida de fatiga. Sin embargo, nos producía gran alegría entrar por la noche en nuestro taller; cuando veíamos por todos lados las siluetas luminosas de los frascos y cápsulas que contenían nuestros productos.

Me parece admirable cuando renunciaron a sacar provecho material del descubrimiento: no patentaron nada a su favor, y sí publicaron sin reserva todos los resultados de sus investigaciones, así como los procedimientos de preparación del radio. Su norte siempre fue el bien de la humanidad.

Sábato dijo unas palabras sobre Marie Curie a la que, reconociendo, naturalmente el enorme valor de sus trabajos no admitió para ella en absoluto el calificativo de genio: La razón es que Marie Curie se parece a un hipotético cazador que sale por conejos y se encuentra con un dinosaurio. Genio es quien sabe ver y demostrar que la manzana (por decir algo) que cae y la luna que no, son un mismo hecho en la naturaleza.

Sino fue genio, lo cierto es que aprendió a leer y escribir antes de los cinco años. Fue la menor de cinco hermanos que la mimaron, estimularon y sembraron en ella el amor al conocimiento, que sería perenne durante toda su vida. En aquella época, Polonia estaba bajo el dominio ruso, cuando llegaban los inspectores a supervisar la educación dada en la escuela, Marja salía a cantar el himno nacional ruso, con lo cual no les quedaba sino aceptar que si la más pequeña de las estudiantes se sabía de memoria el himno, por ende, todas las demás se lo tenían que saber.

Marja terminó sus estudios de bachillerato, en 1882, a la edad de quince años, y con las notas más sobresalientes. En aquellos años, en Polonia y en muchos países, no había educación superior para mujeres. Su familia tampoco tenía la suficiente solvencia económica que le permitiera estudiar en Londres, Berlín, o Paris. Por lo tanto, aceptó trabajar como institutriz en una familia acomodada. Pactó con Bronia, su hermana mayor, que ella seguiría trabajando, de tal forma que Bronia pudiera estudiar medicina en Paris, hasta que las condiciones mejoraran y permitieran que Marja continuase sus estudios. Pasaron varios años.

Marie llegó a Paris dos años después de la Exposición Universal de 1889. Aún los parisinos estaban perplejos ante las novedades científicas presentadas, como la primera máquina multiplicadora de Bollée; el primer automóvil con motor de combustión interna y cuatro ruedas; la bicicleta con neumáticos, frenos y cadena. La Torre Eiffel, entrada provisional a la exposición, que se podía ver desde todos los puntos de la ciudad, y las amplias avenidas con alumbrado eléctrico, tenían descrestados a los parisinos. Nada de esto le importó y sólo se concentró en nivelar los estudios y perfeccionar su francés. Se matriculó en Ciencias Físicas en la Sorbona, luego en Matemáticas. En tres años terminó las dos licenciaturas y se graduó con las mejores notas.

Fueron años de gran austeridad, si tenía dinero para comprar carbón y amortiguar el frío, no tenía para comer. Su hija Eve nos dice: Llegó a pasar semanas enteras sin tomar otro alimento que té con pan y mantequilla. Cuando quería festejar algo compraba un par de huevos, o una tableta de chocolate, o algo de fruta. Para ahorrar carbón no encendía el calentador, y pasaba horas y horas escribiendo números y ecuaciones sin apenas enterarse de que tenía sus dedos entumecidos y sus hombros temblaban de frío.

En 1911, la Academia Sueca le reconoció todos sus aportes a la ciencia, y le entregó el Premio Nobel de Química, por el descubrimiento de los elementos polonio y radio y sus investigaciones sobre la naturaleza y comportamiento de dichos elementos; siendo la primera persona, y por más de cincuenta años, en obtener ese galardón dos veces. Ya en 1903, junto a su esposo y a Henry Becquerel, le habían dado el Premio Nobel de Física por el descubrimiento de la radioactividad espontánea y los aportes sobre el fenómeno.

Siempre trató de ser útil, y cuando comienza la Gran Guerra en 1914, tiene dos tesoros que cuidar: sus hijas, Írene y Eve, y un gramo de radio protegido en una cápsula de 20 kilos de plomo. Sin dudar, tomó un tren hasta Burdeos y lo depositó en un banco. Diez días después, consciente, contra todos los pronósticos de sus colegas, que la guerra sería larga, y el uso de los rayos X para localizar balas, metrallas y fracturas se haría a escala más amplia, estaba al mando de un equipo de expertos en técnicas radiográficas. De nuevo, se encontró en uno de los períodos de trabajo más intenso de toda su vida. Logró poner en funcionamiento más de doscientos coches radiológicos, invento de su autoría, siendo un aporte invaluable para la atención de los heridos de guerra.

En 1921, visitó por primera vez Estados Unidos. Siempre ajena a todo elogio y reconocimiento público aceptó, después de varias negativas, la invitación que le ofreció la periodista Missy al convencerla que las mujeres norteamericanas habían reunido cien mil dólares, es decir, el valor de un gramo de radio, para donárselos a Marie Curie. El valor del radio es cien mil veces mayor que el del oro. En esta primera visita oficial a Estados Unidos dijo las siguientes palabras: Sin embargo, no debemos olvidar que cuando se descubrió el radio nadie sabía que resultaría útil en los hospitales. Fue un trabajo de pura ciencia. Y es esta una prueba de que el trabajo científico no debe considerarse desde el punto de vista de su utilidad inmediata. Hay que hacerlo por lo que él es en sí, por la hermosura de su ciencia, y después queda siempre la posibilidad de que el descubrimiento científico, como ha sucedido con el radio, se convierta en un beneficio para la humanidad.

Muere el 4 de julio de 1934. Dos días después, sólo con la compañía de parientes, amigos y colaboradores de su obra científica, fue enterrada Madame Curie en el cementerio de Sceaux. Dicen que sus manos, quemadas por el radio, resaltaban sobre el blanco sudario que le recubría.

Desde 1995, sus restos reposan en el Panteón de París junto a su esposo Pierre y al escritor Víctor Hugo, siendo la primera mujer en ser inhumada en este monumento. Podemos leer en su epitafio: Valiente mujer de ciencias, humanista y tenaz, con el descubrimiento del radio, esta investigadora de origen polaco, abrió el campo de la física nuclear y la terapia del cáncer. Trabajos que le costarían la vida.

Entre el instante de felicidad que tuvo Silvio, lo vi en sus ojos, al mejorar el sabor del salchichón con la mal molida pimienta, y toda la vida de Marie Curie dedicada a la ciencia pura, hay un sinfín de posibilidades para darle sentido a nuestra vida.

gladysfrancos@hotmail.com

julio del 2009



miércoles, 2 de septiembre de 2009

EL SENTIDO DE LA VELOCIDAD

POR: PIEDAD VILLEGAS

Año 400 a c Grecia- Los mosaicos del piso dibujan cenefas que enmarcan con diseños geométricos, los animales multicolores que jugando se mueven con las sombras de las columnas que rodean el patio; desde uno de los corredores esta él, mirándoles, absorto. Tiene en su mano un maravilloso vaso de arcilla dibujada que acaban de llenarle de agua. Saborea con placer su frescura. También traen una bandeja de frutas que ponen en una mesita cubierta con mantel de seda. Cierra los ojos y siente el olor de las uvas y las olivas, mientras percibe con sus dedos la suavidad de la seda, que al moverse con la brisa le roza la piel. En la tranquilidad del patio alcanza a escuchar el rumor del agua del río afuera y los pasos que se alejan. Apenas ha comenzado la mañana, vuelve a abrir los ojos. Aristóteles piensa, acaba de ver, de saborear, de oler, de tocar y de oír, en un mismo instante. Se levanta para ir al Lyceo, todas sus palabras y los actos humanos girarán alrededor de los 5 sentidos.

Siglo XVII Alemania- Los andenes del claustro dibujan caminos por los que los estudiantes van y vienen, desde la ventana de arriba, por momentos se ven corriendo como pequeños arroyos y a horas determinadas, parecen torrentes de agua que fluyen rápidamente. Mirándoles a través de los cristales, está él, absorto, mientras juega a hacer bombas con el humo de la pipa que acaba de aspirar. En el estudio lleno de libros y papeles, de pronto se siente saturado por el olor del tabaco y de la tinta, y abre la ventana. El viento del otoño, azota las cortinas que con fuerza cubren su cara, siente la dureza de la tela pesada, alcanza a escuchar los murmullos de las voces y de los pasos agitados, que afuera caminan por el claustro. Acaba de comenzar la mañana, se acomoda el pelo desordenado por la cortina, y sacude la ceniza que cayó en su chaleco. Immanuel piensa, acaba de ver, de saborear, de oler, de tocar y de oír, en un mismo instante. Se dispone para ir a dar la cátedra sobre los 5 sentidos de Aristóteles.

Siglo XIX Suiza- Los senderos del bosque dibujan rutas enmarcadas por piedras y flores silvestres, que en filas se pierden detrás de los árboles. En el tronco que le sirve de banca, y mirando hasta donde se diluyen en la distancia los colores, está el, absorto, concentrado en sus pensamientos sobre los sentidos. Sus manos juegan a quebrar en pedazos pequeños una hoja seca, los pájaros cantan en sincronía cada tanto, y mientras trata de armar la melodía que componen los diferentes trinos, el fuerte olor a tierra penetra hasta las sienes. Arranca una brizna de hierba larga y se la lleva a la boca, con sus dientes muerde el tallo y saborea la savia amarga hasta agotarla. El sol ya se oculta y el frío de la primavera comienza a sentirse, Rudolf se levanta tirando la brizna y se acomoda el pañuelo alrededor del cuello, piensa que ver, oler, saborear, oír y tocar ha sido apenas un bosquejo de la capacidad sensorial del ser humano. Piensa que además, el calor, la vida, el movimiento, la palabra, el pensamiento, el yo y el equilibrio, son otros sentidos para ser desarrollados. Hoy dormirá este pensamiento, mañana escribirá su conferencia sobre los 12 sentidos.

Año 2009 America-Africa- Europa- Asia u Oceanía- Las autopistas de la ciudad dibujan con las luces de los carros y de los avisos la velocidad que lleva. Dentro del carro, va él, a 100 kilómetros por hora. Todo pasa ligero mientras conduce sentado e inmóvil, con sus manos adormecidas por estar aferradas al timón, está absorto, manteniendo su atención en el carro que va adelante, ningún pensamiento aparece mientras conduce, el olor a gasolina ya ni se siente, y el chicle que lleva en la boca no sabe a nada, el ronroneo de los motores de las motos y los carros que lo rodean, se bloquea en cualquier lugar de su cerebro en el que esté, de tanto oírlo, ninguna emisora sintoniza con el, ya ni siente el deseo de llegar, el carro lo lleva, él se deja llevar y lo único que percibe es velocidad.

Velocidad, esa que se lleva los años de historia que han transcurrido desde que Aristóteles, sintió que el Yo vibra en 5 experiencias sensoriales, a través de las cuales realizamos el anhelo humano. Velocidad, esa que también se lleva la posibilidad de conocer, que cuando en tiempos de Immanuel Kant la sicología dejo de ser filosofía y acomodó sus bases, sobre la misma teoría de los cinco sentidos, olvidó la capacidad que tienen los varios siglos transcurridos, para dejar dormir esas ideas, que mas tarde como bella durmiente han de despertar para renovarse y darle giros decisivos a los pensamientos del pasado.

La sicología perdió la secuencia que va de las imágenes que sucedieron en el patio de mosaicos dibujados, a la autopista con un solo dibujo de líneas blancas interrumpidas. Quedó suspendida en la polaridad de esa idea fija que son los 5 sentidos, que se reproduce una y otra vez a esa misma velocidad que, "es la vejez del mundo" como sentencia Virilio.

Hoy sin percibir esa intuición inteligente llamada sexto sentido, y sin el reflejo de esa sabiduría natural que es el sentido común, la sicología moderna sigue sin acoger las investigaciones y aportes sobre el estudio de los 12 sentidos, que desarrolló Rudolf Steiner en un momento histórico, en que Oriente con su espiritualidad y Occidente con su pensamiento materialista, se encontraban, se seducían, y simultáneamente se resistían, pero siempre se asombraban, hasta la obsesión o el rechazo en todos los ámbitos posibles.

Una búsqueda individual y sensacional, pretende encontrar en la velocidad la substancia de la propia humanidad, ya, todo se está sirviendo con afán para develarnos rápidamente los misterios del mi mismo. Como si se tratara de una divulgación colectiva, en los laboratorios los científicos publican boletines con estudios sobre los sentidos, y dan una dimensión de lo que algún día descubrirán que somos por las capacidades que demostramos. Solo el sentido del tacto tiene el más sorprendente tratado escrito por Ashley Montagu, y un filósofo como John Berger publica un libro de solo ensayos sobre "El sentido de la vista".

Del otro lado los poetas expresan la incertidumbre y la certeza de sentir: es el ser humano en el limite y en el centro, debatiéndose desesperado entre polaridades, entre la sal y el dulce, entre la iluminación y la ceguera, entre el olor a sándalo y el olor a mierda, cuando al mismo tiempo percibe el golpe y la caricia, y padece el ruido inevitable del mundo contemporáneo, mientras escucha sinfonías, sin tiempo.

Mientras tanto, los médicos creen curar los desordenes de los órganos de los sentidos con gotas, cremas, pastillas e inhaladores para la nariz, los oídos, los ojos, la piel y las papilas gustativas; los sicólogos y maestros insisten en evaluar la manera como percibimos el mundo desde la teoría de los 5 sentidos, "…que son para los órganos como el alma para el cuerpo…" según Aristóteles, y las revistas y los periódicos en pequeñas reseñas, relacionan los sentidos con ventanas, frente a ese palacio de portales, ventanales y entradas que es el ser humano.

El ser humano, sin atreverse a percibir ya nada mas que la muerte acechando, cierra las vías de acceso y solo se atreve a descubrir el sin sentido de la velocidad, " la forma de éxtasis que la revolución técnica ha brindado al hombre" según Kundera, el ser humano, ya no se atreve a explorar los 5 sentidos de Aristóteles, ni los 12 de Steiner, los cuales él clasifico en tres grupos, ni tampoco se atreve a inventar nuevos, como un sentido para la memoria o un sentido para la eternidad, porque ya la muerte tiene su sentido, como la vida tiene el suyo.

Y sin embargo "es en los sentidos donde comienza el conocimiento, donde el alma razona y piensa" como diría talvez Kant. Compartimos algunos sentidos físicos y anímicos con las piedras, las plantas y los animales, pero con los mismos sentidos, ni unas, ni otros tienen la posibilidad de recorrer los caminos que nosotros los seres humanos alcanzamos, el primer grupo, los 4 sentidos físicos según Steiner, son sentidos externos, relacionados con el mundo exterior, con nuestro cuerpo físico y vital:

El sentido del tacto, se puede vivir sin otros sentidos menos sin esta frontera que nos deja saber donde terminamos y donde comienza el mundo que nos rodea, puede desarrollarse hasta un abrazo infinito, o hacernos sentir desolados, un sentido tan físico y tan básico que si no logra su verdadero alcance deprime a la planta, al animal y al hombre hasta convertirlos en formas inertes.

El sentido del movimiento, es ese gesto de poder desplazarse hacia los lados, hacia arriba y hacia abajo, hacia delante y hacia atrás, para descubrir que somos libres y podemos traspasar límites, es también tan físico que si no alcanza todo su potencial nos reduce a la minusvalía.

El sentido del equilibrio, es el sentido de la tranquilidad, físicamente tenemos un centro de gravedad que nos hace estar presentes para nosotros mismos, además de estar vivos, no fluctuamos perdidos en movimientos incontrolables, es no estar dis- traído, es estar en mi y no entre- tenido.

El sentido de la vida, es esa sensación de la armonía que no es otra cosa diferente a que yo concuerdo, una confianza básica por mi sola existencia, sin arandelas, es física y real, puedo compartirla con la planta, con la piedra y con el animal, pues es un hecho que estamos; al margen de las preguntas, solo en la medida que ellas aparecen ascendemos y es cuando el sentido de la vida se convierte en felicidad, pero también puede no desarrollarse nunca y convertirnos en seres desconfiados e insatisfechos, infelices, pero nunca volveremos a estar iguales a la piedra, a la planta o al animal porque las preguntas tarde o temprano aparecerán para nosotros.

El segundo grupo es el de los 4 sentidos anímicos, que también son físicos y están relacionados con los sentimientos y las emociones, están relacionados con el alma:

Dijo Aristóteles, "el alma es al cuerpo como la vista al órgano visual", el sentido de la vista es un sentido del cuerpo y del alma, porque ver, es pasar los ojos, que no es lo mismo que mirar, que es ver mas, observar, detallar, que es ir mas allá, escudriñar, hasta develar, que no es lo mismo que desvelar, que es no dejar de ver, ni lo mismo que soñar, que es ver dormidos.

Del cuerpo y el alma también es el sabor, de saber, si no sé, muero de hambre, no me alimento, así es desde el nacimiento cuando se recoge la primera gota de leche y se saborea ese mundo redondo, donde se recoge el conocimiento, de allí aprendo todo sobre el amor y el desamor, sobre el gusto y la belleza, en esa fuente de sabiduría para aprender a vivir y también a morir.

El sentido del olfato, que es mas que oler, también es físico y anímico, es el sentido de reconocer, es seguir un rastro, recoger una señal para elegir o descartar, es respirar, tomar el impulso que me trae el mundo en una inhalación para intercambiar, para acoger o no.

El sentido del calor también es físico y anímico, es mas que sentirse vivo o sentir la piel, es la vivencia de la luz y la alegría que da el calor o la de la oscuridad y la soledad que transmite el frío, es la euforia o la impersonalidad, es la exageración o la parquedad, es irradiar calidez o frialdad.

El último grupo es el de los 4 sentidos espirituales, que también son físicos, y se relacionan con una necesidad interior que tiene el ser humano de re-ligar con un mundo presentido e innombrable, que no es visible, sin embargo es percibido y traspasa los límites del alma. Talvez habrá una época de la historia en que se llamen los sentidos divinos, cósmicos o suprasensibles, talvez… cuando los humanos elevemos nuestra condición hasta alcanzar otros poderes o cuando nombrar a Dios sea mas sencillo y no un asunto delicado:

El sentido del oído, que es escuchar, o ir al sentir, porque oír hace evocar y vibrar y también sufrir y conmover, o ir mas allá de lo físico, traspasar la oreja y llegar a lugares inexplicables, o ir donde se abre un espacio interior, que hasta parece hacernos comprender algo, que no hay palabras inventadas aún para nombrarlo o n o ir que es estar aturdido o sordo.

El sentido de la palabra que es el de la verdad o la mentira, el de nombrar o callar para formar o desformar el mundo, para confundir o aclarar, es el sentido de expresar, de conocer que mientras los verbos actúan, los adjetivos sienten y los sustantivos piensan, juntos palpitan en el gesto, en el tono y en la voz de cada letra.

El sentido del pensamiento que es el sentido de las relaciones entre todo lo que existe y lo que sucede, resume la actividad humana en la inspiración o en la falta de brillo en las ideas, es el reflejo coherente o disociada de la vida en imágenes o palabras.

Y el sentido del YO de los demás, esa capacidad de percibir a los otros, de leer en mi interior sus características, de reconocerlos, validarlos, de adivinarlos, algo tan íntimo, que es intuición y también la experiencia de aquello llamado esencia que se traduce en saber o no a quien es el otro cuando me encuentro con él.

Año 2015- Cualquier lugar del planeta tierra - El parque está atestado de gente, desde las vidrieras del spa, se alcanza a ver la plaza en la que se entrelazan puentes de madera y hierro, con terrazas donde los niños, corren y juegan a mojarse, con los chorros juguetones que brotan del piso. En las tarimas, cerca de ellos, todos pueden ser saltimbanquis, músicos, teatreros y espectadores. Los espacios sembrados de flores donde los viejos pasean por el prado, se combinan con espacios abiertos, con cúmulos de arenilla y piedra, que se ofrecen para que todos puedan moverse y explorar con sus sentidos. Alcanza a ver en las explanadas a los adolescentes en corrillos cantando, abrazados, besándose, mientras en los puestos de comidas, sentados en mesas y bancas, jóvenes y adultos comparten canciones, palabras y vinos.

Inmerso en la piscina de piedra natural, está él, absorto, mirándoles a través de los cristales. Los olores de la lavanda, la canela y la mandarina, llegan en pequeñas oleadas, marcadas por los sonidos dulces y vibrantes, de los móviles de metal y de vidrio ubicados en diferentes sitios del spa. El agua esta tibia y los chorros en las paredes, hacen masajes en sus piernas. Piensa que ahora es posible explorar los sentidos hasta, "…la realización final de su capacidad" como diría Aristóteles, la misma capacidad sensorial que en otras épocas, fue reprimida por ser origen de pecado. Mueve su mirada hacia las personas que como el, desde la piscina están percibiendo el mundo, afuera y adentro. Sale del agua, se sirve un té de frutas y se sienta a beberlo en una poltrona acolchonada por cojines, frente al gran ventanal.

El ventanal dibuja un gran cuadro de la ciudad que se mueve al ritmo del sentido de la velocidad; ese desplazamiento que va hacia adelante, ese movimiento que puede bloquear la experiencia sensorial: la fuente de la creatividad, ese mismo desplazamiento que es capaz de sobrepasarse hasta el acelere desmedido o hasta la lentitud desesperante.




martes, 1 de septiembre de 2009

DE LA LENGUA Y OTRAS COSITAS

Por: Isabel Prado

Hablando de nuestra lengua y más precisamente del modo cómo nos tratamos, los invito a reflexionar, si no lo han hecho ya, sobre las siguientes situaciones:

Consultorio. Médico a su paciente después de un inaudible saludo y ni una mirada de su parte: ¿Qué tenés? ¿Venís a abortar?

Parqueadero en centro comercial. ¡Señora! Tenemos una promoción muy buena hoy. Te lavamos el carro, te lo enceramos, te lo aspiramos. Todo por $25.000. ¿Entonces sí?

A la entrada de un almacén. Siga madrecita. Mi amor qué se le ofrece ya casi encima de la transeúnte.

Salón de clase. Teacher: Vos dijiste que al fin no había tarea.

Podría seguir enumerando los casos en que me he sentido agredida. Es mi problema y voy a tratar de superarlo.

Con el doctor que no es doctor* sino médico, a menos que haya hecho un doctorado, me atreví a decir: No me gusta que me voceen y lo mismo he dicho a mis estudiantes. La respuesta fue la misma: estamos en el Valle, somos vallunos y aquí nos tratamos así. (vallunos los de Valledupar, dicen algunos, nosotros somos vallecaucanos).

Con todo respeto con aquel que no comparta mi sentir, no creo que esta sea una buena razón. Lo es, si es costumbre entre viejos amigos o en familia pero no en los casos que cité y como creo que es sobre educación y buenas maneras de lo que estoy hablando, no me molesta mucho cómo me tratan en un parqueadero o en un almacén pero sí cómo lo hacen algunos gremios cuyos estudios les hacen pensar que son mejores y se toman el derecho con ese VOS, de 'pordebajear' a quienes ellos consideran no han pasado por su misma universidad.

Además de sentirse superiores por un saber que el otro no tiene, ¿qué tal la agresividad y todo lo que implica por parte de un galeno, suponer que la paciente va a abortar cuando en realidad va por una caída en moto?

De los estudiantes puedo decir a su favor que están en un proceso de formación (con el cual no se sienten aludidos porque se las saben todas) y se supone que poco a poco encontrarán ese delgado y fino hilo que separa su arrogancia o ignorancia del respeto hacia una persona que es figura de autoridad.

Como decía Cantinflas: 'Todos somos iguales pero hay unos más iguales que otros' y para empatar yo agrego que 'el mico sabe a que palo trepa'. No quiero filosofar ni mucho menos pero todos sabemos, vuelvo a creer yo, que si ciertas reglas se cumplen nos podemos tratar cómo queramos mientras tanto tratamos de usted a nuestro maestro-director, de doctor al doctor Aljure, de tú, porque hemos aprendido a hacerlo, a la honorable y risueña Leonor y al joven Jesús David que nos lleva con sus palabras a mundos increíbles. De allá para acá pues pesan los saberes, las prácticas, los cargos y/o los años.

*La RAE dice que se les puede llamar doctores así no tengan el título.