jueves, 13 de agosto de 2009

¡CANTE, SEÑOR GRIBENCHENCKO, CANTE!



Por: Julián Enríquez



Los operarios y las máquinas se apiñan en la plaza en torno a la gigantesca estatua. El que da las órdenes se ha subido al pedestal y levanta los brazos, señala, hace saber: ustedes hacen esto, ustedes aquello; en general enfatiza cómo ha de realizarse la remoción de la efigie de Vladimir Ilich Ulianov. A los pies del gigante, el pequeño hombre se ve entusiasta como si disfrutara estar al frente de la operación.

--Si sólo cobrara vida –piensa el señor Alexander Gribenchencko desde una de las bancas de la plaza –si Lenin cobrara vida… levantaría su inmensa extremidad y los aplastaría a todos, empezando por aquel insignificante jefe de demolición.

El señor Gribenchencko es un hombre delgado y muy alto. En los buenos años de la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas representó a la potencia como deportista de alto rendimiento, colgándose no una sino varias medallas olímpicas en las modalidades de salto alto y largo; medallas que ahora permanecen refundidas en algún lugar de la casa donde vive con su mujer, los dos hijos ya mayores junto a sus esposas y los nietos que no le prestan mucha atención. Ya es un viejo el señor Gribenchencko, lo que significa un camarada venido a menos y arruinado, una sombra bastante deslucida del ayer.

Sentado en la banca recuerda sus logros olímpicos, la emoción tan grande que sintió cuando gracias a su esforzada participación, el orbe entero escuchó el himno de su país y él, en lo más alto del podio, se llevó la mano al pecho y cantó al tiempo que recordaba cómo en el pasado sus manos se desollaban de tanto recoger trigo y cebada en compañía de su padre. Era entonces un alargado adolescente al que el Régimen le supo sacar provecho y tras jornadas de duro entrenamiento –al mejor estilo soviético--, convertirlo en uno de sus atletas más destacados.

La estatua de más de 40 pies muestra a un Lenin orador con su brazo derecho en alto y el ceño fruncido, enfático. Ha sido encadenada a la altura del cuello y la muñeca por parte de los operarios. Por un momento, el señor Gribenchencko quiso levantarse y salir corriendo, esquivar a los trabajadores, saltar al pedestal y escalar la estatua para liberarla de sus yugos. Una carrera que resarciera tanta injusticia. Pero no lo hizo. A sus 86 años sólo le quedan fuerzas para caminar desde su casa a la plaza y sentarse con una bolsa de maíz a alimentar a las palomas. Prefiere eso al lío de berridos, gritos y desorden que vive a diario. Su mujer, Malencka, no lo deja en paz quejándose de la irresponsabilidad de sus hijos, a los que les importa muy poco lo que pueda decirles su madre y menos aún sus esposas, quienes a veces se sienten impotentes frente a sus pequeños y no saben cómo calmarles el desasosiego.

Un ruidoso infierno, eso es el hogar del señor Gribenchencko y lo único que lo calma un poco, es el dinero que la gloria deportiva de la casa recibe de parte del Estado, no la gran cosa, una pequeña contribución vitalicia por los triunfos alcanzados en sus veintitantos años de carrera deportiva.

--El monumento irá derecho al horno –piensa el anciano –el material derretido les alcanzará para fabricar modernos artefactos, implementos sanitarios y hasta para ampliar las redes telefónicas. –Suspirando, levanta la vista a las ortodoxas cúpulas del Kremlin –la historia de la Unión Soviética no significará nada para las nuevas generaciones.

Recuerda cómo a sus hijos quiso inculcarles el amor por el país, que no olvidaran a sus héroes, a los magníficos Lenin y Stalin, ni el papel definitivo que la Unión Soviética había jugado en la Segunda Guerra, la aparición del recio Nikita Kruschev con el que se identificaba tanto. Nunca les habló de la historia más reciente, de la Guerra Fría ni la era Gorvachov pues consideraba que justo ahí, en esa transición apocalíptica, sobrevino la debacle del imperio. Evitaba pensar en el desmembramiento posterior de la unión, por eso dejó de leer los periódicos pero todo el tiempo la nueva Rusia le salta a la cara con sus autos último modelo de propiedad de las mafias oportunistas.

--Y pensar que sólo hasta ayer, estos ex KGB simbolizaban el vigor y el orgullo de la nación –se cuestiona el señor Gribenchencko.

También Cocacola y MacDonalds con sus tiendas colosales atestadas de jóvenes que se mueren por vivir al estilo occidental, lo llenan de coraje. Y la transformación ha llegado hasta su propia casa, con unos hijos indolentes y sin honor, vagos a los que lo único que les interesa en la vida es recoger las migajas que las mafias dejan caer y venderse al mejor postor.

La bandada de palomas sobrevuela la plaza rítmicamente, los intrusos se han tomado una parte de ella y las aves están inquietas. El señor Gribenchencko lo nota, en el tiempo que lleva allí sentado es para que la bolsa de maíz esté a la mitad, pero no, apenas la tiene comenzada. Ve a sus aves dar vueltas en torno a la estatua encadenada como si presintieran lo que va a suceder y desearan acompañarla; quiso que de sus patas les brotaran garras y sus picos se alargaran como dagas, que todo su instinto se concentrara en venirse en caída libre directo a los operarios, especialmente contra aquel que da las órdenes y apremia por la caída del caudillo.

--Ahora nos quedaremos solos, mis mujercitas –piensa.

Así les dice a las palomas cuando las está alimentando. Se acostumbró a llamarlas de ese modo por los celos de Malencka que cuando lo ve marcharse a la plaza, le grita con sorna:

--¡Ahí vas a verte otra vez con tus mujeres! ¡Me tienes harta, Gribenchencko!

De pronto, siente una corriente de frío que lo lleva a arrebujarse en el abrigo. Lenin está agonizando. Las cadenas en su cuello y su muñeca empiezan a ejercer presión, las máquinas remolcadoras tiran desde abajo y las cadenas, poco a poco, se van tensionando. El señor Gribenchencko intentó llevarse las manos a los oídos para no escuchar los chirridos del metal retorciéndose, tampoco quiso mirar a la estatua empezar a inclinarse. Pero siguió mirando y escuchando cómo a menos de cincuenta metros de donde estaba, Lenin caía. Una lágrima asomó, deslizándose lenta por los hondos surcos de su cara.

En un segundo, recordó lo orgulloso que se sentía treinta y cinco o cuarenta años atrás, cuando paseaba con su joven esposa por el centro de Moscú. Les gustaba visitar museos, plazas y calles que dieran testimonio del ayer; de un momento a otro todo comenzó a cambiar, a ser clausurado y levantado. Se llevaron los cuadros, los bustos, las estatuas y los nombres. Los nuevos políticos arrasaron con sus símbolos y la ciudad se convirtió en un desierto, al menos para el señor Alexander Grivenchencko que se refugia en este último oasis que dio albergue hasta hoy al gran Vladimir Ilich.

Lenin mordió el polvo con la estrepitosa caída. Las aves espantadas rompieron filas en el aire y por un momento parecieron extraviadas. El señor Gribenchencko solo, a un lado de la plaza, quiso oponerse. Ahora las máquinas arrastran a la gigantesca estatua. Pero lo único que hace es ponerse de pie, retirarse la boina de la cabeza y sostenerla con la mano derecha a la altura del pecho para entonar con todas sus fuerzas, está seguro que por última vez, el himno de la Unión Soviética.

NOTAS:

. El taller me ayudó a precisar datos históricos de mi historia como que la referencia a Trotsky, sobraba y estaba de más.

. En un par de ocasiones usé indistintamente los nombres Rusia y Unión Soviética. Me aclararon que Rusia es por supuesto la Rusia contemporánea, la que quedó tras el desmembramiento y la Unión Soviética fue la que se perdió. Yo lo sabía, pero igual usaba los apelativos sin tener en cuenta esta diferencia.

. Metí en plural el verbo de una frase cuando el sustantivo estaba en singular. Esto me ayudó mucho, ya que con frecuencia este mismo error me ocurría de cuando en cuando. La frase era: "la bandada de palomas sobrevuelan la plaza rítmicamente". Entendí que es: sobrevuela.

. Normalmente ambiento mis historias en tiempos y geografías lejanas, distintas a la mía. El análisis del taller sobre mi historia me hizo ver que puedo seguirlo haciendo pero que debo confirmar mejor (por internet o en una enciclopedia) ciertos datos que no se contradigan con la realidad.



Por: Julián Enríquez





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