jueves, 13 de agosto de 2009

Las pócimas y fórmulas de la inmortalidad

Por: Leonor Fernández Riva


Se fueron el padre, la madre, el amigo, el amante, el hermano; se fueron también el enemigo y el indiferente. Murió la vecina de los cabellos claros y el viejecito que detrás de la ventana frontal de su pieza contemplaba con aire absorto y cansado la lenta sucesión de los crepúsculos postreros. Se fue para siempre nuestra querida mascota. Murió el canario entre las zarpas de un gato pirata de la vecindad. Pero la cotidiana existencia continuó como si nada.

El dolor vive en cada cual, como una atmósfera ineludible, en su doble condición de bruma nostálgica y premonitoria fatalidad. Sabemos que tarde o temprano correremos la misma suerte de quienes nos precedieron en la partida; que cada día que pasa la distancia se acorta y se reduce en sus equívocas proporciones, acercándonos a quienes se anticiparon a partir. Y sin embargo, muy dentro de nosotros mismos nos negamos a aceptar esa realidad. Nos gusta pensar que la muerte es algo opcional; algo que no nos sucederá. Llevamos impresa en nuestra alma el ansia de inmortalidad. Todos, de una u otra manera, estamos influenciados por esa esperanza, aunque a veces no tengamos conciencia de ello.

Leonor Fernández Riva

Éstas, y muchas otras reflexiones vinieron a mí luego de leer el ensayo de una compañera de taller en el que se trasluce ese temor inherente de los seres humanos por la vejez, la enfermedad y la muerte, las tres principales causas, según Buda, del sufrimiento del hombre.

A través de los siglos la ciencia, la alquimia y la hechicería (Elixir de la vida - Wikipedia, la enciclopedia libre) se han empeñado en encontrar las fórmulas milagrosas para prolongar la juventud, recuperar la salud y retardar la muerte. Los progresos logrados últimamente por la ciencia en estos aspectos de la existencia humana son tan grandes y sorprendentes que a veces me pregunto si la afirmación de Buda seguirá vigente indefinidamente. Respecto a la muerte la ciencia no solo ha logrado retardar su llegada sino que ya hasta se está planteando si existe un límite biológico para la vida o si la mejora de las condiciones de vida llegará algún día a derrotar el envejecimiento y postergar por muchos años la tan temida hora postrera.

Michael Rose, profesor de Biología Evolutiva de la Universidad de California e investigador de los genes responsables de la longevidad, acaba de publicar con otros colegas un artículo polémico (El incierto límite de la longevidad científica) en el que plantea que hemos llegado a un nuevo estadio de la evolución de la especie. La polémica surge porque, en teoría, la supervivencia máxima de una especie es algo predeterminado biológicamente y en ella nada influyen por tanto las mejoras de las condiciones materiales de vida que pretenden retrasar la mortalidad. Lo que sabemos al respecto es que la máxima longevidad de cada especie viva está determinada por su patrimonio genético: una mosca vive tres días; un ratón, tres años; una ballena azul, ochenta años; una secuoya, cuatro mil años; una tortuga marina doscientos años; y una persona –si nos atenemos al testimonio de Jenne Calment (Jeanne Calment - Wikipedia, la enciclopedia libre) la francesa que ostenta el récord de mayor longevidad humana demostrada-, 122 años. No obstante, Rose y sus colegas postulan precisamente lo contrario: que las condiciones actuales del mundo en que vivimos pueden estar modificando los determinantes genéticos y propiciando una duración de la vida más allá de los límites establecidos hasta ahora por la naturaleza.

Ilusionados con tan prometedora premisa, todos, de una u otra manera, hemos ido paulatinamente ingresando en esa ilusoria carrera hacia la inmortalidad. Día por día, los incautos aprendices de inmortales continuamos añadiendo nuevas y sorprendentes pócimas alquimistas a la dieta cotidiana e introduciendo un sinfín de normas y preceptos a nuestra, hasta hace tan poco, disipada y desprevenida existencia.

Como tengo una hija que distribuye medicamentos naturales, estoy bastante bien informada de la variedad de vitaminas y remedios de toda clase que en forma de pastillas, inyecciones, malteadas, jaleas, elíxires, polvos, esencias y demás presentaciones se ofrecen al público para calmar, prevenir y curar todo el espectro de las dolencias y problemas de salud imaginable, y para adelgazar y conservar la juventud y belleza indefinidamente. Que estitos alimentos aumentan el colesterol bueno; que estotros, el malo; que ocho vasos de agua; que si la fibra; que colas no; que azúcar tampoco; que el café hace daño; que la sal poquita y de lejitos; que jugo de piña con avena para la digestión; cloruro de potasio para las articulaciones; omega 3 para arterias nítidas; glucosamine para mantener eternamente jóvenes nuestros cartílagos; vitamina E para detener las arrugas y preservar la cada vez más escurridiza líbido; gotas de esencia floral para vencer la depresión… Y al fin algo agradable: una copa de vino tinto diariamente para potenciar todo lo anterior. La lista es larga y crece día a día.

Debemos levantarnos de madrugada para caminar de prisa por caminos desolados; forzar nuestra reacia garganta con afrecho y espantarnos ante la vista de un huevo frito; bañarnos en agua bien fría; desayunar frugalmente; relegar definitivamente de nuestra dieta los suculentos platillos criollos y los deliciosos potajes de la abuela (ya el cuerpo no está para esas licencias); aficionarnos a los sustanciosos jugos de apio, perejil y berenjena y comer diariamente en ayunas un ajo crudo, aunque de vez en cuando nos preguntemos extrañados por qué ya no desean conversar con nosotros nuestros antes inseparables amigos. Todo con la esperanza piadosa de que la muerte echará una mirada a nuestras arterias limpias y a nuestros firmes músculos abdominales y buscará una víctima más fácil.

El país del Sol Naciente ostenta el primer puesto en las tablas de longevidad del planeta y por este motivo se ha puesto de moda imitar el régimen alimenticio de los japoneses, pero su expectativa de vida -si bien alta- no difiere mucho de la de otros países industrializados: setenta y nueve años para los hombres, ochenta y seis para las mujeres. Al final del sendero todos acabamos diciéndole adiós a esta vida. Por diferentes causas, es cierto, pero más o menos a la misma edad.

Uno de los más famosos estudios de dieta y enfermedades del corazón fue el realizado hace unos años durante una década con unos doce mil varones norteamericanos. La mitad de ellos siguió un estricto control en su dieta y en sus hábitos. Conocieron los riesgos de fumar y tener presión arterial elevada y las ventajas de comer saludablemente; bajaron su ingestión de colesterol en un cuarenta y dos por ciento y su consumo de calorías en un veintiuno por ciento. La otra mitad sirvió como "control". No se les sugirió nada. Después de casi diez años el resultado fue el siguiente: entre aquella mitad de hombres que habían cambiado concienzudamente su modo de vivir hubo un número de muertes ligeramente mayor que entre el grupo de control.

Robin Motz, de Columbia University, señala en algunas investigaciones una relación entre niveles bajos de colesterol con el cáncer del colon. " Es poco usual, dice, encontrar una enfermedad cardiológica seria y un cáncer del colon en el mismo paciente". En una publicación de hace unos años se afirmaba que un colesterol muy bajo podía llegar a causar cáncer del colon (Peligros de bajar el colesterol demasiado - Bajo nivel de colesterol aumenta riesgo de cáncer - Aldea Global ).

Los médicos coinciden, desde luego, en que gente gorda que tiene presión arterial elevada y una historia familiar de casos de dolencias del corazón debe bajar su ingestión de colesterol, pero no todos los facultativos recomiendan esta fórmula para gente sana. Esto no indica, por supuesto, que se puede descartar toda precaución y hartarse de colesterol. Tal vez una dieta sana no nos hará vivir más tiempo, pero de seguro nos hará vivir mejor.

En cierta ocasión la gran escritora Dorothy Parker (Dorothy Parker - Wikipedia, la enciclopedia libre) repuso a alguien que aducía que sus cuentos cortos eran demasiado tristes: "Hay miles de millones de personas en nuestro mundo y la historia de ninguna tendrá un happy ending". Somos todos víctimas de un chiste real. Cuando llegas a los setenta o a los ochenta, algo se apodera de ti. Es inevitable. Algo te espera y te hará morir. El reloj simplemente se para. Los científicos, no obstante, continúan intentando doblegar a la temida mensajera y postergar sustancialmente su visita.

Aunque muchas de las veces los experimentos humanos resultan atemorizantes e impredecibles es probable que algunos de nosotros seamos testigos de insólitos descubrimientos genéticos. En los últimos dos siglos y medio la esperanza de vida al nacer ha pasado en los países desarrollados de menos de treinta a ochenta años. Después de todo, quizá no resulte tan utópico imaginar que en un futuro impredecible nuestros nietos, o nuestros biznietos podrían no morir jamás.

Deduzco, sin embargo, que para la mayoría de nosotros las fórmulas mágicas para lograr la longevidad extrema y vencer a la Parca no llegarán a tiempo, y por lo tanto pienso que todos aquellos que deseen alcanzar (o superar) los actuales índices de longevidad deben procurar seguir fielmente la larga lista de recomendaciones e ingerir con acuciosidad las pócimas milagrosas ya enunciadas. Y las que sigan apareciendo.

En lo personal y como he descubierto que prácticamente todos mis gustos, pero especialmente los gastronómicos están catalogados como peligrosos para la buena salud y como no me atrae para nada la posibilidad de llegar a los ciento veinte años o peor aún, competir con la inmortalidad de la medusa Turritopsis nutricula La medusa inmortalELESPECTADOR.COM, me contento con poner en práctica la receta del controvertido ministro francés Fouchet a quien cuando le preguntaron cuál creía era el secreto para alargar la vida, respondió rotundo: "No acortarla".

Por: Leonor Fernández Riva




¡CANTE, SEÑOR GRIBENCHENCKO, CANTE!



Por: Julián Enríquez



Los operarios y las máquinas se apiñan en la plaza en torno a la gigantesca estatua. El que da las órdenes se ha subido al pedestal y levanta los brazos, señala, hace saber: ustedes hacen esto, ustedes aquello; en general enfatiza cómo ha de realizarse la remoción de la efigie de Vladimir Ilich Ulianov. A los pies del gigante, el pequeño hombre se ve entusiasta como si disfrutara estar al frente de la operación.

--Si sólo cobrara vida –piensa el señor Alexander Gribenchencko desde una de las bancas de la plaza –si Lenin cobrara vida… levantaría su inmensa extremidad y los aplastaría a todos, empezando por aquel insignificante jefe de demolición.

El señor Gribenchencko es un hombre delgado y muy alto. En los buenos años de la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas representó a la potencia como deportista de alto rendimiento, colgándose no una sino varias medallas olímpicas en las modalidades de salto alto y largo; medallas que ahora permanecen refundidas en algún lugar de la casa donde vive con su mujer, los dos hijos ya mayores junto a sus esposas y los nietos que no le prestan mucha atención. Ya es un viejo el señor Gribenchencko, lo que significa un camarada venido a menos y arruinado, una sombra bastante deslucida del ayer.

Sentado en la banca recuerda sus logros olímpicos, la emoción tan grande que sintió cuando gracias a su esforzada participación, el orbe entero escuchó el himno de su país y él, en lo más alto del podio, se llevó la mano al pecho y cantó al tiempo que recordaba cómo en el pasado sus manos se desollaban de tanto recoger trigo y cebada en compañía de su padre. Era entonces un alargado adolescente al que el Régimen le supo sacar provecho y tras jornadas de duro entrenamiento –al mejor estilo soviético--, convertirlo en uno de sus atletas más destacados.

La estatua de más de 40 pies muestra a un Lenin orador con su brazo derecho en alto y el ceño fruncido, enfático. Ha sido encadenada a la altura del cuello y la muñeca por parte de los operarios. Por un momento, el señor Gribenchencko quiso levantarse y salir corriendo, esquivar a los trabajadores, saltar al pedestal y escalar la estatua para liberarla de sus yugos. Una carrera que resarciera tanta injusticia. Pero no lo hizo. A sus 86 años sólo le quedan fuerzas para caminar desde su casa a la plaza y sentarse con una bolsa de maíz a alimentar a las palomas. Prefiere eso al lío de berridos, gritos y desorden que vive a diario. Su mujer, Malencka, no lo deja en paz quejándose de la irresponsabilidad de sus hijos, a los que les importa muy poco lo que pueda decirles su madre y menos aún sus esposas, quienes a veces se sienten impotentes frente a sus pequeños y no saben cómo calmarles el desasosiego.

Un ruidoso infierno, eso es el hogar del señor Gribenchencko y lo único que lo calma un poco, es el dinero que la gloria deportiva de la casa recibe de parte del Estado, no la gran cosa, una pequeña contribución vitalicia por los triunfos alcanzados en sus veintitantos años de carrera deportiva.

--El monumento irá derecho al horno –piensa el anciano –el material derretido les alcanzará para fabricar modernos artefactos, implementos sanitarios y hasta para ampliar las redes telefónicas. –Suspirando, levanta la vista a las ortodoxas cúpulas del Kremlin –la historia de la Unión Soviética no significará nada para las nuevas generaciones.

Recuerda cómo a sus hijos quiso inculcarles el amor por el país, que no olvidaran a sus héroes, a los magníficos Lenin y Stalin, ni el papel definitivo que la Unión Soviética había jugado en la Segunda Guerra, la aparición del recio Nikita Kruschev con el que se identificaba tanto. Nunca les habló de la historia más reciente, de la Guerra Fría ni la era Gorvachov pues consideraba que justo ahí, en esa transición apocalíptica, sobrevino la debacle del imperio. Evitaba pensar en el desmembramiento posterior de la unión, por eso dejó de leer los periódicos pero todo el tiempo la nueva Rusia le salta a la cara con sus autos último modelo de propiedad de las mafias oportunistas.

--Y pensar que sólo hasta ayer, estos ex KGB simbolizaban el vigor y el orgullo de la nación –se cuestiona el señor Gribenchencko.

También Cocacola y MacDonalds con sus tiendas colosales atestadas de jóvenes que se mueren por vivir al estilo occidental, lo llenan de coraje. Y la transformación ha llegado hasta su propia casa, con unos hijos indolentes y sin honor, vagos a los que lo único que les interesa en la vida es recoger las migajas que las mafias dejan caer y venderse al mejor postor.

La bandada de palomas sobrevuela la plaza rítmicamente, los intrusos se han tomado una parte de ella y las aves están inquietas. El señor Gribenchencko lo nota, en el tiempo que lleva allí sentado es para que la bolsa de maíz esté a la mitad, pero no, apenas la tiene comenzada. Ve a sus aves dar vueltas en torno a la estatua encadenada como si presintieran lo que va a suceder y desearan acompañarla; quiso que de sus patas les brotaran garras y sus picos se alargaran como dagas, que todo su instinto se concentrara en venirse en caída libre directo a los operarios, especialmente contra aquel que da las órdenes y apremia por la caída del caudillo.

--Ahora nos quedaremos solos, mis mujercitas –piensa.

Así les dice a las palomas cuando las está alimentando. Se acostumbró a llamarlas de ese modo por los celos de Malencka que cuando lo ve marcharse a la plaza, le grita con sorna:

--¡Ahí vas a verte otra vez con tus mujeres! ¡Me tienes harta, Gribenchencko!

De pronto, siente una corriente de frío que lo lleva a arrebujarse en el abrigo. Lenin está agonizando. Las cadenas en su cuello y su muñeca empiezan a ejercer presión, las máquinas remolcadoras tiran desde abajo y las cadenas, poco a poco, se van tensionando. El señor Gribenchencko intentó llevarse las manos a los oídos para no escuchar los chirridos del metal retorciéndose, tampoco quiso mirar a la estatua empezar a inclinarse. Pero siguió mirando y escuchando cómo a menos de cincuenta metros de donde estaba, Lenin caía. Una lágrima asomó, deslizándose lenta por los hondos surcos de su cara.

En un segundo, recordó lo orgulloso que se sentía treinta y cinco o cuarenta años atrás, cuando paseaba con su joven esposa por el centro de Moscú. Les gustaba visitar museos, plazas y calles que dieran testimonio del ayer; de un momento a otro todo comenzó a cambiar, a ser clausurado y levantado. Se llevaron los cuadros, los bustos, las estatuas y los nombres. Los nuevos políticos arrasaron con sus símbolos y la ciudad se convirtió en un desierto, al menos para el señor Alexander Grivenchencko que se refugia en este último oasis que dio albergue hasta hoy al gran Vladimir Ilich.

Lenin mordió el polvo con la estrepitosa caída. Las aves espantadas rompieron filas en el aire y por un momento parecieron extraviadas. El señor Gribenchencko solo, a un lado de la plaza, quiso oponerse. Ahora las máquinas arrastran a la gigantesca estatua. Pero lo único que hace es ponerse de pie, retirarse la boina de la cabeza y sostenerla con la mano derecha a la altura del pecho para entonar con todas sus fuerzas, está seguro que por última vez, el himno de la Unión Soviética.

NOTAS:

. El taller me ayudó a precisar datos históricos de mi historia como que la referencia a Trotsky, sobraba y estaba de más.

. En un par de ocasiones usé indistintamente los nombres Rusia y Unión Soviética. Me aclararon que Rusia es por supuesto la Rusia contemporánea, la que quedó tras el desmembramiento y la Unión Soviética fue la que se perdió. Yo lo sabía, pero igual usaba los apelativos sin tener en cuenta esta diferencia.

. Metí en plural el verbo de una frase cuando el sustantivo estaba en singular. Esto me ayudó mucho, ya que con frecuencia este mismo error me ocurría de cuando en cuando. La frase era: "la bandada de palomas sobrevuelan la plaza rítmicamente". Entendí que es: sobrevuela.

. Normalmente ambiento mis historias en tiempos y geografías lejanas, distintas a la mía. El análisis del taller sobre mi historia me hizo ver que puedo seguirlo haciendo pero que debo confirmar mejor (por internet o en una enciclopedia) ciertos datos que no se contradigan con la realidad.



Por: Julián Enríquez