jueves, 30 de julio de 2009

SOBRE LA SILICONA Y LOS AMADOS PECHOS

Por: Winston Espejo

Creo que los inventores de la silicona jamás imaginaron que ésta terminaría en las posaderas y pechos de muchas. Mucho menos su precursor Jöns Jacob Berzelius, gustador de, me atrevo a apostarlo, los senos chicos. Él, en 1823, en la pujante ciudad de Estocolmo, aisló el Silicio, elemento fundamental de la silicona.

Desde ahí, en diferentes presentaciones y formas, la silicona ha tenido múltiples usos: aceites, aislantes, acondicionadores de cabello, adhesivos, juguetería, la industria farmacéutica, y prótesis (desde una articulación hasta una válvula cardiaca).

Pero a mí, siendo sincero y ocioso, lo que me preocupa y a lo que he de referirme en este inútil y un poco concupiscente escrito, es su desmedido y creciente uso en los pechos femeninos. Atrás quedan los senos lánguidos, velludos, oblongos, separados, hospitalarios, siameses e insurrectos. Atrás queda la dulce expectativa, la cruel sorpresa, el amargo despertar, cuando la cabeza del Don Juan apoyada en el regazo de su amante descubría lo que no advirtió en la noche, los atardeceres solitarios dedicados al onanista arte de la evocación, las pláticas jactanciosas (cada interlocutor presume del magnifico espécimen que disfrutó en su conquista). Atrás, hace unos veinte o treinta años, cuando el lujo de tal intervención quirúrgica era una historia exclusiva de divas, amantes de mafiosos, o una que otra necesitada de veras (me refiero a aquellas traicionadas por una enfermedad o un accidente).

Hoy las féminas en pleno estadio de formación, piden a gritos, y hasta suplican, de rodillas, por una cirugía de tal calibre. Desde luego los padres, para evitarse un sentimiento de culpa más, terminan asintiendo y hasta asesorando a la demandante, justa merecedora de la recompensa, pues ganó las pruebas del estado, le ayudó con el almuerzo a su mamá durante el último mes, o, simplemente, cumplió los tan anhelados y explosivos quince. Y si los padres no la apoyan, pues para eso está el novio o un amigo bonachón de esos que jamás piden nada a cambio. No importa el estrato, nuestra chica hará todo lo que esté a su alcance, se batirá como un Sísifo con su miserable destino, cruzará mares y calles atestadas de tráfico, rugirá como un cachorro, y hasta fenecerá en el intento. No importa que a cambio de la cirugía, su alimentación y las necesidades básicas de los suyos, por unos cuantos meses, se sacrifiquen.

Ya mencionaba este fenómeno, de forma cruda y directa, el escritor Gustavo Bolívar en su novela Sin Tetas No Hay Paraíso. Así que arduo descubridor del agua tibia, con ganas de terminar ya este controvertido y embrollado tema, o sea preguntándome por qué me metí en esta encerrona, me remonto, como tabla de salvación, a aquella famosa frase bíblica: ¡Ah vanidad de vanidades!.

Y mi vanidad, explayada pero cansina de ver los mismos pechos en todo el universo femenino, cruel uniforme que nos hace desviar la mirada a otras partes del cuerpo, concentrarnos, por ejemplo, en una uña del pie con un paisaje de Monet, o en una verruga que prospera junto al coxis, se queda sin tener de que presumir, apenas escuchando un amigo que siempre tiene la última palabra y afirma que en el último mes conoció y palpó unos senos tubulares, cúbicos, monoclínicos, triclínicos, hexagonales, y hasta unos en forma de ubre suiza. ¡Ah! le contesto para mis adentros: Extraño las mujeres con pecho como tabla, sensuales a más no poder, extraño los senos de melón de mi ex esposa, que tan bien caían cuando mi libido se alborotaba y la veía acodado desde la ventana de mi imaginación, aún encontrándome solo en una ciudad vecina, distinguiendo como los puntiagudos o turgentes pechos de la anfitriona de turno, a través de una blusa delgada y sin sostén, me apuntaban. Extraño lo natural, fatuo amigo, a tal punto, que cuando hablo con estas mujeres siliconadas ya no me puedo fiar. Apenas les finjo y les sonrío, y les hablo, con mucho tino y ademanes de convencimiento, que la silicona es la culpable de que la capa de ozono se adelgace y de tanto cambio climático que hoy origina nieve en el infierno y magma en el paraíso. Ellas también fingen no darse por aludidas. Las más versadas contestan que son minoría, casi nada si se comparan con los miles de kilogramos de plástico que contaminan el planeta.

Entonces viene a mi memoria la famosa canción de Rubén Blades sobre la ciudad de plástico, con sus edificios y chica y chico del mismo material. Me pregunto qué tan profeta era el cantante ¿Después de las posaderas y el pecho que vendrá? ¿O seré el equivocado, el que va en contravía y censura a quienes van en el sentido correcto?

Bueno, me digo ¡basta! no es éste un escrito tan serio. ¿O a quien le puede parecer serio un par de…ideas sobre la silicona en los pechos? Al fin y al cabo los cirujanos se enriquecen a costa de tan versátil material, se genera empleo y se salvan matrimonios afectados por el síndrome de los pechos caídos Además, en estos tiempos, donde las autoestimas también parecen afectarse por la gravedad, la silicona parece elevarlas. Tal vez en un futuro produzca la elevación y el crecimiento de un sinnúmero de virtudes y condiciones del alma. De hecho, muchos de nuestros sicólogos ya la aconsejan.

Pero por lo pronto, y para no sufrir, como hacemos ya con tantas cosas que nos causan estrés, les aconsejo, hombres damnificados, amantes como yo de lo natural, vayámonos acostumbrando a la idea. Mi abuela planea esta cirugía para el próximo año y confía en que la medicina, poco a poco, le devuelva lo que los alquimistas buscaron hace tantos siglos. Por fortuna, mi abuelo ha perdido algunos de sus sentidos y un desbastador Alzheimer lo consume. A tal punto, que el otro día confundió a mi abuela, en su lecho, con una ex amante, popular por su prominente busto. Desde ahí no ha hecho otra cosa que mencionarla, y semejante confusión lo único que ha causado es acelerar los planes de mi abuela. La demora estriba en ciertos exámenes de rigor que ella insiste en omitir. Con franqueza, creo que las cosas para ellos van a empeorar.

¡Ser o no ser, silicona o no silicona! Una de mis sobrinas, dieciocho años, cayó en un ataque de nervios por tan brutal dilema. Le di mi punto de vista, le dije que si las mujeres se dedicaban a cultivar ciertas virtudes, llamarían con más acierto la atención de muchos hombres. Además, tú eres una niña, rematé, y la seguridad se gana con el tiempo y se vuelve a perder con él. Fue muy receptiva, aunque al final dijera que la había confundido más. En cambio casi todas sus compañeras de universidad, sin la inútil ayuda de sus tíos, y sin que la llamaran niñas, ya habían resuelto el dilema. Un grupo de ellas se ganó un descuento considerable al hacerse operar por un caritativo cirujano que les concedió a todas la misma talla.

¿Quiere decir esto que desde ahora nos veremos abocados a ver las mujeres muy parecidas entre si? Creo que la respuesta es afirmativa. Por fortuna, eso de desnudar con frecuencia una mujer, salvo que uno sea un Don Juan, un millonario, o un fotógrafo gay, es más imaginativo que real, pero ¡cómo me disgusta la falta de variedad! no poder dedicar los versos de Neruda: "Se parecen tus senos a los caracoles blancos". Tal vez, se parecen tus siliconas al catéter de…

Ellos, los cirujanos, a quienes este palabras les debe importar un bledo - nadie, menos yo, va a detener la avalancha - defienden este punto diciendo que hay dos o tres formas de prótesis para ofrecerle a cada mujer. Yo les respondería que esto de los senos es comparable al misterio de las huellas digitales: absolutamente todas diferentes.

Aunque algunas, como Sabrina Sabrok, la mujer con los pechos de silicona más grandes del mundo, talla 42, 4.5 Kilogramos por teta - casi la sexta parte del peso de su cuerpo – piense que la diferencia debe hacerse con el tamaño. Para llegar allí, dice orgullosa, ha requerido de más de una docena de operaciones y se ha hecho experta y tenaz en ejercicios de abdominales y espalda. Muchos, incluyendo hombres, la siguen sin detenerse a ver el lado oscuro en lo que a materia de salud se refiere, las miles de demanda que existen y los riesgos inminentes.

A punto de culminar por fin estas palabras, llega mi hija de casi dos años con un globo sin inflar. Como no le presto atención, termina llorando para que yo se lo infle. De modo que para evitarme un sentimiento de culpa más, al instante comienzo a inflarlo, y al final, cuando mis labios se resbalan por las latitudes lisas y convexas del globo henchido, imagino que amo un seno siliconado ¡Al segundo lo pincho! Mi hija llora. Y por más que le explico y le leo estas palabras, no cesa de llorar.

Winston Espejo





1 comentario:

Sex Shop dijo...

Muy buenoooooo!!!!!!!!