jueves, 11 de junio de 2009

Recordatorios

Por: Rodrigo Escobar Holguín

Nombrar es un primer paso para recordar. Se nombra asignando una palabra a algo que se quiere distinguir del resto de percepciones en el espacio y en el tiempo, y mantenerlo presente en la mente. El nombre es un instrumento de la memoria.

Del breve monumento verbal que es el nombre se puede pasar a un monumento físico. Se liga un nombre con un lugar, y se lo propone para que otros lo adopten. Cuando el lugar escogido tiene de por sí una entidad que lo distingue, basta con eso. Hay en cierto valle de Escocia un cerro imponente que se llama Buachaille Etive Mor – el Gran Pastor del Etive. Es al tiempo celebración de lugar y de oficio.

En todas las lenguas hay palabras para nombrar sitios que ayudan a recordar. Suelen relacionarse con el pensamiento y la memoria. Mnemeio en griego, denkmal en alemán, pomnik en polaco, pamiatnik en ruso. Entre los romanos recordar se decía monere. El sufijo –mentum se aplicaba a objetos útiles para ejercer un acto, en este caso, el de recordar. Monumentum era entonces un objeto para ayudar al recuerdo: el vínculo era indudable. Para nosotros ese vínculo ya se ha perdido, y la palabra que hoy usamos suena monumental, como un gran sepulcro vacío, incapaz de suscitar una remembranza que conmueva.

Qué es lo que merece recordarse? Personas, lugares, actos y eventos, incluso abstracciones significativas para una sociedad. Cuando se trata de una persona, pueden surgir ambivalencias. ¿Qué es lo que se celebra de alguien que pudo haber hecho algo digno de conmemoración en un momento o una época de su vida, pero en otro hizo algo que no merece ser celebrado? Si se erige un monumento a Sebastián de Belalcázar en Cali, se trata de celebrar el acto de fundación de la ciudad, y quien lo ordenó.

Ese mismo hombre había sido uno de los españoles que masacraron a cerca de siete mil indígenas en la plaza de Cajamarca, Perú. ¿Es imaginable un monumento a Belalcázar en Cajamarca? Para quien conozca esa historia completa, ¿es posible contemplar el monumento caleño sin sentir el aleteo de la injusticia?

Cuando se trata de una acción colectiva, ¿es justo considerar sólo a los líderes? Como preguntaba el obrero de Brecht:

Una victoria en cada página.

¿Quién cocinaba los banquetes de la victoria?

Un gran hombre cada diez años.

¿Quién pagaba sus gastos?

Entonces, ¿es un buen o mal cambio pasar de celebrar un acto colectivo a celebrar una persona, como pasó con la plaza caleña de la Constitución, renombrada para recordar a un prócer?

Calles y plazas se pueblan de recuerdos superpuestos. Los acontecimientos pueden abundar más que los lugares. Entonces, un monumento debiera poder celebrar más de un suceso, más de una persona. La plaza de Caicedo en Cali podría ser también, como antes, la plaza de la Constitución, e incluso, la de las Ciudades Confederadas.

¿Quién nombra, quién recuerda, quién celebra? De la respuesta depende el alcance social del monumento. Cuando el poeta dice

y ante ese mármol he aguardado en vano

se trata de un recordatorio íntimo, que concierne sólo al enamorado y a su amada. En otra escala podría hablarse de ciertos nombres de países escogidos por una persona y acogidos colectivamente para conmemorar algo o alguien: Venezuela, Colombia. Incluso el nombre de un continente puede convertirlo en monumento: América.

Los lugares pueden ser muy diversos. Están los naturales: un monte, un río, un golfo. En el norte de África, algunos atlas muestran, al norte del Níger, el Árbol del Teneré, una acacia solitaria en medio del desierto. Aunque subsistió por mucho tiempo, ya hoy es apenas poco más que un nombre: en su lugar han levantado un triste árbol de hierro. En las llanuras del Orinoco, los terrenos delimitados por un río y dos afluentes consecutivos del mismo lado se llaman rincones. Cierta noche, Bolívar fue objeto de un atentado en el Rincón de los Toros. La memoria de ese acto ha convertido el lugar en monumento, y más duradero que el bronce, como dice el poeta.

Pero los lugares más cercanos y frecuentes son creados por arte. Un territorio político, una ciudad, calles, plazas, edificios puede recibir un nombre conmemorativo.

No siempre basta con asignar un nombre a un lugar. Sobretodo en los lugares creados, puede darse una materialización del nombre y a veces una representación física. Hay placas que indican las denominaciones y narran los hechos; hay esculturas que evocan lo celebrado. Los recordatorios colectivos pueden llegar a tomar forma visible en el espacio público, se vuelven a veces mármol y bronce.

Los nombres de lugares son de naturaleza tan diversa que han dado lugar a una especie de ciencia, la toponimia. Con ella uno aprende que hay nombres descriptivos como Río Negro, El Palmar; inspirados en los parecidos de un hecho natural con alguna otra cosa, como el Cerro de la Horqueta o el Pico de Loro; nombres generados por las emociones, como Pueblo Bonito, Montebello, Bahía Triste; nombres de otros lugares recordados o soñados por viajeros y migrantes, como los colombianos de Segovia, Jericó, Cartagena; nombres incluso originados en antiguas lenguas y cuyo significado se perdió, o hace parte de un saber arqueológico que hay que rescatar de oscuros libros o de labios de remotos ancianos, como Cauca, Mapiripán, Andes.

Ni el acto de nombrar ni el de materializar lo nombrado aseguran que el recuerdo se fije. Se puede establecer un calendario de celebraciones, de ritos que ayuden a reforzar el sentido de los lugares consagrados. Cuando esto no se hace, es posible que se vaya perdiendo la memoria de lo que se ha querido recordar. Incluso ni aún las ceremonias aseguran a veces el recuerdo, como lo recuerda Kavafis con respecto a los Posidoniatas:

Y al término de la fiesta tenían por costumbre

narrar sus antiguas tradiciones

y repetir palabras griegas

que apenas ya pocos comprendían.

Las invasiones, las guerras, las injusticias y las revoluciones borran fácilmente los objetos donde se anclan los recuerdos, no importa qué tan importantes sean. El primer paso es ignorar los nombres del vencido y establecer otros nuevos. Una pacífica aldea polaca de nombre Oswięcim pasa a llamarse Auschwitz, y con esa nueva denominación se volverá un recordatorio de genocidio.

A veces, aunque los nombres locales logren permanencia, ya nadie sabe qué quieren decir: han desaparecido la cultura y el pueblo que les daba sentido. En un país que nunca haya sufrido invasiones, todos los nombres tendrán sentido, y lo conservarán desde los tiempos en que fueron puestos.

El invasor puede poner nombres de desprecio a lugares venerados por los vencidos. Una gran piedra ceremonial con canales, estanques, figuras de ranas, serpientes y lagartos tallados por los aborígenes en un lugar de la actual Colombia fue degradada a comienzos del siglo XX con la denominación de Lavapatas, que los nacionales – para vergüenza nuestra - seguimos usando todavía.

A veces no basta eso, y se acude a la destrucción física. En 1910, un artista levantó en Cracovia un monumento a la victoria polaca - quinientos años antes - sobre los caballeros teutónicos. En 1939, los nazis lo destruyeron, pero fue vuelto a levantar después de su derrota.

Como éste, hay recuerdos inmóviles que tienen la necesaria fuerza y el arraigo espiritual para poder lograr su reconstrucción tiempo después de haber sido demolidos. El teatro El Globo en Londres, ligado a la memoria de Shakespeare; el Pabellón Alemán de la exposición Universal de Barcelona en 1929, obra arquitectónica pionera del siglo XX por Mies van der Rohe; la Ciudad Vieja de Varsovia; el templo de Cristo Salvador en Moscú son algunos de ellos.

Estos lugares con capacidad de resurgir de sus cenizas, incluso mucho después de haber sido destruidos, pueden dar una indicación sobre su naturaleza. Son lugares sagrados. Allí una vez se manifestó algo que concierne a muchos, a través de las generaciones, y que por ello pasan a ser imprescindibles: si por alguna causa fueran destruidos, hay que volverlos a crear.

¿Cómo entonces tener recordatorios urbanos que permanezcan?

Hoy las invasiones ya no son tan de temer.Pero la erosión del recuerdo puede ocurrir por causas internas. Cuando las sociedades no ponen al alcance de su pueblo la riqueza y el conocimiento que producen, la ignorancia y la miseria llegan a dificultar que se conserven estos instrumentos de la memoria. Muchos no saben qué significan esos bronces. Para algunos de ellos constituyen apenas un montón de materia prima con valor económico, y pueden venderlos para obtener dinero o ser usados de otras maneras. Lo que Roma vivió con las invasiones godas lo puede revivir en su seno una sociedad incapaz de compartir sentido y oportunidad entre sus ciudadanos.

Se requiere, pues, alguna equidad, tanto en el conocimiento como en los recursos materiales. Si no, los desvalidos convertirán los monumentos en medios de supervivencia. Y también se necesita conciencia histórica compartida. Y a su vez eso se relaciona con lo que se aprenda sobre historia, es decir, de la cobertura de la educación y de la calidad de la enseñanza. No es posible pretender una urbe monumental en una sociedad injusta.

Por: Rodrigo Escobar-Holguín

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