sábado, 18 de julio de 2009

La manifestación de lo sublime



Por: Andrea Serna

Son las tres de la tarde. Por la ventana de mi estudio puedo contemplar un cielo opacado por una negra nube que lo sobrepasa y lo quiere devorar. Anuncia también la lluvia. Mi casa está rodeada de árboles frutales, hierba y vegetación en general. Por un efecto de altura, los árboles ensombrecen más la armonía de mi ventana cuando la cubre un día de sol. En medio de la situación leo el poema el Cuervo, de Edgar Allan Poe, y leo también El Nocturno de José Asunción Silva. Para ubicarme más cerca del alma de lo sublime, leo apartes de la filosofía de la composición del norteamericano más influyente en la literatura latinoamericana. Y entonces tengo una revelación: la melancolía que siento por el día, su tono gris y la lluvia que se aproxima, me ponen más cerca de una experiencia de lo bello.

Así quisiera comenzar comentando las impresiones poéticas en Poe y Silva. En Silva es un reflejo, un buen conocimiento de lo que Poe quiso trasmitir al explicar su método de composición de El Cuervo. Por mi parte, la pregunta que surge, adelantándome como conclusión, es si hoy quizá estas mismas variables sirvan para continuar no sólo un legado literario, sino aproximarse siempre cada vez más a la experiencia poética.

Como decía anteriormente, son las tres de la tarde, pero la oscuridad acrecienta el valor melancólico de mi ventana. Para los poetas románticos, la oscuridad, aquello que dimensionara lo desconocido, lugar propicio para las imágenes fantasmagóricas, se convertía un valor poético necesario para trasmitir la atmosfera de lo terrible. Tal vez esto tiene que ver con los primeros temores de la infancia cuando los padres apagaban la luz y de niño, el cuarto en la oscuridad parecía hablar. Reflejaba una realidad difícil de comprender, difícil de escuchar por los entrepaños de la realidad iluminada por la razón. La oscuridad era un motivo de duda, de cuestionamientos, de acercamientos a uno mismo con razón o sin ella. José Asunción Silva sabía que para lograr su poema debía hacer coincidir su sensibilidad con una experiencia universal que nos llevara a todos a sentir un dolor profundo, un dolor placentero y sublime. Su primera elección, la noche.

Una noche,
una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de música de alas.
una noche
en que ardían en la sombra nupcial y húmeda las luciérnagas fantásticas,
a mi lado, lentamente, contra mí ceñida, toda,
muda y pálida
como si un presentimiento de amarguras infinitas,
hasta el fondo más secreto de tus fibras te agitara,
por la senda que atraviesa la llanura florecida
caminabas,
y la luna llena
por los cielos azulosos, infinitos y profundos esparcía su luz blanca,
y tu sombra
fina y lánguida,
y mi sombra

Poe el maestro nos lleva así, a la manera del descubridor, del ser original que sabe que tiene entre sus manos una pieza de la maestría y también, del delirio de la razón.

Una vez, al filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.

En uno y otro poeta ya tenemos la atmosfera para atraer al lector y fijarlo sin posibilidad de respiro en una experiencia precisa, llena de suspenso, de misterio, pero que de seguro nos llevará por lugares que pocas veces nos hemos atrevido a mirar.

Y este ambiente prefigura el segundo elemento clave adoptado en la poesía de Silva para llevarnos por los caminos de lo sublime: el misterio, lo extraño, lo espeluznante. Poe sabía perfectamente y así lo configura en su filosofía de la composición, que no bastaba un poema musical para manifestar las profundidades del alma. Llegar a ella, ya implica acercarse a elementos extraños, de difícil acceso por cualquier mortal.

Cuando los hombres hablan de belleza no entienden precisamente una cualidad, como se supone, sino una impresión: en suma, tienen presente la violenta y pura elevación del alma

¿Cómo es el trayecto para llegar a la pura elevación del alma? Enrarecido por las impresiones de las pasiones humanas, por los delirios que ellas nos producen, por las lucidez que alcanzamos aunque puedan rallar en la locura. Esto no puede propiciar más que el suspenso necesario para que el lector sienta poco a poco cómo en la noche oscura, los elementos del verso uno a uno comienzan a descifrar algo verdaderamente aterrador: la muerte.

y mi sombra
por los rayos de la luna proyectada
sobre las arenas tristes
de la senda se juntaban
y eran una
y eran una
¡y eran una sola sombra larga!
¡y eran una sola sombra larga!
¡y eran una sola sombra larga!
Esta noche
solo, el alma
llena de las infinitas amarguras y agonías de tu muerte,
separado de tí misma, por la sombra, por el tiempo y la distancia,
por el infinito negro
donde nuestra voz no alcanza,
solo y mudo
por la senda caminaba,

La muerte es la pregunta a la cual el ser humano aún no tiene respuesta. Tiene guías, el libro tibetano de los muertos, el libro de los muertos de los egipcios, tiene el Tao, y la biblia, pero aún así, el temor lo envuelve por ser la manifestación más certera de la profundidad, de la oscuridad, de un misterio que nadie vivo podría revelar. Sin embargo, Poe, había vivido de cerca el ocaso de la vida, y más precisamente, de aquella vida amada.

Entonces, sin perder de vista el superlativo o la perfección en todos los puntos, me pregunté: entre todos los temas melancólicos, ¿cuál lo es más, según lo entiende universalmente la humanidad? Respuesta inevitable: ¡la muerte! Y, ¿cuándo ese asunto, el más triste de todos, resulta ser también el más poético? Según lo ya explicado con bastante amplitud, la respuesta puede colegirse fácilmente: cuando se alíe íntimamente con la belleza. Luego la muerte de una mujer hermosa es, sin disputa de ninguna clase, el tema más poético del mundo;

Silva había perdido a sus dos queridas hermanas. Conocía la melancolía. La había vivido. Los versos de Poe le sirvieron de conciencia, de claridad, de una verdad inalterable. El dolor no hubo que extraerlo de la razón, residía en su alma, y cómo tal, solo era menester explorarla, y llevarla con musicalidad a la conciencia universal que existe en todo ser humano sobre la muerte.

Sentí frío, era el frío que tenían en la alcoba
tus mejillas y tus sienes y tus manos adoradas,
¡entre las blancuras níveas
de las mortuorias sábanas!
Era el frío del sepulcro, era el frío de la muerte,
era el frío de la nada…
y mi sombra
por los rayos de la luna proyectada,
iba sola
iba sola
¡iba sola por la estepa solitaria!
y tu sombra esbelta y ágil,
fina y lánguida,
como en esa noche tibia de la muerta primavera,
como en esa noche llena de perfumes, de murmullos y de música de alas,
se acercó y marchó con ella,
se acercó y marchó con ella,
se acercó y marchó con ella… ¡Oh, las sombras enlazadas!
¡Oh, las sombras que se buscan y se juntan en las noches de negruras y de lágrimas!

Pero no era suficiente el tema, la atmosfera, y el dolor de la experiencia propia. Se necesitaba de un elemento que lo restituyera de la subjetividad para llevarlo a cada ser humano posible capaz de acercarse por un momento a la belleza, a través de una experiencia poética. Una larga caminata por lo oculto, lo hermoso, lo temible, pero también musical. Con una audacia propia de la maestría, Poe recurrió a la técnica para grabar en la conciencia de sus lectores los recuerdos de una inolvidable pieza de arte. La musicalidad fue su arma certera. La repetición de las palabras "nevermore" no permitiría un respiro al lector, no lo dejaban escapar al horror de aquel hombre de letras agobiado y derrotado por el alma a pesar de su altísimo intelecto. Es apenas necesario mencionarlo en Silva. Aplicó con verdadero valor de aprendiz la lección enseñada: repetición y variación.

Ambos nos revelan una realidad monstruosa, ambos se quedan impregnados en nuestra memoria.

Por: Andrea Serna


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