sábado, 18 de julio de 2009

Un ensayo cursi

UN ENSAYO CURSI

De Ximena García


Ya vieja, la ceguera de mi perra le dificultaba caminar por la casa pues se chocaba con todo. Me
percaté de su mal una mañana que la saqué a pasear y al llegar al final del andén, el animalito dió un
paso en el vacío, hiriéndose el morro en la caída. Más adelante, la perra simplemente se sentó y se
negó a caminar. De ahí en adelante sólo la sacaba al jardín interior del edificio, donde podía oler
hierba, pegarse su meadita y una que otra cagadita que yo recogía con puntal responsabilidad civil y
al final, la tomaba en los brazos y la subía de nuevo al apartamento. Aún recién bañada, la peste de
su invencible psoriasis era intolerable y sin verla, ya se sabía su ubicación. Paca entonces era
expulsada de los cuartos, de la sala, de la cocina. Nadie la quería cerca. Era yo la única que le daba
recibo en mi pieza, donde encontró un lugar dónde echarse a roncar y tirarse esos pedos densos que
tardaban minutos en disolverse en el aire. Mi closet adquirió su particular aroma epidérmico y
digestivo.
Esta mañana, luego del paseo en el que olió la hierba por última vez, llevé a Paca, mi perra de 12
años a que le dieran un fin indoloro que nos ahorrara más complicaciones y a ella, el tener que
escuchar el repetitivo "¡¡¡Fuera Paca!!!". Siguiendo un bizarro sentido del honor y lealtad que no
obstaculizó mi decisión de dormirla, sólo me separé de ella cuando la llevaron a canalizar. Ya
conectada a una bolsa de suero, la trajeron de nuevo a la sala de consulta externa, donde se le
suministró un tranquilizante y anestesia general. A los primeros efectos de los fármacos, Paca se
sentó con las patas muy separadas y su cabeza lentamente fué cediendo a su peso. Le acomodé las
patas traseras de manera que quedara tendida de lado. Parpadeaba despacio y yo, para estar a la
altura de su nariz, me puse de rodillas junto a la mesa de acero sobre la que se efectuaba el
procedimiento. La escuché jadear, lo que me hace sospechar que el proceso no es tan plácido como
hacen creer, pero muy rápidamente, el jadeo cesó. El veterinario la auscultó cerca de un minuto al
final del cuál dijo "ya está".
Eutanasia. Sólo al leer el párrafo anterior me percaté de que mientras escribía estuve usando
eufemismos para evitar mencionar esa palabra que a mi siempre me ha sonado a remedio, en un
intento de sentirme mejor y mitigar este malestar que tengo conmigo.
Me consuela saber que lo último que vió mi perra fue mi cara y no murió solita.
Para mi asombro personal, me acerco a los cuarenta. A los cinco años, en la casa solariega de mis
abuelos, tenía un juego consistente en apoyar pies y manos para ver el mundo al revés entre mis
piernas, convirtiendo los techos en corredores y ese pedacito de cielo que enmarcaban, en una
piscina de profundidad desconocida donde estilizados nadadores de formas extraordinariamente
alargadas caminaban y se zambullían hasta el infinito apenas interrumpido por nubecitas blancas y
brillantes. El asombro se debe a que ese recuerdo que tengo es nítido como de la semana pasada.
También fue hace relativamente poco que yo caí en cuenta de la cercanía de mi propia vejez, pero
no puedo definir un momento preciso. Más o menos a los 20, azotada por el acné, empecé a usar los
potingues que anuncian en la televisión y poco más tarde el bloqueador solar; pero una mañana,
descubrí en mi cara algo parecido a un mapamundi cuya geografía me señaló con despiadada
claridad que ya mi vida había recorrido un apreciable camino. Entonces entró a mi rutina el
triunvirato del antiacné, la pantalla solar y el quitamanchas facial. Hace poco noté con satisfacción
agridulce que no requiero más del antiacné, lo que anuncia el pronto arrivo del antiarrugas.

Tales preocupaciones tan insignificantes me distraen del verdadero miedo que me acosa; miedo al
tiempo, miedo a la enfermedad, miedo a la muerte, miedo a estar sola. Yo supongo que ese miedo lo
llevamos todos y hacemos cada cuál sus propios esfuerzos para pasarlo de soslayo y olvidar nuestro
paso fugaz por el mundo. En ese corto camino, unos se dedican a acumular posesiones, triunfos,
amigos, lugares, placer, cariño y otras cosas que inevitablemente son metabolizadas por los años
hasta convertirlas en recuerdos, lo que eventualmente señala que no somos tan vitales, tan ágiles,
tan creativos, tan memoriosos, tan fecundos, tan geniales ni tan lindos como solíamos ser.
Hace tiempo, dicen quienes cuentan, era universalmente concebida la vejez como una condición
digna de respeto y escucha en las decisiones colectivas. Así pensara lo mismo, el pueblo Itnuit (Los
Hombres como se autodefinen), cuando su vida en el País de las Sombras Largas era un constante
deslizarse sobre el casquete polar que hoy estamos perdiendo, aceptaba con toda naturalidad y
alivio la costumbre de sus ancianos de entregarse a Leda, la diosa del mar, cuando habían perdido
totalmente sus dientes y movilidad, únicas condiciones que les permitían colaborar con la familia en
el mantenimiento de la casa, siendo ya imposible participar en la caza de salvajina. No creo que tal
costumbre se mantenga, estando ahora el pueblo Itnuit diezmado y/o incorporado por los pueblos
del hombre del sur, como llamaron al no nativo de los que fueron sus dominos hace siglos.
Yo encuentro una rara contradicción en nuestra sociedad actual. Se habla de la vejez con el mismo
tono y bellas palabras de reconocimiento y cariño de antes y hasta se inventan nombres como
"Adulto mayor", pero aumentan los refugios como guarderías para ancianos, porque la gente cada
vez tiene menos tiempo para cuidar a sus viejos y se ve abocada a buscar dónde ponerlos para que
no estorben, y no sentir urticaria en la conciencia. Pero no todos los ancianos cuentan con la suerte
de tener a alguien que se preocupe por contratar a otro alguien que se encargue.
Y aquí llegamos al nucleo donde coexisten mi terror y mi esperanza. Mientras jugaba a ver el
mundo alrevés, estaba demasiado ocupada en aquellas excursiones celestes como para darme cuenta
de que mi abuelo iba cada vez menos a su ebanistería y pasaba más tiempo en su mecedora. Mi
abuelo se fué encogiendo hasta convertirse en parte del mueble y un día no lo vi más.
Mi miedo es simple: no tener quién se cerciore de que no salgan escaras en mi espalda por llevar
demasiado tiempo en la misma posición en la cama, como también me aterra la idea de que alguien,
cuando mi salud esté irreversiblemente postrada, no deje que natura siga su curso sinó que a punta
de procedimientos infames o medicinas de acción heróica mantengan mi mente y mi espíritu
prisioneros de un cuerpo acabado, enfermo e irrecuperable.
Mi esperanza se ilumina al saber que existen movimientos, que llegan a constituir entidades, cuya
función es asegurar que sus asociados tengan una muerte tranquila y digna; ilumina mi sueño de
que la humanidad se esté acercando a la aceptación de la muerte como un regalo del que todos
somos merecedores y de la reivindicación de nuestra condición de seres humanos libres de decidir
sobre nuestra muerte cuando la vida se convierta en un grillete del alma y el pensamiento. Mi
esperanza es poder decidir, una vez mi cuerpo deje de ser el vehículo de mi voluntad, cuándo
sambullirme en la piscina celeste y al emerger al otro lado, encontrame la naricita de mi perra.

Cali, 5 de julio de 2009

Por: Ximena García


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