sábado, 18 de julio de 2009

Breve historia del beso

BREVE HISTORIA DEL BESO

por: Julián Enríquez

Se originó en las copas de los árboles cuando los primitivos habitantes buscaban a los antepasados de manzanas, melones y naranjas. Atravesaba la tierra quizás, una época de sequía. Al no encontrar frutas que comer, hombres y mujeres primigenios intentaron saciarse con los besos: los labios carnosos y suaves, la bóveda masticadora húmeda y refrescante más aquella criatura esquiva y juguetona que es la lengua, resultaron el reemplazo perfecto para disfrutar de la honda emoción que entraña darse un beso.

Los besos trajeron aparejados las caricias y los susurros, naciendo entonces la ternura, cambiando drásticamente las maneras habituales de la fecundación, ocurridas a la ligera y a la intemperie o dentro de frías cuevas, en medio de la dureza de las rocas y el pavor por descuidarse demasiado y caer en las fauces de cualquiera de los depredadores existentes.

Por culpa de ese accidente del tiempo relacionado con la escasez de lluvias, fue descubierto el beso y con él hallado un camino, el más expedito, para llegar a la cópula. Así, el ejercicio reproductivo caracterizado en ese entonces por su extremada practicidad imitativa de los animales, se llenó de besos, es decir de humanidad.

Gracias al beso, el troglodita macho conoció mejor al troglodita hembra. Empezaron a decodificar juntos el jeroglífico indescifrable de las miradas y a desear comunicarse todo lo que estaban sintiendo más allá del gruñido y el señalamiento; el ser arcaico comenzó a tener un mundo interior fuera del impulso y el instinto. Gracias a la honda llamarada de un beso se inauguró el cerebro de los seres primigenios, sacando a las neuronas en ciernes de su frío retraimiento, de su hibernación perpetua, para ponerlos por vez primera a pensar y sonreír. Así se sucedieron los primeros destellos en la bóveda craneana que encendieron alarmas revelándose frente a una tradición de rudeza, mudez e intemperie.

Y la comida les supo cruda y demasiado dura, ya no la desgarraban con ansia a dentelladas apenas la cazaban porque había nacido el gusto y con el, el placer para cocinarla al fuego lento acompañándola de especias que mejoraran su sabor. Con el paso de las eras, el beso obró grandes cambios fisonómicos, los dientes y las mandíbulas se achicaron facilitando un mejor acople de los dos.

Y nació el amor, fruto del conocimiento mutuo, del querer estar juntos; el amor, ese abstracto casi incomprensible de pensar en época tan remota ayudó a los seres de entonces a dar un paso gigantesco en el concepto de lo gregario y en la constitución de micro sociedades ancestrales que organizadas quisieron defender al milagro, al intangible, de las garras que se cernían sobre el. Del afán del apareamiento al ritual íntimo de los besos y la procreación, se pasó a la solemnidad y a lo sagrado dando a luz la unión del hombre y la mujer ante Dios y ante los hombres.

Todo empezó con un primer beso, el que se dieron accidentalmente, los primeros hombres y mujeres de esta tierra; besos exploradores aventurándose por mundos inhóspitos conquistando nuevas emociones que los llevaron, una vez más, a ese lugar soñado y casi olvidado por las batallas diarias de la supervivencia que los obligaban a mantener los ojos bien abiertos, pero que seguía allí, entrañable, en la memoria de la especie, sólo revelado a través de los ojos cerrados y las ensoñaciones… y los besos los llevaron de nuevo al Paraíso.

Del Medioevo hasta nuestros días

La llamada Edad Media, vieja santurrona como la que más, arruinó la fiesta. Proscribió los deleites castigando severamente su disfrute; en adelante fueron el martirio, la penitencia y el sacrificio las puertas de entrada a las nuevas prácticas teocéntricas. Los penitentes privilegiaron la buena salud del alma frente a los goces del cuerpo. El acto era acto exclusivo para la procreación "para la gloria de Dios y la confortación del espíritu". A la piel, empezaron a llamarla simplemente 'carne' situándola a la altura del pecado y de todo lo prohibido.

La santa cacería quiso poner a buen recaudo a los besos, los persiguió y hostigó obligándolos a una vida forajida, demencial, azarosamente clandestina. "¿Para qué los besos si los labios prefieren a los salmos?" repicaban los inquisidores.

Tanto oscurantismo acabó por volver locos a los hombres y mujeres medievales que empezaron a desbordar la norma, a salirse del molde, a degradarse gustosamente. En esta atmósfera viciada, descompuesta, de callejones oscuros y estrechos, encuentros a escondidas en el bosque, al amparo de sótanos húmedos y de cuevas pestilentes; roto el vínculo con Dios, sólo quedó el pacto con el diablo. Así creció la higuera ruin de la lujuria, esa serpiente vil del deseo que endiosa la carne y pierde a los hombres. El austero mandato del beso sucumbió ante fogosas prácticas demoníacas y malditas. Surgieron logias sexuales que barrieron al pacato beso de la tierra y fue el imperio de la gula, el ocio y las bacanales.

El placer orgiástico era frenético y no se detenía. La lascivia cifró en la lengua su punto más candente y esta recorrió el cuerpo embebiéndolo de mil maneras. Era el sopor, la sed, el caldo espeso de sudores y humores, gozosos efluvios, grandiosa y retorcida voluptuosidad.

Después vinieron las pestes, el hambre y las guerras que se llevaron a millones de besos de la tierra.

Durante mucho tiempo, el beso sólo fue un fantasma del que se tenía consciencia cuando se estaba solo. Época invernal ésta de criptas y lápidas en las que la muerte campeaba y los aires parecían silbar una fúnebre canción; días de gris monotonía, noches de eterna orfandad. Y fue la melancolía, esa tristeza suma que fusiona al corazón con el alma. Allí, en ese estado de pesadumbre y postración, de pronto un nuevo sol nació para los hombres, una nueva esperanza: el espíritu romántico y el héroe, aquel capaz de ofrendar la vida por un beso de su amada:

"Pelearé con mil ejércitos,

Me batiré ante mil tiranos.

Por un beso tuyo, sólo por un beso…

El amor y la tragedia pronto cundió por los puntos cardinales de la tierra y tuvo en la literatura y las novelas de aventuras su máxima expresión de florecimiento. El espíritu romántico diseminado en aldeas, villorrios y poblados grandes y pequeños pergueñó páginas memorables logrando lo inconcebible: la conciliación de la carne con el espíritu.

Buscando las aventuras

Por entre las duras peñas,

Maldiciendo entrañas duras,

Que entre riscos y entre breñas

Halla el triste desventuras.

Hirióle amor con su azote,

No con su blanda correa;

Y en tocándole el cogote,

Aquí lloró Don Quijote

añorando los besos de su Dulcinea.

Los siglos posteriores ofrecieron un desarrollo fantástico para el beso que llegó a una esbelta madurez, a diseminarse en hazañas sin par así como en pasiones sosegadas y sencillas. Su buena salud y perdurabilidad sobre la tierra parecían estar garantizadas y hacerlo invencible.

Pero fueron las ominosas guerras del siglo XX, las que lo llevaron de nuevo a caer, el beso no estaba preparado para el espectáculo tan terrible de la muerte; cedió ante un lento y sin igual desgano que lo fue arropando todo. Esa danza amotinada y natural de las lenguas trenzadas en pleno duelo de pasiones, poco a poco por manida dejó de practicarse. La alegría y la ternura, de repente envejecieron; al igual que la inocencia y el sonrojo, que se secaron. Ya Freud con la libido a cuestas andaba haciendo de las suyas por el mundo, entonces los besos no se conformaron con la tradición y quisieron más.

Empezaron a sublevarse de la tiranía de los labios y a querer recorrer la piel no sólo para lamerla si no y sobre todo para horadarla: marcas, cicatrices y horrendas laceraciones fue dejando a su paso el monstruoso beso temible y criminal. Poco después, la bestia no sólo mordía y causaba daños menores, también era capaz de lo peor: engullir rabiosamente la carne de su víctima. Ansias enfermas, pasiones delirantes, acrobacias del cuerpo sólo interesadas en someter y depredar; un fulgurante retroceso evolutivo mandó a que el amor es amor digerido, amor que literalmente llene, satisfaga y alimente. "Aún siento el calor de tus labios, en lo más hondo de mis intestinos y de mis entrañas" musita un amante contemporáneo, mientras abre la puerta del refrigerador y se detiene a pensar, cuál de las numerosas lonjas del cuerpo recientemente desmembrado, desea comerse hoy.

Finalmente, surgió el beso de última generación. El llamado Cyber Beso o Beso Virtual, el Orgasmatrón. Fríos simuladores con los que se aprendió a engañar al cerebro deslizándole sensaciones inexistentes. Besos mentirosos y desangelados, diabólicos besos de electrónica hojalata.


Por: Julián Enríquez

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