jueves, 30 de julio de 2009

SOBRE LA SILICONA Y LOS AMADOS PECHOS

Por: Winston Espejo

Creo que los inventores de la silicona jamás imaginaron que ésta terminaría en las posaderas y pechos de muchas. Mucho menos su precursor Jöns Jacob Berzelius, gustador de, me atrevo a apostarlo, los senos chicos. Él, en 1823, en la pujante ciudad de Estocolmo, aisló el Silicio, elemento fundamental de la silicona.

Desde ahí, en diferentes presentaciones y formas, la silicona ha tenido múltiples usos: aceites, aislantes, acondicionadores de cabello, adhesivos, juguetería, la industria farmacéutica, y prótesis (desde una articulación hasta una válvula cardiaca).

Pero a mí, siendo sincero y ocioso, lo que me preocupa y a lo que he de referirme en este inútil y un poco concupiscente escrito, es su desmedido y creciente uso en los pechos femeninos. Atrás quedan los senos lánguidos, velludos, oblongos, separados, hospitalarios, siameses e insurrectos. Atrás queda la dulce expectativa, la cruel sorpresa, el amargo despertar, cuando la cabeza del Don Juan apoyada en el regazo de su amante descubría lo que no advirtió en la noche, los atardeceres solitarios dedicados al onanista arte de la evocación, las pláticas jactanciosas (cada interlocutor presume del magnifico espécimen que disfrutó en su conquista). Atrás, hace unos veinte o treinta años, cuando el lujo de tal intervención quirúrgica era una historia exclusiva de divas, amantes de mafiosos, o una que otra necesitada de veras (me refiero a aquellas traicionadas por una enfermedad o un accidente).

Hoy las féminas en pleno estadio de formación, piden a gritos, y hasta suplican, de rodillas, por una cirugía de tal calibre. Desde luego los padres, para evitarse un sentimiento de culpa más, terminan asintiendo y hasta asesorando a la demandante, justa merecedora de la recompensa, pues ganó las pruebas del estado, le ayudó con el almuerzo a su mamá durante el último mes, o, simplemente, cumplió los tan anhelados y explosivos quince. Y si los padres no la apoyan, pues para eso está el novio o un amigo bonachón de esos que jamás piden nada a cambio. No importa el estrato, nuestra chica hará todo lo que esté a su alcance, se batirá como un Sísifo con su miserable destino, cruzará mares y calles atestadas de tráfico, rugirá como un cachorro, y hasta fenecerá en el intento. No importa que a cambio de la cirugía, su alimentación y las necesidades básicas de los suyos, por unos cuantos meses, se sacrifiquen.

Ya mencionaba este fenómeno, de forma cruda y directa, el escritor Gustavo Bolívar en su novela Sin Tetas No Hay Paraíso. Así que arduo descubridor del agua tibia, con ganas de terminar ya este controvertido y embrollado tema, o sea preguntándome por qué me metí en esta encerrona, me remonto, como tabla de salvación, a aquella famosa frase bíblica: ¡Ah vanidad de vanidades!.

Y mi vanidad, explayada pero cansina de ver los mismos pechos en todo el universo femenino, cruel uniforme que nos hace desviar la mirada a otras partes del cuerpo, concentrarnos, por ejemplo, en una uña del pie con un paisaje de Monet, o en una verruga que prospera junto al coxis, se queda sin tener de que presumir, apenas escuchando un amigo que siempre tiene la última palabra y afirma que en el último mes conoció y palpó unos senos tubulares, cúbicos, monoclínicos, triclínicos, hexagonales, y hasta unos en forma de ubre suiza. ¡Ah! le contesto para mis adentros: Extraño las mujeres con pecho como tabla, sensuales a más no poder, extraño los senos de melón de mi ex esposa, que tan bien caían cuando mi libido se alborotaba y la veía acodado desde la ventana de mi imaginación, aún encontrándome solo en una ciudad vecina, distinguiendo como los puntiagudos o turgentes pechos de la anfitriona de turno, a través de una blusa delgada y sin sostén, me apuntaban. Extraño lo natural, fatuo amigo, a tal punto, que cuando hablo con estas mujeres siliconadas ya no me puedo fiar. Apenas les finjo y les sonrío, y les hablo, con mucho tino y ademanes de convencimiento, que la silicona es la culpable de que la capa de ozono se adelgace y de tanto cambio climático que hoy origina nieve en el infierno y magma en el paraíso. Ellas también fingen no darse por aludidas. Las más versadas contestan que son minoría, casi nada si se comparan con los miles de kilogramos de plástico que contaminan el planeta.

Entonces viene a mi memoria la famosa canción de Rubén Blades sobre la ciudad de plástico, con sus edificios y chica y chico del mismo material. Me pregunto qué tan profeta era el cantante ¿Después de las posaderas y el pecho que vendrá? ¿O seré el equivocado, el que va en contravía y censura a quienes van en el sentido correcto?

Bueno, me digo ¡basta! no es éste un escrito tan serio. ¿O a quien le puede parecer serio un par de…ideas sobre la silicona en los pechos? Al fin y al cabo los cirujanos se enriquecen a costa de tan versátil material, se genera empleo y se salvan matrimonios afectados por el síndrome de los pechos caídos Además, en estos tiempos, donde las autoestimas también parecen afectarse por la gravedad, la silicona parece elevarlas. Tal vez en un futuro produzca la elevación y el crecimiento de un sinnúmero de virtudes y condiciones del alma. De hecho, muchos de nuestros sicólogos ya la aconsejan.

Pero por lo pronto, y para no sufrir, como hacemos ya con tantas cosas que nos causan estrés, les aconsejo, hombres damnificados, amantes como yo de lo natural, vayámonos acostumbrando a la idea. Mi abuela planea esta cirugía para el próximo año y confía en que la medicina, poco a poco, le devuelva lo que los alquimistas buscaron hace tantos siglos. Por fortuna, mi abuelo ha perdido algunos de sus sentidos y un desbastador Alzheimer lo consume. A tal punto, que el otro día confundió a mi abuela, en su lecho, con una ex amante, popular por su prominente busto. Desde ahí no ha hecho otra cosa que mencionarla, y semejante confusión lo único que ha causado es acelerar los planes de mi abuela. La demora estriba en ciertos exámenes de rigor que ella insiste en omitir. Con franqueza, creo que las cosas para ellos van a empeorar.

¡Ser o no ser, silicona o no silicona! Una de mis sobrinas, dieciocho años, cayó en un ataque de nervios por tan brutal dilema. Le di mi punto de vista, le dije que si las mujeres se dedicaban a cultivar ciertas virtudes, llamarían con más acierto la atención de muchos hombres. Además, tú eres una niña, rematé, y la seguridad se gana con el tiempo y se vuelve a perder con él. Fue muy receptiva, aunque al final dijera que la había confundido más. En cambio casi todas sus compañeras de universidad, sin la inútil ayuda de sus tíos, y sin que la llamaran niñas, ya habían resuelto el dilema. Un grupo de ellas se ganó un descuento considerable al hacerse operar por un caritativo cirujano que les concedió a todas la misma talla.

¿Quiere decir esto que desde ahora nos veremos abocados a ver las mujeres muy parecidas entre si? Creo que la respuesta es afirmativa. Por fortuna, eso de desnudar con frecuencia una mujer, salvo que uno sea un Don Juan, un millonario, o un fotógrafo gay, es más imaginativo que real, pero ¡cómo me disgusta la falta de variedad! no poder dedicar los versos de Neruda: "Se parecen tus senos a los caracoles blancos". Tal vez, se parecen tus siliconas al catéter de…

Ellos, los cirujanos, a quienes este palabras les debe importar un bledo - nadie, menos yo, va a detener la avalancha - defienden este punto diciendo que hay dos o tres formas de prótesis para ofrecerle a cada mujer. Yo les respondería que esto de los senos es comparable al misterio de las huellas digitales: absolutamente todas diferentes.

Aunque algunas, como Sabrina Sabrok, la mujer con los pechos de silicona más grandes del mundo, talla 42, 4.5 Kilogramos por teta - casi la sexta parte del peso de su cuerpo – piense que la diferencia debe hacerse con el tamaño. Para llegar allí, dice orgullosa, ha requerido de más de una docena de operaciones y se ha hecho experta y tenaz en ejercicios de abdominales y espalda. Muchos, incluyendo hombres, la siguen sin detenerse a ver el lado oscuro en lo que a materia de salud se refiere, las miles de demanda que existen y los riesgos inminentes.

A punto de culminar por fin estas palabras, llega mi hija de casi dos años con un globo sin inflar. Como no le presto atención, termina llorando para que yo se lo infle. De modo que para evitarme un sentimiento de culpa más, al instante comienzo a inflarlo, y al final, cuando mis labios se resbalan por las latitudes lisas y convexas del globo henchido, imagino que amo un seno siliconado ¡Al segundo lo pincho! Mi hija llora. Y por más que le explico y le leo estas palabras, no cesa de llorar.

Winston Espejo





sábado, 25 de julio de 2009

Suicidas madres e hijos




Suicidas, Hijos y Madres

Por: Jesús David Valencia

¿Cuántas cosas puede ser un hombre? En una cuadra de barrio cualquiera un hombre puede ser guachimán, barrendero, abogado, tendero, profesor de educación física, profesor de ciencias sociales, asesino, violador, pastor de iglesia pentecostal, predicador del fin del mundo, amante, enterrador, monaguillo de 60 años, escritor, fotógrafo, actor, director de obras civiles, de obras sinfónicas, de obras públicas, un hijueputa.

En cualquier cuadra de barrio un hombre puede ser casi cualquier cosa.

Vincent Willem Van Gogh fue un gran curador de arte, un gran predicador y un gran pintor. Fue afortunado, intenso y fuerte: ahora solo una fortuna podría intervenir para darse en privado a uno de sus cuadros; produjo 900 pinturas y 1100 dibujos y borradores durante los últimos diez años de su vida; disparó un revólver en su pecho, caminó hacia su casa y murió dos días después. Fue quien antecedió con "Ronda de Prisioneros" el estilo del cómic estadounidense de los 80's con más de cien años de antelación.

Vincent Williem Van Gogh fue muchas cosas. Hasta suicida[1].

Relata Igör Pitushvka en el Martirio de Santa Sofía que aquella mujer, antes de conocer la enseñanza cristiana, fue reina en solitario de un pequeño territorio y de un gran número de vidas, y fue madre de un único hijo que la empaló.

Conozco a una mujer que parió cuatro veces y que es predicadora de iglesia protestante, pintora de cuadros primitivistas, maestra en la confección de velas decorativas y de pasamanería de alta costura, creadora de murales en mola, ex-vendedora estrella de una línea de cosméticos franceses, ex-practicanta gnóstica y ex-miembra de Amnistía Internacional, entre otras cosas.

La primera de las cosas que, expuse, hizo mi madre, me es irrealizable; incluso lo fue para Van Gogh; incluso para cualquier hombre. Para Santa Sofía fue una curiosa forma de morir (morir, por fortuna, lo podemos hacer todos).

Santa Sofía parió a su propio asesino. Van Gogh murió por su propia mano. Mi madre parió a un hombre que gusta de leer y de videojugar más que de cualquier otra cosa. En una ocasión le dijo: "si seguís así, vas a suicidarte el bolsillo".

Reza el aforismo que las circunstancias determinan el carácter de los hombres y las mujeres.

Un pintor incomprendido persiste y pinta, incluso en un mismo lienzo, una obra maestra sobre otra, porque el dinero no le alcanza para hacerse con el material necesario. Una mujer intenta hacer del cristianismo la religión oficial de su reino y su propio hijo, un general de hombres, la empala por insensata, por "buscar el suicidio de su propia tierra con una enseñanza que aborrece los sentidos y condena a los hombres a adorar cosas invisibles". Otra mujer, que ha ejercido diversos oficios para no morir de hambre -una forma de suicidio- teme por un hijo que no hace más que "perder el tiempo con cosas que ni siquiera se pueden tocar", como las palabras y los videojuegos, y que no ejerce un oficio que le reporte dinero suficiente para comer con holgura.

Un hombre puede ser muchas cosas: genio, pintor y suicida; gran general, pagano y asesino de la mujer que lo parió; holgazán, intento de escritor y preocupación constante de su madre.

De todas las cosas que puede ser un hombre existe una que siempre será y una que nunca podrá ser: un hombre siempre será un hijo. Sin embargo, por más que lo intente, un hombre nunca podrá ser madre.

Aquel nos es un oficio y un conocimiento vedado.

Por: Jesús David Valencia



[1] Suicida es un sustantivo póstumo: rara vez un suicida se presenta a sí mismo; nadie puede ser ex-suicida: se es suicida o se es un fracaso de suicida.

sábado, 18 de julio de 2009

Breve historia del beso

BREVE HISTORIA DEL BESO

por: Julián Enríquez

Se originó en las copas de los árboles cuando los primitivos habitantes buscaban a los antepasados de manzanas, melones y naranjas. Atravesaba la tierra quizás, una época de sequía. Al no encontrar frutas que comer, hombres y mujeres primigenios intentaron saciarse con los besos: los labios carnosos y suaves, la bóveda masticadora húmeda y refrescante más aquella criatura esquiva y juguetona que es la lengua, resultaron el reemplazo perfecto para disfrutar de la honda emoción que entraña darse un beso.

Los besos trajeron aparejados las caricias y los susurros, naciendo entonces la ternura, cambiando drásticamente las maneras habituales de la fecundación, ocurridas a la ligera y a la intemperie o dentro de frías cuevas, en medio de la dureza de las rocas y el pavor por descuidarse demasiado y caer en las fauces de cualquiera de los depredadores existentes.

Por culpa de ese accidente del tiempo relacionado con la escasez de lluvias, fue descubierto el beso y con él hallado un camino, el más expedito, para llegar a la cópula. Así, el ejercicio reproductivo caracterizado en ese entonces por su extremada practicidad imitativa de los animales, se llenó de besos, es decir de humanidad.

Gracias al beso, el troglodita macho conoció mejor al troglodita hembra. Empezaron a decodificar juntos el jeroglífico indescifrable de las miradas y a desear comunicarse todo lo que estaban sintiendo más allá del gruñido y el señalamiento; el ser arcaico comenzó a tener un mundo interior fuera del impulso y el instinto. Gracias a la honda llamarada de un beso se inauguró el cerebro de los seres primigenios, sacando a las neuronas en ciernes de su frío retraimiento, de su hibernación perpetua, para ponerlos por vez primera a pensar y sonreír. Así se sucedieron los primeros destellos en la bóveda craneana que encendieron alarmas revelándose frente a una tradición de rudeza, mudez e intemperie.

Y la comida les supo cruda y demasiado dura, ya no la desgarraban con ansia a dentelladas apenas la cazaban porque había nacido el gusto y con el, el placer para cocinarla al fuego lento acompañándola de especias que mejoraran su sabor. Con el paso de las eras, el beso obró grandes cambios fisonómicos, los dientes y las mandíbulas se achicaron facilitando un mejor acople de los dos.

Y nació el amor, fruto del conocimiento mutuo, del querer estar juntos; el amor, ese abstracto casi incomprensible de pensar en época tan remota ayudó a los seres de entonces a dar un paso gigantesco en el concepto de lo gregario y en la constitución de micro sociedades ancestrales que organizadas quisieron defender al milagro, al intangible, de las garras que se cernían sobre el. Del afán del apareamiento al ritual íntimo de los besos y la procreación, se pasó a la solemnidad y a lo sagrado dando a luz la unión del hombre y la mujer ante Dios y ante los hombres.

Todo empezó con un primer beso, el que se dieron accidentalmente, los primeros hombres y mujeres de esta tierra; besos exploradores aventurándose por mundos inhóspitos conquistando nuevas emociones que los llevaron, una vez más, a ese lugar soñado y casi olvidado por las batallas diarias de la supervivencia que los obligaban a mantener los ojos bien abiertos, pero que seguía allí, entrañable, en la memoria de la especie, sólo revelado a través de los ojos cerrados y las ensoñaciones… y los besos los llevaron de nuevo al Paraíso.

Del Medioevo hasta nuestros días

La llamada Edad Media, vieja santurrona como la que más, arruinó la fiesta. Proscribió los deleites castigando severamente su disfrute; en adelante fueron el martirio, la penitencia y el sacrificio las puertas de entrada a las nuevas prácticas teocéntricas. Los penitentes privilegiaron la buena salud del alma frente a los goces del cuerpo. El acto era acto exclusivo para la procreación "para la gloria de Dios y la confortación del espíritu". A la piel, empezaron a llamarla simplemente 'carne' situándola a la altura del pecado y de todo lo prohibido.

La santa cacería quiso poner a buen recaudo a los besos, los persiguió y hostigó obligándolos a una vida forajida, demencial, azarosamente clandestina. "¿Para qué los besos si los labios prefieren a los salmos?" repicaban los inquisidores.

Tanto oscurantismo acabó por volver locos a los hombres y mujeres medievales que empezaron a desbordar la norma, a salirse del molde, a degradarse gustosamente. En esta atmósfera viciada, descompuesta, de callejones oscuros y estrechos, encuentros a escondidas en el bosque, al amparo de sótanos húmedos y de cuevas pestilentes; roto el vínculo con Dios, sólo quedó el pacto con el diablo. Así creció la higuera ruin de la lujuria, esa serpiente vil del deseo que endiosa la carne y pierde a los hombres. El austero mandato del beso sucumbió ante fogosas prácticas demoníacas y malditas. Surgieron logias sexuales que barrieron al pacato beso de la tierra y fue el imperio de la gula, el ocio y las bacanales.

El placer orgiástico era frenético y no se detenía. La lascivia cifró en la lengua su punto más candente y esta recorrió el cuerpo embebiéndolo de mil maneras. Era el sopor, la sed, el caldo espeso de sudores y humores, gozosos efluvios, grandiosa y retorcida voluptuosidad.

Después vinieron las pestes, el hambre y las guerras que se llevaron a millones de besos de la tierra.

Durante mucho tiempo, el beso sólo fue un fantasma del que se tenía consciencia cuando se estaba solo. Época invernal ésta de criptas y lápidas en las que la muerte campeaba y los aires parecían silbar una fúnebre canción; días de gris monotonía, noches de eterna orfandad. Y fue la melancolía, esa tristeza suma que fusiona al corazón con el alma. Allí, en ese estado de pesadumbre y postración, de pronto un nuevo sol nació para los hombres, una nueva esperanza: el espíritu romántico y el héroe, aquel capaz de ofrendar la vida por un beso de su amada:

"Pelearé con mil ejércitos,

Me batiré ante mil tiranos.

Por un beso tuyo, sólo por un beso…

El amor y la tragedia pronto cundió por los puntos cardinales de la tierra y tuvo en la literatura y las novelas de aventuras su máxima expresión de florecimiento. El espíritu romántico diseminado en aldeas, villorrios y poblados grandes y pequeños pergueñó páginas memorables logrando lo inconcebible: la conciliación de la carne con el espíritu.

Buscando las aventuras

Por entre las duras peñas,

Maldiciendo entrañas duras,

Que entre riscos y entre breñas

Halla el triste desventuras.

Hirióle amor con su azote,

No con su blanda correa;

Y en tocándole el cogote,

Aquí lloró Don Quijote

añorando los besos de su Dulcinea.

Los siglos posteriores ofrecieron un desarrollo fantástico para el beso que llegó a una esbelta madurez, a diseminarse en hazañas sin par así como en pasiones sosegadas y sencillas. Su buena salud y perdurabilidad sobre la tierra parecían estar garantizadas y hacerlo invencible.

Pero fueron las ominosas guerras del siglo XX, las que lo llevaron de nuevo a caer, el beso no estaba preparado para el espectáculo tan terrible de la muerte; cedió ante un lento y sin igual desgano que lo fue arropando todo. Esa danza amotinada y natural de las lenguas trenzadas en pleno duelo de pasiones, poco a poco por manida dejó de practicarse. La alegría y la ternura, de repente envejecieron; al igual que la inocencia y el sonrojo, que se secaron. Ya Freud con la libido a cuestas andaba haciendo de las suyas por el mundo, entonces los besos no se conformaron con la tradición y quisieron más.

Empezaron a sublevarse de la tiranía de los labios y a querer recorrer la piel no sólo para lamerla si no y sobre todo para horadarla: marcas, cicatrices y horrendas laceraciones fue dejando a su paso el monstruoso beso temible y criminal. Poco después, la bestia no sólo mordía y causaba daños menores, también era capaz de lo peor: engullir rabiosamente la carne de su víctima. Ansias enfermas, pasiones delirantes, acrobacias del cuerpo sólo interesadas en someter y depredar; un fulgurante retroceso evolutivo mandó a que el amor es amor digerido, amor que literalmente llene, satisfaga y alimente. "Aún siento el calor de tus labios, en lo más hondo de mis intestinos y de mis entrañas" musita un amante contemporáneo, mientras abre la puerta del refrigerador y se detiene a pensar, cuál de las numerosas lonjas del cuerpo recientemente desmembrado, desea comerse hoy.

Finalmente, surgió el beso de última generación. El llamado Cyber Beso o Beso Virtual, el Orgasmatrón. Fríos simuladores con los que se aprendió a engañar al cerebro deslizándole sensaciones inexistentes. Besos mentirosos y desangelados, diabólicos besos de electrónica hojalata.


Por: Julián Enríquez

Un ensayo cursi

UN ENSAYO CURSI

De Ximena García


Ya vieja, la ceguera de mi perra le dificultaba caminar por la casa pues se chocaba con todo. Me
percaté de su mal una mañana que la saqué a pasear y al llegar al final del andén, el animalito dió un
paso en el vacío, hiriéndose el morro en la caída. Más adelante, la perra simplemente se sentó y se
negó a caminar. De ahí en adelante sólo la sacaba al jardín interior del edificio, donde podía oler
hierba, pegarse su meadita y una que otra cagadita que yo recogía con puntal responsabilidad civil y
al final, la tomaba en los brazos y la subía de nuevo al apartamento. Aún recién bañada, la peste de
su invencible psoriasis era intolerable y sin verla, ya se sabía su ubicación. Paca entonces era
expulsada de los cuartos, de la sala, de la cocina. Nadie la quería cerca. Era yo la única que le daba
recibo en mi pieza, donde encontró un lugar dónde echarse a roncar y tirarse esos pedos densos que
tardaban minutos en disolverse en el aire. Mi closet adquirió su particular aroma epidérmico y
digestivo.
Esta mañana, luego del paseo en el que olió la hierba por última vez, llevé a Paca, mi perra de 12
años a que le dieran un fin indoloro que nos ahorrara más complicaciones y a ella, el tener que
escuchar el repetitivo "¡¡¡Fuera Paca!!!". Siguiendo un bizarro sentido del honor y lealtad que no
obstaculizó mi decisión de dormirla, sólo me separé de ella cuando la llevaron a canalizar. Ya
conectada a una bolsa de suero, la trajeron de nuevo a la sala de consulta externa, donde se le
suministró un tranquilizante y anestesia general. A los primeros efectos de los fármacos, Paca se
sentó con las patas muy separadas y su cabeza lentamente fué cediendo a su peso. Le acomodé las
patas traseras de manera que quedara tendida de lado. Parpadeaba despacio y yo, para estar a la
altura de su nariz, me puse de rodillas junto a la mesa de acero sobre la que se efectuaba el
procedimiento. La escuché jadear, lo que me hace sospechar que el proceso no es tan plácido como
hacen creer, pero muy rápidamente, el jadeo cesó. El veterinario la auscultó cerca de un minuto al
final del cuál dijo "ya está".
Eutanasia. Sólo al leer el párrafo anterior me percaté de que mientras escribía estuve usando
eufemismos para evitar mencionar esa palabra que a mi siempre me ha sonado a remedio, en un
intento de sentirme mejor y mitigar este malestar que tengo conmigo.
Me consuela saber que lo último que vió mi perra fue mi cara y no murió solita.
Para mi asombro personal, me acerco a los cuarenta. A los cinco años, en la casa solariega de mis
abuelos, tenía un juego consistente en apoyar pies y manos para ver el mundo al revés entre mis
piernas, convirtiendo los techos en corredores y ese pedacito de cielo que enmarcaban, en una
piscina de profundidad desconocida donde estilizados nadadores de formas extraordinariamente
alargadas caminaban y se zambullían hasta el infinito apenas interrumpido por nubecitas blancas y
brillantes. El asombro se debe a que ese recuerdo que tengo es nítido como de la semana pasada.
También fue hace relativamente poco que yo caí en cuenta de la cercanía de mi propia vejez, pero
no puedo definir un momento preciso. Más o menos a los 20, azotada por el acné, empecé a usar los
potingues que anuncian en la televisión y poco más tarde el bloqueador solar; pero una mañana,
descubrí en mi cara algo parecido a un mapamundi cuya geografía me señaló con despiadada
claridad que ya mi vida había recorrido un apreciable camino. Entonces entró a mi rutina el
triunvirato del antiacné, la pantalla solar y el quitamanchas facial. Hace poco noté con satisfacción
agridulce que no requiero más del antiacné, lo que anuncia el pronto arrivo del antiarrugas.

Tales preocupaciones tan insignificantes me distraen del verdadero miedo que me acosa; miedo al
tiempo, miedo a la enfermedad, miedo a la muerte, miedo a estar sola. Yo supongo que ese miedo lo
llevamos todos y hacemos cada cuál sus propios esfuerzos para pasarlo de soslayo y olvidar nuestro
paso fugaz por el mundo. En ese corto camino, unos se dedican a acumular posesiones, triunfos,
amigos, lugares, placer, cariño y otras cosas que inevitablemente son metabolizadas por los años
hasta convertirlas en recuerdos, lo que eventualmente señala que no somos tan vitales, tan ágiles,
tan creativos, tan memoriosos, tan fecundos, tan geniales ni tan lindos como solíamos ser.
Hace tiempo, dicen quienes cuentan, era universalmente concebida la vejez como una condición
digna de respeto y escucha en las decisiones colectivas. Así pensara lo mismo, el pueblo Itnuit (Los
Hombres como se autodefinen), cuando su vida en el País de las Sombras Largas era un constante
deslizarse sobre el casquete polar que hoy estamos perdiendo, aceptaba con toda naturalidad y
alivio la costumbre de sus ancianos de entregarse a Leda, la diosa del mar, cuando habían perdido
totalmente sus dientes y movilidad, únicas condiciones que les permitían colaborar con la familia en
el mantenimiento de la casa, siendo ya imposible participar en la caza de salvajina. No creo que tal
costumbre se mantenga, estando ahora el pueblo Itnuit diezmado y/o incorporado por los pueblos
del hombre del sur, como llamaron al no nativo de los que fueron sus dominos hace siglos.
Yo encuentro una rara contradicción en nuestra sociedad actual. Se habla de la vejez con el mismo
tono y bellas palabras de reconocimiento y cariño de antes y hasta se inventan nombres como
"Adulto mayor", pero aumentan los refugios como guarderías para ancianos, porque la gente cada
vez tiene menos tiempo para cuidar a sus viejos y se ve abocada a buscar dónde ponerlos para que
no estorben, y no sentir urticaria en la conciencia. Pero no todos los ancianos cuentan con la suerte
de tener a alguien que se preocupe por contratar a otro alguien que se encargue.
Y aquí llegamos al nucleo donde coexisten mi terror y mi esperanza. Mientras jugaba a ver el
mundo alrevés, estaba demasiado ocupada en aquellas excursiones celestes como para darme cuenta
de que mi abuelo iba cada vez menos a su ebanistería y pasaba más tiempo en su mecedora. Mi
abuelo se fué encogiendo hasta convertirse en parte del mueble y un día no lo vi más.
Mi miedo es simple: no tener quién se cerciore de que no salgan escaras en mi espalda por llevar
demasiado tiempo en la misma posición en la cama, como también me aterra la idea de que alguien,
cuando mi salud esté irreversiblemente postrada, no deje que natura siga su curso sinó que a punta
de procedimientos infames o medicinas de acción heróica mantengan mi mente y mi espíritu
prisioneros de un cuerpo acabado, enfermo e irrecuperable.
Mi esperanza se ilumina al saber que existen movimientos, que llegan a constituir entidades, cuya
función es asegurar que sus asociados tengan una muerte tranquila y digna; ilumina mi sueño de
que la humanidad se esté acercando a la aceptación de la muerte como un regalo del que todos
somos merecedores y de la reivindicación de nuestra condición de seres humanos libres de decidir
sobre nuestra muerte cuando la vida se convierta en un grillete del alma y el pensamiento. Mi
esperanza es poder decidir, una vez mi cuerpo deje de ser el vehículo de mi voluntad, cuándo
sambullirme en la piscina celeste y al emerger al otro lado, encontrame la naricita de mi perra.

Cali, 5 de julio de 2009

Por: Ximena García


La manifestación de lo sublime



Por: Andrea Serna

Son las tres de la tarde. Por la ventana de mi estudio puedo contemplar un cielo opacado por una negra nube que lo sobrepasa y lo quiere devorar. Anuncia también la lluvia. Mi casa está rodeada de árboles frutales, hierba y vegetación en general. Por un efecto de altura, los árboles ensombrecen más la armonía de mi ventana cuando la cubre un día de sol. En medio de la situación leo el poema el Cuervo, de Edgar Allan Poe, y leo también El Nocturno de José Asunción Silva. Para ubicarme más cerca del alma de lo sublime, leo apartes de la filosofía de la composición del norteamericano más influyente en la literatura latinoamericana. Y entonces tengo una revelación: la melancolía que siento por el día, su tono gris y la lluvia que se aproxima, me ponen más cerca de una experiencia de lo bello.

Así quisiera comenzar comentando las impresiones poéticas en Poe y Silva. En Silva es un reflejo, un buen conocimiento de lo que Poe quiso trasmitir al explicar su método de composición de El Cuervo. Por mi parte, la pregunta que surge, adelantándome como conclusión, es si hoy quizá estas mismas variables sirvan para continuar no sólo un legado literario, sino aproximarse siempre cada vez más a la experiencia poética.

Como decía anteriormente, son las tres de la tarde, pero la oscuridad acrecienta el valor melancólico de mi ventana. Para los poetas románticos, la oscuridad, aquello que dimensionara lo desconocido, lugar propicio para las imágenes fantasmagóricas, se convertía un valor poético necesario para trasmitir la atmosfera de lo terrible. Tal vez esto tiene que ver con los primeros temores de la infancia cuando los padres apagaban la luz y de niño, el cuarto en la oscuridad parecía hablar. Reflejaba una realidad difícil de comprender, difícil de escuchar por los entrepaños de la realidad iluminada por la razón. La oscuridad era un motivo de duda, de cuestionamientos, de acercamientos a uno mismo con razón o sin ella. José Asunción Silva sabía que para lograr su poema debía hacer coincidir su sensibilidad con una experiencia universal que nos llevara a todos a sentir un dolor profundo, un dolor placentero y sublime. Su primera elección, la noche.

Una noche,
una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de música de alas.
una noche
en que ardían en la sombra nupcial y húmeda las luciérnagas fantásticas,
a mi lado, lentamente, contra mí ceñida, toda,
muda y pálida
como si un presentimiento de amarguras infinitas,
hasta el fondo más secreto de tus fibras te agitara,
por la senda que atraviesa la llanura florecida
caminabas,
y la luna llena
por los cielos azulosos, infinitos y profundos esparcía su luz blanca,
y tu sombra
fina y lánguida,
y mi sombra

Poe el maestro nos lleva así, a la manera del descubridor, del ser original que sabe que tiene entre sus manos una pieza de la maestría y también, del delirio de la razón.

Una vez, al filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.

En uno y otro poeta ya tenemos la atmosfera para atraer al lector y fijarlo sin posibilidad de respiro en una experiencia precisa, llena de suspenso, de misterio, pero que de seguro nos llevará por lugares que pocas veces nos hemos atrevido a mirar.

Y este ambiente prefigura el segundo elemento clave adoptado en la poesía de Silva para llevarnos por los caminos de lo sublime: el misterio, lo extraño, lo espeluznante. Poe sabía perfectamente y así lo configura en su filosofía de la composición, que no bastaba un poema musical para manifestar las profundidades del alma. Llegar a ella, ya implica acercarse a elementos extraños, de difícil acceso por cualquier mortal.

Cuando los hombres hablan de belleza no entienden precisamente una cualidad, como se supone, sino una impresión: en suma, tienen presente la violenta y pura elevación del alma

¿Cómo es el trayecto para llegar a la pura elevación del alma? Enrarecido por las impresiones de las pasiones humanas, por los delirios que ellas nos producen, por las lucidez que alcanzamos aunque puedan rallar en la locura. Esto no puede propiciar más que el suspenso necesario para que el lector sienta poco a poco cómo en la noche oscura, los elementos del verso uno a uno comienzan a descifrar algo verdaderamente aterrador: la muerte.

y mi sombra
por los rayos de la luna proyectada
sobre las arenas tristes
de la senda se juntaban
y eran una
y eran una
¡y eran una sola sombra larga!
¡y eran una sola sombra larga!
¡y eran una sola sombra larga!
Esta noche
solo, el alma
llena de las infinitas amarguras y agonías de tu muerte,
separado de tí misma, por la sombra, por el tiempo y la distancia,
por el infinito negro
donde nuestra voz no alcanza,
solo y mudo
por la senda caminaba,

La muerte es la pregunta a la cual el ser humano aún no tiene respuesta. Tiene guías, el libro tibetano de los muertos, el libro de los muertos de los egipcios, tiene el Tao, y la biblia, pero aún así, el temor lo envuelve por ser la manifestación más certera de la profundidad, de la oscuridad, de un misterio que nadie vivo podría revelar. Sin embargo, Poe, había vivido de cerca el ocaso de la vida, y más precisamente, de aquella vida amada.

Entonces, sin perder de vista el superlativo o la perfección en todos los puntos, me pregunté: entre todos los temas melancólicos, ¿cuál lo es más, según lo entiende universalmente la humanidad? Respuesta inevitable: ¡la muerte! Y, ¿cuándo ese asunto, el más triste de todos, resulta ser también el más poético? Según lo ya explicado con bastante amplitud, la respuesta puede colegirse fácilmente: cuando se alíe íntimamente con la belleza. Luego la muerte de una mujer hermosa es, sin disputa de ninguna clase, el tema más poético del mundo;

Silva había perdido a sus dos queridas hermanas. Conocía la melancolía. La había vivido. Los versos de Poe le sirvieron de conciencia, de claridad, de una verdad inalterable. El dolor no hubo que extraerlo de la razón, residía en su alma, y cómo tal, solo era menester explorarla, y llevarla con musicalidad a la conciencia universal que existe en todo ser humano sobre la muerte.

Sentí frío, era el frío que tenían en la alcoba
tus mejillas y tus sienes y tus manos adoradas,
¡entre las blancuras níveas
de las mortuorias sábanas!
Era el frío del sepulcro, era el frío de la muerte,
era el frío de la nada…
y mi sombra
por los rayos de la luna proyectada,
iba sola
iba sola
¡iba sola por la estepa solitaria!
y tu sombra esbelta y ágil,
fina y lánguida,
como en esa noche tibia de la muerta primavera,
como en esa noche llena de perfumes, de murmullos y de música de alas,
se acercó y marchó con ella,
se acercó y marchó con ella,
se acercó y marchó con ella… ¡Oh, las sombras enlazadas!
¡Oh, las sombras que se buscan y se juntan en las noches de negruras y de lágrimas!

Pero no era suficiente el tema, la atmosfera, y el dolor de la experiencia propia. Se necesitaba de un elemento que lo restituyera de la subjetividad para llevarlo a cada ser humano posible capaz de acercarse por un momento a la belleza, a través de una experiencia poética. Una larga caminata por lo oculto, lo hermoso, lo temible, pero también musical. Con una audacia propia de la maestría, Poe recurrió a la técnica para grabar en la conciencia de sus lectores los recuerdos de una inolvidable pieza de arte. La musicalidad fue su arma certera. La repetición de las palabras "nevermore" no permitiría un respiro al lector, no lo dejaban escapar al horror de aquel hombre de letras agobiado y derrotado por el alma a pesar de su altísimo intelecto. Es apenas necesario mencionarlo en Silva. Aplicó con verdadero valor de aprendiz la lección enseñada: repetición y variación.

Ambos nos revelan una realidad monstruosa, ambos se quedan impregnados en nuestra memoria.

Por: Andrea Serna