miércoles, 3 de junio de 2009

UN POLLITO


Por: Juan Fernando Conde Libreros

Este es el cuento de un pollito y pienso contarlo ya que me lo sé de memoria porque lo he estado viviendo desde hace mucho tiempo y lo sigo viviendo, pero tan sólo me pude maravillar de él hace unos días cuando mi hermano se murió de risa al saber que los gatos olían el pollito y lo respetaban. Pero no quiero adelantarme a lo que vamos intentar narrar aquí de la mejor manera. Lo primero que tengo para advertir a quien empiece a leer es que somos animaleros por excelencia, y ser animalero es ser amante de los animales y en casa lo somos todos. Pero la que ha sido peor, tal vez por heredar lo de los cuatro primeros de sus parientes más próximos, es Cháveli, la más pequeña de nuestra propia camada. No ha sido la primera vez que tenemos en casa un pollito recién salido del huevo; en casa han sido varios pero este tuvimos que verlo de una manera distinta. Llegó Cháveli con su pollito de yo no sé dónde con todas las excusas del por qué ella no pudo otra cosa que traer su pollito a la casa y empezó a llamarlo Pumpi, y Pumpi apenas llegó a la casa se hizo hijo de mi hija Cháveli; los pájaros tienen la rara particularidad de ver a su progenitor en la primera cosa que se mueva y si la cosa que lo llama también le da comida pues más caso y más cara y presencia de madre para el pollito. Yo como siempre hice mala cara porque el tal pollito sería otra víctima más de los caprichos de mi hija y que terminaría en una jaula engordando para volverlo sancocho o pollo asado. Le auguré que los gatos se lo comerían y entonces lo primero que hizo fue presentarles el pollito a los dos gatos. Al gato mono gordo y fofo no le interesan mucho los pollitos pero sin embargo el pollito fue olido y amenazado el gato por cuenta del pollito y luego hizo lo mismo con la gata blanca, la fiera Milui; yo creí que ésta no le iba a respetar su pollito porque a pesar de las amenazas la gata lo veía como cena o almuerzo, quizás desayuno. Y luego le dije a Lula y a Lupe Lucía -dos perras freench poodle, madre e hija respectivamente- que se comieran el tal pollito pero Cháveli les presentó el pollito a las perras y las perras rápido supieron que el pollito era un hermano más y de una vez lo adoptaron como de la familia. El siguiente alertado fue Milo. Y Milo, mi labrador chocolate, es el que menos le haría algo al pollito después de que Cháveli se lo mostró en la mano y el perro lo lamió. Después le tocó el turno a Tango, el buldog de los vecinos que también es un bobo igual que Milo que se dejan amedrentar por una niña. Tango tampoco sería una amenaza para el pollito. Lo más simpático fue luego ver a Lula, por ejemplo, que es la más seria y malgeniada de todas nuestras mascotas jugar con el pollito, metiéndoselo a la boca y el pollito saliendo babeado e ileso de las fauces de Lula que le cabe el pollito entero en su jeta. Ver a la fiera Milui pasar al lado del pollito y levantar la cola en signo de sumisión al pollito, luego Milo oliéndolo y lamiéndolo de un lengüetazo toda su redondez de huevo recién empollado. Y lo más increíble es que todo lo que estoy escribiendo es cierto y que no miento un ápice y el pollito será mascota hasta cuando los rastros semilíquidos de su parte posterior sean más antipáticos que su tierna irracionalidad y termine el pollito engordando para un sancocho ginebrino con sus presas asadas. El pollito ya es muy confianzudo. Se me trepa encima empezando por el empeine del pie, sube por la pierna, luego la rodilla y allí descansa un poco para luego seguir por el muslo, se para en la cadera a observar pero sigue y se trepa por el tronco y se posa en el hombro y no contento con ello, como si deseara coronar, se trepa encima de la cabeza y allí hace su gracia digestiva. –Pollo pa`la hoya-, grito yo ofendido. Esto me pasa por estar de condescendiente con ese animal que no tiene inteligencia más que la de seguir a lo primero que se mueva así sea una hoja movida por el viento.

Posdata: Ocho meses después… Finalmente el pollito se lo llevaron para El Palomar, la casa de recreo en el Kilómetro 30 de mi cuñada y mi suegro. El pollito creció y se hizo gallo. Hoy es feliz y disfruta de ser el único gallo en un nutrido gallinero. Le pusieron de nombre Isabelo, en honor a su protectora, mi hija Isabel.

FIN

Cali, corregimiento de Pichindé, Mizinga, marzo 16 de 2007

Por: Juan Fernando Conde Libreros




1 comentario:

la siesta del mapache dijo...

Qué bonita historia y que narración tan relajada y simpatica, felicitaciones Juanefe.