miércoles, 3 de junio de 2009

UN POEMA DE LEYENDA


Por: Jorge Benalcázar V.

Fue una mañana al comienzo de los años 70. Mi vuelo hacia Cali había sido aplazado hasta la noche de aquel día, y la condena de permanecer en el horno que hacía las veces de sala de espera del muelle nacional en el destartalado aeropuerto internacional Ernesto Cortizos de B/quilla, se convertía en una pesadilla insufrible; decidí entonces enfrentar ese contratiempo en un sitio mas amable.

No fue necesario pensarlo mucho, siempre he creído que el parque zoológico, las catedrales y las bibliotecas son los mejores sitios para sustraerse del bullicio canceroso de las ciudades, y ésta no podía ser la excepción en la otrora llamada- y con sobrados méritos- "Puerta de oro de Colombia".

Ese día especialmente, un sol implacable calcinaba sus arenas y las fachadas de las antiguas casonas construidas al mejor estilo Art Déco, aquellas en cuyos amplios salones se vivieron inolvidables tertulias, y donde Amira De La Rosa y Meira del Mar se desleían en música y poesía.

Frente a la jaula de la marimonda albina, el espécimen más visitado del parque, conocí a José Miguel Racedo, quien con jocosos ademanes quería llamar la atención del simpático primate, mientras su acompañante, un joven con apariencia de estudiante aplicado lo inquiría, en la jerigonza propia de la mayoría de los costeños, sobre un tema que llamó mi atención:

"Eeche viejo Jose, si Gabo hubiera hecho poemas, ya se habrían publicado, o al menos serían conocidas". A lo que respondió José Miguel:

"¡Nohombe que va!, quién te asegura que todo lo dicho o pensado por el maestro ha sido publicado, además qué tu sabes si es parte de su intimidá". Pasaron unos instantes, antes de que percataran mí mirada entrometida. Fue cuando el supuesto estudiante me miró y sin dar tiempo a reacción alguna, me lanzó una pregunta a quemarropa:

"¿Oye tú, sabes si Gabo escribió poemas?", y antes de siquiera pronunciar una sílaba, José Miguel replicó: "Panohablamá, un día te presento a mi amigo Lucho Consuegra, que sabe más que todos juntos sobre Gabito. ¿Te sabes alguno de esos poemas?, le pregunté; y tajante respondió: "No, pero recuerdo su belleza y sentimiento".

Un viento huracanado, de esos que los barranquilleros llaman brisas, me arrancó algunos de los papeles que sostenía, momento que aproveché para despedirme con un movimiento de manos, mientras a mis espaldas esos personajes, sin dudarlo, seguirían enfrascados en una discusión sin fin. Grande fue mi sorpresa al enterarme de la posible existencia de dichas composiciones, sin publicación ni reconocimientos conocidos, seguramente escritas bajo la complicidad de un seudónimo, o desechadas púdicamente en un cesto, cuando aún la gloria y la fama no habían enfrentado cara a cara al autor.

Pasaron muchos meses desde aquel encuentro. Una tarde, robándole una víctima más al abrazo hirviente del calor de La Arenosa, entré al sitio de moda por aquellos días, el Bar de Kike, donde se preciaban de servir la cerveza más fría de todo el litoral Caribe, y mostraban con orgullo la ostentosa decoración del sitio, el inicio de una época que en un futuro cercano llenaría de nuevos ricos, ordinariez, crímenes y corrupción a nuestra ya terrible y querida Colombia.

En una de las mesas se encontraba José Miguel, y al reconocernos, me dijo con euforia:

"¡Oye cachaco!, ven te presento a Lucho, el de los poemas". Ese día conocí a Luis Eduardo, al médico, ex-alcalde, cantautor de boleros y fiel depositario en su memoria de la para mi desconocida obra poética de nuestro ya reconocido escritor y exquisito manejador de la lengua castellana.

La oportunidad de satisfacer mi curiosidad y dudas al respecto se presentaba sin haberla programado; presto cambié de mesa e inmediatamente fui recibido como un viejo conocido y un invitado más de la fiesta que en ese momento se desarrollaba; porque si hay algo ponderable en los barranquilleros, es el atributo de la camaradería y la informalidad con que tratan a un desconocido y lo hacen sentir parte de su familia.

"De modo que tú eres uno de los que le prende velas a nuestro bardo, y desconoces sus cantos juveniles", me dijo, mientras colocaba en mis manos un vaso con fino scotch. Presentí entonces que esa iba a ser una entrañable amistad, que luego y por muchos meses se encargó de hacer amable mi estadía en esa desconcertante ciudad y compañera de largas y literarias caminatas por la playas de Neguanje, aquel rincón paradisíaco del Parque Nacional Tayrona, que desde tiempo atrás había convertido en mi segundo hogar, y que un día les regalé a él y a su amada Rosario.

Fueron necesarias unas cuantas copas, antes de verlo poseído por las Musas y la tierna mirada de Rosario, quién consecuente con el momento, exigió al barman silenciar al Alejo Durán que copaba el ambiente. Lucho, su amado juglar e inspirador de sus artes, era ahora el dueño de la palabra y levantando el vaso declamó con impostada voz:

Al pasar me saluda

y tras el viento que da el aliento

de su voz temprana,

en la cuadrada luz de mi ventana

no se empaña el cristal sino el aliento.

Es tempranera como la mañana,

cabe en lo inverosímil como un cuento

y mientras cruza el hilo del momento

vierte su sangre blanca la mañana.

Si se viste de azul y va a la escuela

nadie imagina si camina o vuela.

Porque es como la brisa, tan liviana,

que en la mañana azul no se precisa

cuál de las tres que pasa es la brisa,

cual es la niña y cual es la mañana.

Una lágrima corrió por la mejilla de Rosario, como si aquellos versos, seguramente escuchados muchas veces, hubieran sido inspirados por y para ella.

El auditorio gritó al unísono ¡bis!. Y mientras un Lucho radiante, repetía el poema, afuera la noche llegaba lenta, arropada con las nubes heridas por los últimos rayos de un sol implacable que se resistía a caer.

Después vinieron los comentarios al margen: Que si su autoría estaba confirmada y cual la edad cuando lo compuso. Lucho afirmó con un dejo de autoridad incuestionable, que fue escrito por el aquel entonces aprendiz de escritor, cuando enamorado hasta los tuétanos de una colegiala vecina, fue arrastrado sin defensa alguna a cometer poemas de amor. Rosario socarronamente y una vez repuesta del impacto producido por su amado declamador, insinuó que fue escrito por encargo para un desconocido y del cual obtuvo los primeros centavos por derechos de autor. Otro de los presentes, más osado y conocedor de intimidades costeñas, aseguró que por esos años, ya el autor intuía a Mercedes, la que sería su acicate, inspiradora y cómplice incondicional tiempo después.

Pasaron unos cuantos años desde ese día. Una madrugada de 1982, de aquellas en que la bendita lectura me llevaba de la mano por otros mundos, el odioso timbre del teléfono interrumpió el momento; descolgué con curiosidad…y una voz peculiar, tan lejana y querida, me transportó a esa tarde de poesía, descubrimientos y sentimientos encontrados:

"¡Ajá compañero y amigo!, te llamo para contarte que el poeta se nos volvió Nobel, estamos celebrando y queríamos hacerte partícipe de este evento y nuestra alegría".

Luego de un corto silencio se escuchó el chocar de copas, gritos de euforia y al fondo el sentido lamento de un acordeón desperezándose en el amanecer.

La verdad sobre este poema y su autor se mimetizaba, en ese tiempo, entre la leyenda y la fantasía. Más no importa, en la prosa de nuestro Nobel se camuflan delicadamente y sin tapujos la magia, la realidad, la poesía y la ternura.

Por: Jorge Benalcázar V. (11-08-08)

Taller de escritura RENATA-Cali




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