miércoles, 3 de junio de 2009

Quizá todo empezó cuando…




Por: Leonor María Fernández Riva

…Ahora que me lo pregunta, patrón, quizá todo empezó hace unos años cuando esas

montañas se jueron poblando de guerrilla.

Sí… quizá jue ahí cuando sin darnos cuenta todo empezó a pasar. Aunque para ser más

preciso, patrón, tal vez jue aquella tarde… Sí, patroncito. Una de esas tardes luminosas

de nuestro pueblo con el sol de los venados brillando a lo lejos. Así, más o menos como

ahorita. Y en resulta que todos los vecinos nos encontrábamos ajuera de nuestros

ranchos conversando, riéndonos y jartándonos uno que otro aguardientito. Estábamos

contentos… y ende que de pronto que esos chusmeros aparecen disparando y

arriándonos la madre. Y nos gritan que ahora ellos son la ley y empiezan a anotar

nuestros nombres en un cuaderno y en luego se entran casa por casa y se jartan y se

llevan todo lo que se les antoja. Y nosotros empavoridos, sin atrevernos a protestar, sin

saber qué hacer. Y cuando por fin se jueron, se jueron jalando también a nuestros

mejores animalitos y matando de un machetazo al padrecito Sergio, el único, ¡pa' qué

le voy a mentir, patrón!, que tuvo el valor de reclamarles.

Sí. Creo que jue esa vez, patrón. Aunque, pensándolo bien, quizá pudo ser también una

mañana varios días después. Sí… quizá jue allí; esa mañana en que riéndose a

carcajadas y diciendo palabrotas volvieron a visitarnos para reclutar por la fuerza a

nuestros hijos y a nuestras hijas jóvenes y dejarnos en su lugar la burla, la ausencia… y

la tristeza más verracas.

¿Está cansado, patrón? ¿No? Como veo que cierra los ojos. Bueno…ahí le sigo

contando. Fíjese que echando cabeza quizá jue más bien ese otro día cuando como

salidos de la maleza llegaron los paracos. ¡Dizque para protegernos! Y les creímos.

Hasta que nos dimos cuenta que eran igualiticos que los otros. Y ahí sí, ya no tuvimos

qué comer, y el ruido de la metralla y los muertos de lado y lado y el ladrido

desesperante de los perros y el terror más hijue puta… perdón, patroncito, pero es que

en de veraz que no hay otra palabra para describile ese terror, y en todo eso se hizo ya

parte inseparable de nuestras noches… y de nuestros días.

Pero quizá, patrón, no jue entoavía allí. Enverazmente tal vez todo empezó cuando nos

ilusionamos con la coca…Sí, fíjese usted, patroncito, ¡para qué se lo voy a negar! Nos

ilusionamos con esa pendejada y de a poquito a poquito juimos poblando de plantitas de

coca nuestras parcelas y las muy ladinas crecieron lindas y rozagantes con su lindo color

verde agua. Y dejamos de sembrar la yuquita, el platanito… y se nos jue olvidando

cómo sembrar la comidita porque ya solo queríamos sembrar coca y ya naide cultivaba

nada en las fincas y entonces tuvimos que comprar en el pueblo hasta la yuca más

infeliz y nos convertimos… Patrón, ¿ha oído hablar de los raspachines? Pues sí, nos

convertimos en raspachines. Así jue como empezaron a llamarnos en el pueblo.

Oiga, patrón, en de veraz se me hace que le canso con estas historias. Tiene usted cara

como de cansancio Acomódese no más en la silla pero tenga cuidado porque igualitica

que yo ella también tiene una pata mala. Perdone que me distraiga, patroncito, ¡esta

cabeza! Y es que no me había empuesto antes a cavilar en estas cosas y así de una es

bien difícil saber cuándo realmente empezaron a germinar. Pero fíjese que ahora que lo

pienso, quizá pudo ser también ese otro día; el día en que el ejército llegó de pronto al

pueblo; como dicen ustedes los estudiados, "de improviso". Y no supimos si sentirnos

contentos o asustados. Y nos reunieron a toititos en la iglesia y nos advirtieron que nos

llevarían presos si seguíamos sembrando coca y que "cuidadito con ayudar a la

guerrilla", que "cuántos eran, que ónde estaban…" Y nosotros asustados, ¡bien

asustados! y sin saber qué responder, pero sintiendo todavía más temor de los ojos y

oídos de la selva cercana. Y ahí sí que ya naide supo qué hacer ni qué callar ni qué

decir.

Por eso es que creo, patrón, que en talvez no jue entoavía ahí sino unas semanas

después cuando tombos y paracos se jueron, así, tal cual, en la mismitica jorma en que

llegaron y un silencio siniestro lo envolvió todo y nos quedamos a merced de los

chusmeros y esos malditos entraron al pueblo gritando y disparando y acusándonos de

ser sapos con el ejército y se llevaron a mi compadre Manuel y a otros dizque para que

confesaran. Y yo me salvé porque había ido al río a cargar agua. Pero sentí desgarrarse

toiticas mis entrañas y estallar mi cerebro al escuchar desde lejos sus gritos de dolor, el

llanto de las mujeres y niños, el repiquetear aterrador de la metralla y luego… ese

silencio de muerte que tan bien conocía y que lo envolvió todo como una mortaja.

Sí… Pudo ser ese día, aunque pensándolo mejor, patrón, quizá pudo ser también unas

semanas después cuando sin saber cómo ni por qué empezamos a caer uno tras otro en

esa trampa mortal en que se convirtió nuestra tierrita sembrada ahora de un horror

llamado quiebrapatas. ¡Arranca patas diría yo, patrón! ¡Arranca vidas! Allí muchos

murieron hechos mierda… perdón, patrón, pero es que así mismitico jue como

murieron. Sí… así murieron mis compadres el Eustaquio Ortiz y el Facundo Mejía y

luego, mis sobrinos Apolinar y Lucía, los pequeños hijos de mi hermana Martha, y

hasta un guerrillo del que nunca supimos el nombre, también murió allí desangrado;

naide se atrevió a ir por él a pesar de sus gritos y sus compañeros solo vinieron a

recogelo al otro día cuando ya olía mal. ¡Qué mal huele la sangre derramada, patrón!

Otros, como el Manuel Rosero y el Felipe Villota, perdieron las dos piernas, y otros,

más afortunados, como yo y el Florencio Torres, mediante la interjección de la

Virgencita de Chiquinquirá que siempre cargo en el cuello -mírela usted, patroncito-

solo perdimos una.

El doctorcito del pueblo ende que me llevaron de urgencia dijo que esta tierra siempre

está ávida y que por eso se apoderó tan temprana y vorazmente de mi sangre y de mi

cuerpo. Habla bonito el doctorcito. ¿No cree usted, patrón?

No sé por qué se me antoja que está usted cansado, patrón. ¿No? ¿Sigo entonces? ¿Ónde

iba…? ¡Ah sí! Le decía que quizá jue por aquellos mismos días cuando un sonido,

desconocido hasta entonces para nosotros, parecido como al de un moscardón en celo,

empezó a visitarnos todas las mañanas ¡El ruido de avionetas, patrón, dizque

fumigando! Al principio, ¡brutos que semos, patroncito¡, lo tomamos como algo

divertido y hasta nos burlábamos de las tales avionetas; seguíamos en nuestras siembras

como si nada, pero al poco nos dimos cuenta que nuestras hermosas matitas de coca

empezaron a marchitarse y entonces perdimos los largos meses de siembra y

comenzaron a ardernos los ojos y a salirnos ampollas en todo el cuerpo y nos dio tos y

dejamos de dormir y hasta de comer y el agobio y la angustia se adueñaron

definitivamente del pueblo y ya no hubo horizonte hacia ónde dirigir la mirada. Y ahí

jue, patrón, cuando muchos tomaron la terrible decisión de marcharse del pueblo

dejando abandonada su tierrita… y a sus muertos.

Perdone, patrón, que le insista. Yo lo noto como agobiado, debe estar cansado con mi

cháchara. ¿No? Bueno, téngame paciencia; a veces me confundo. Los recuerdos se

atropellan en mi mente, como peleando por ganarles los unos a los otros. Pero, bueno,

fíjese, patrón, que ahora que lo pienso tal vez todo empezó enverazmente cuando

llegaron las lluvias. No tengo todo muy claro, pero quizá jue luego de que las plantas de

cacao, los platanales, los yucales, y hasta las hermosas plantitas de coca empezaron a

ahogarse en medio de ese lodo turbio en que se jue convirtiendo la tierra antes

apisonada y fértil. Y el camino se convirtió en arroyo y la montaña empezó a deshacerse

y el rancho de mamá Rosario se derrumbó sepultándola, herido de muerte en sus

cimientos por esa humedad tremenda que lo iba corroyendo todo.

Aguarde no más, patroncito, mientras emprendo una vela, no tenemos luz desde que

esos condenados chusmeros dinamitaron la torre del pueblo hace ya unos meses. A ver.

¡Eso es! Así tenemos auncuando sea un poquito de claridad. Oiga, patrón, creo que ya le

tocó quedase a dormir aquí esta noche. Ya se ocultó el sol y no es bueno aventurarse por

estos caminos cuando dentra la oscuridá. Hágame caso, patrón, yo sé lo que le digo.

Quédese no más hasta mañana, así, de pronto empuede platicar también con el

Venancio; Venancio Flórez, patrón, al que todos le decimos "profeta" porque siempre

está anunciando cosas malas; él sí que habla más, pero mucho más bonito que yo,

patrón, porque jue a la primaria en la ciudad y sabe leer y escribir. Él puede contarle

mejor cómo y cuándo jue que empezó todo.

Perdone tanta interrución, patroncito. ¿Ónde iba? ¡Ah sí! Como le estaba diciendo, uno

cualquiera de esos días jue cuando yo creo que empezaron a germinar. Lo cierto es que

sin ninguna explicación en de pronto empezaron a brotar por todas partes. Yo jui el

primero que las vio. Al principio, no le niego, me aculillé, el campo asemejaba como un

inmenso lago de sangre; en de a veritas, patrón, que todo era igualitico a una inmensa

mancha de sangre. Después, vide que lo que me parecía sangre eran solo flores, muchas

flores, las más hermosas y raras flores que jamás había visto. Heliconias, patrón, unas

flores que se dan mucho por aquí silvestres, pero estitas de una color y una forma que

yo nunca había visto. Todo mundo se admira, patrón.

Las estamos vendiendo en la ciudad ¿Sabe usté, patrón? A la gente de la ciudad, a la

gente bien como usté les encantan, dicen que son "exóticas", sí, eso mesmo dicen. Y nos las compran toiticas. Han sido una verdadera bendición para este pueblo. Pero ahora el Venancio está hablando con gente que sabe del negocio de flores, gente de la ciudad, patrón, y dizque le han dicho que están interesados en vendérselas a los gringos. Que a los gringos les encantará su bello color rojo sangre y que nos las pagarán bien. ¿Usté qué cree, patroncito?

¿Cómo dice, patrón? ¿Que si no me asusta que algún día se acabe la cosecha? ¡Noooo, patrón! ¡Primero me muero yo! Las condenadas escogieron bien ónde brotar. Esta tierrita es muy fértil; ha sido bien abonada. Y como ve, patrón, no pasa un día sin que se deje de abonar.

Mi mujer, la Casilda, dice que están malditas, pero son pensamientos tontos. Ya sabe cómo son las mujeres, patrón. Siempre pensando en agüeros y pendejadas. ¡Que dizque algo malo le va a pasar a este pueblo! ¿Qué opina usté, patrón?

Fin

Por: Leonor María Fernández Riva

Leonor alimenta varios blogs para más información visita:

http://leonorfr.blogspot.com/2008/01/blog-post.html



2 comentarios:

Constanza Lema dijo...

Quizá todo empezó cuando...

Este cuento de una manera muy vivencial nos muestra dos caras de nuestro país que ya todos conocemos muy bien: el poder "dinero" y el lacayo sometido. Este último, un campesino con unas condiciones económicas lamentables y una educación nula que lo convierten en un ser muy frágil e inocente y para colmo, ni siquiera se siente ultrajado. La otra cara, es un personaje que no habla, afortunadamente no lo hace porque aumentaría la rabia que esta figura le produce al lector al identificarlo como un monstruo ambicioso que se valdría de cualquier argucia para lograr su cometido.
Es admirable el lenguaje preciso que usa el campesino, dándole el color real de su condición campesina y el manejo que da el narrador en primera persona de las descripciones de los lugares y de los hechos, dando como resultado un cuento con mucha cohesión.
Hay una frase sorpresiva que por rara suena bien: el rancho de mamá Rosario se derrumbó sepultándola, herido de muerte en sus cimientos...

Anónimo dijo...

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