lunes, 8 de junio de 2009

Padre: No registra


Por: Alejandro Liscano

Fajardo todavía no estaba muy seguro. Su vecino y amigo, Oscar, estaba decidido a hacerlo. Ya el plazo se había agotado y el patrón los presionada insistentemente. La vuelta debía hacerse ese mismo día y aunque no era momento para dudar, Fajardo conservaba algo de respeto por la vida de los otros. No era temor, era cuestión de integridad. A ratos parecía absurdo que alguien debiera morir. Por otro lado, era simple supervivencia. En la naturaleza unos mueren para que otros vivan.

Aunque Oscar era dos años mayor, Fajardo lo igualaba en físico. Eran un par de jóvenes flacos, de 18 y 16 años correspondientemente, con apariencia de mayor edad en sus rostros. Tenían en común la agilidad y la habilidad especialmente requerida para actividades al margen de la ley, como muchos del barrio.

En el otro lado de la ciudad estaba Alicia. Una mujer aún joven pero parecía tener la experiencia de los viejos para desempeñarse en el oficio de vivir la vida y llevar a los demás a hacer lo mismo. Tomaba el café de la mañana en la mesa de costumbre. Era dueña de la panadería, cuyas mesas invadían el andén. La mujer se encontraba ensimismada en la lectura. Esta vez no era el periódico, eran hojas con el doblez característico de las cartas. De vez en cuando se pasaba la mano por el cabello, quitándolo de en medio y acomodándolo detrás de la oreja. En ese momento su presencia invadía la panadería, la cuadra y el mundo. Ocurría lo mismo cuando tomaba pequeños sorbos de la taza; su belleza se hacía más evidente que nunca. Por más sutiles que fueran sus movimientos, hacía que la tierra girara en torno a ella; hacía parar el transcurso de los segundos y el caminar de los transeúntes.

Héctor, el panadero de cabecera, se encontraba siempre ocupado. Iba y venía, atendía clientes, recibía mercancía, revisaba las masas en proceso dentro de los hornos, ayudaba en la registradora, orientaba a los demás empleados. Hoy, al igual que todos los días desde hacía dos años, intentaba mantener el control y el buen desarrollo del servicio y de las ventas, mostrándose como un colaborador altamente agradecido con la panadería y con Alicia. Por esos días se esforzaba aún más en su trabajo.

Desde hacía días lo venía persiguiendo el pasado de años atrás. En ese entonces, para Héctor, la pobreza, el alcohol y la droga habían ido armando circunstancias que ahora lo obligaban a escapar de la ciudad. Varios negocios truncados por el vicio lo habían endeudado a un ritmo que no alcanzaba a cubrir. Durante los últimos dos años había ido abonando a la deuda con el patrón pero éste se había cansado de esperar. Ahora se hacían presentes las amenazas.

La carta que leía Alicia la iba envolviendo en una mezcla de sentimientos, de satisfacción, de cariño, de alegría, de tristeza, de todo a la vez. No obstante, en ese momento había algo que la inquietaba por encima de todo. Talvez era algo de la carta o talvez algo en el ambiente.

La carta decía lo siguiente:

"Doña Alicia,

Usted ha sido como un ángel para mí. Usted me salvó del vicio y de la calle. Nunca olvidaré lo bondadosa que usted ha sido conmigo. Soy conciente que cuando llegué a los alrededores de la panadería usted me atendió sin habérselo pedido. Créame que de todas las puertas que toqué nunca nadie se había portado tan bien. Yo estaba más cerquita de la muerte que de la vida. Usted hizo que dejara de sentirme totalmente solo. También estoy muy agradecido con el centro de rehabilitación y de no haber sido por su ayuda, no hubiera podido o no hubiera querido ingresar.

Luego el haberme dado trabajo en la panadería. Usted me dio la entrada para hacerle diligencias y de ahí sí para qué, pero también me doy mi crédito, yo me entregué al oficio para devolverle algo de todo lo que usted había hecho por mí y lo sigo haciendo. Quién iba a pensar que yo terminaría siendo panadero y hasta bueno, porque para qué, que sí.

Las almas tan buenas son muy escasas doña Alicia y usted es una de ellas. Aunque he tratado de hacer bien mi trabajo, no sabré como agradecerle todo lo que ha hecho por mí.

Le escribo todo esto porque me encuentro en una situación que me hace renunciar a la panadería. No quisiera mezclarla a usted más en mis problemas. Es sólo que no he terminado de enmendar mi pasado. Todavía me acorralan unos problemitas y no creo que pueda permanecer mucho tiempo en un solo sitio.

Yo me voy a tener que ir doña Alicia. Me duele mucho tener que alejarme de la panadería y de usted pero no tengo otra salida. No sé si en dos días o tres pero es ya. Sé que es muy rápido pero créame que no tengo más alternativa.

Le puedo prometer que no voy a recaer en el vicio y que seré una persona de bien. Bueno, si salgo de todo esto.

Con todo el cariño y agradecimiento del mundo,

Héctor

Eran las 6:30 a.m. A esa hora Alicia prefería ceder la mesa para dar lugar a los clientes y pasaba a echar una mano a sus empleados. De cualquier manera, era su presencia lo que realmente atraía a los clientes, quienes pensaban que era el aroma que escapaba de los hornos y las mesas que prácticamente los enganchaban a su paso por el andén. Tenía que ser mucha la prisa para no parar aunque fuese por un tinto.

Oscar había probado el revólver tres días antes, contra un indigente que parecía tener los días contados con los dedos de las manos. Esa vez nadie se enteró, sólo Oscar, el revólver y el indigente.

La moto estaba bien sincronizada, con gasolina de sobra y todo listo para hacerle el quite con rapidez a cualquier contratiempo. Fajardo ya tenía la estampita de la virgen del Carmen en un bolsillo de la chaqueta y el revólver en el otro bolsillo. Todas las balas en el tambor tenían el orificio en el plomo para que este se deshiciera más rápido y el riesgo de dejar vivo al paciente fuera menor.

La victima había sido estudiada durante varios días, a partir de la foto que les había dado el patrón. El de la foto era un tal Héctor, un panadero que permanecía en el lugar de trabajo. Esa constante facilitaba la vuelta.

Todo estaba listo salvo por Fajardo, quien parecía no acabar de hacerse a la idea. Había algo que no le cuadraba del trabajo. De cualquier manera, el asunto ya estaba decidido entre el patrón y Oscar. No había vuelta atrás.

6:45 a.m., Fajardo y Oscar se desplazaron hacia la panadería. Observaron desde una distancia prudente y pararon justo en frente cuando vieron que Héctor salía al andén a recibir un pedido de leche. Había dado el papayazo. Era más fácil hacer blanco afuera, a la luz del sol y sin gente de por medio.

Alicia acababa de subir a su carro, había recordado que no había dejado llaves para la empleada que le ayudaba en casa. Era cuestión de ir y volver para la hora pico. Al quitar la emergencia y al mirar hacia delante vio la moto que se interponía en su camino. Luego vio cuando uno de los muchachos sacó el arma y la apuntó, pudiendo ser hacia Héctor o hacia el señor del camión de la leche que estaba hablando con él.

No lo pensó dos veces, arrancó y atropelló la moto aunque no lo suficientemente fuerte como para que estos cayeran. Durante el impacto con la moto se oyó un primer disparo. Para entonces todos los ojos de la panadería estaban sobre los sicarios. Fajardo intentó dos disparos más antes de que Oscar arrancara sin lograr reponerse del imprevisto.

Alguno de los tiros había dado en el objetivo. Héctor estaba en el piso y sangraba. Inmediatamente, Alicia, haciendo de tripas corazón y como cumpliendo otro mandato divino, salió del carro y pidió al señor de la leche que le ayudara a subir a Héctor al carro.

Héctor yacía en el hospital, con pronóstico reservado tras una intervención quirúrgica para drenar la sangre de uno de sus pulmones. Su única acompañante era Alicia, esa mujer quien parecía más un ángel que un ser humano, una vez más rescatándolo de las puertas de la muerte.

Oscar y Fajardo pasaban el susto en el parque cercano a sus casas. El susto era más por el imprevisto y por la posibilidad de haber truncado la vuelta debido al choque del carro. Pero lo más importante era que habían salido libres de la zona de peligro. Después de eso, era como estar en otro planeta, nadie sabría que tuvieron algo que ver. Ahora era cuestión de esperar las noticias y cruzar los dedos para no tener que rectificar el acto.

Tres días después los muchachos seguían inquietos por saber que había sido del paciente hasta que la madre de Fajardo rompió la incertidumbre con una inocencia desgarradora:

-Mijo, apareció su papá. Está en el hospital después de un atentado que le hicieron. Dice que quiere conocerlo, que no quiere que se lo lleve la muerte sin haberlo visto a usted. El nunca se portó bien pero que carajo, mijo, un último deseo no se le niega a ningún muerto. Su papá se llama Héctor, Héctor Fajardo, por si quiere ir a preguntar por él-.

Fajardo salió corriendo para la iglesia, comenzó a llorar lo que lloraría por el resto de su vida. De ahí en adelante el mundo se le vino encima. Se dio cuenta que tocar fondo era todavía más abajo de lo que él creía haber vivido antes. Algo le había dicho la intuición pero la intuición nunca habla con suficiente claridad. Ya el daño estaba hecho, ahora quedaría muerto en vida por el resto de sus días; pues las penas del alma duelen más que los achaques del cuerpo.

De todas maneras, hizo lo que tenía que hacer. Esta vez cogió un bus para ir al hospital.



Por: Alejandro Liscano







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