miércoles, 3 de junio de 2009

Nostalgia de campanas


Por: Rodrigo Escobar Holguín

Te asombrabas de que no te dejaba vestirte solo, hasta que te acostumbraste apenas a decir "vísteme". Quién sabe qué pensarías de mis rarezas, de mis ceremonias con el vino, y ahora, cuando no tienes de mí sino una dirección electrónica, creo que te puedo contar. Es el momento de escribirte; está amaneciendo en el silencio sin campanas de esta ciudad que ya será la mía, y que aún, después de largos meses, me hace sentir por momentos tan extranjera. Ya no tengo sino los recuerdos de aquellos años; hubiera querido tener fotos pero no pude, y si no te escribo todo se me irá olvidando.

Mi mamá nunca me dijo nada de cómo eran las cosas. No sé qué hubiera pasado si no llega Rodolfo. Lo conocí primero en el colegio: nos enseñaba religión y filosofía. Era muy tierno conmigo, era delicioso. Tenía unos treinta y cinco años, las manos grandes y los ojos claros, grises, casi azules. Hablaba el español bien, con ese acento que para mí era música. No sólo religión, él a mí me enseñó todo. Cuando fue preciso me avisó de lo que me iba a pasar para que no me asustara. Fue mamá quien se asustó cuando le dije, con la mayor tranquilidad del mundo, que mi vida fértil había comenzado.

Poco a poco me fue llevando a comprender, a tener conciencia de mis miembros, de mi piel, de mi cuerpo; a reconciliarme con lo que iba sintiendo. Por las mañanas, él estaba en su despacho atendiendo a la gente, o en el colegio dando clase, y muchas tardes las tenía libres. De cuando en cuando las aprovechábamos para ir a un recodo del río. El agua era fresquísima, pero su cuerpo estaba siempre muy tibio. Jugábamos hasta el atardecer, y llegábamos de vuelta al campamento ya con los arreboles y un cansancio exquisito. En unas cuantas noches le enseñé a bailar a nuestro modo, no con ese brinquito aburrido que se gastan en su tierra. Para mí, al comienzo, él era lo máximo.

Me dijo que, para poder alcanzar los gozos dispuestos por Dios para nosotros desde la eternidad, habría que pasar ciertos umbrales. Yo le pedí que me ayudara. No sé si es que no quiero o no puedo casi darte detalles; lo que más se me ha quedado en la memoria son aquellos remojos con clara de huevo. Fue durante varios días, en la alcoba grande de la casa que le habían asignado, cuando, con mucha paciencia y delicadeza, a mis catorce años, fui entronizada. Me había dicho que iba a ser doloroso pero no lo fue casi. Me ha tocado oír de vez en cuando unas historias tan terribles, en el colegio y en la universidad. Fui muy afortunada.

Y luego, tenía razón: más allá de eso, no me imagino qué podrá ser el paraíso.

Comenzó a enseñarme algunos trucos de su oficio. En especial, cómo vestirlo. Me propuso que fuera su ayudante. Yo acepté feliz.

Nos encontrábamos de madrugada, antes del primer repique. Prendíamos un par de velas y el incensario, pues a esa hora la sacristía era un poco oscura; incluso también de día, pues sólo había una especie de ventana alta hacia el norte. Y dentro, dos sillas, una banca con espaldar, un reclinatorio, y una mesa de cedro muy sólida, sin clavos, muy bien ensamblada.

A esa hora una monja nos había dejado ya la ropa ceremonial sobre la banca, y en la mesa, una jarra con agua, un aguamanil y una gran toalla. Cuando llegaban las fechas propicias, yo iniciaba quitando todo de allí - dejaba apenas la toalla; nuestra ropa la poníamos con cuidado en las sillas. Para entonces el incienso se había suavizado hasta el punto justo. Después de las primeras ternezas, venía el momento cuando me acomodaba de espaldas sobre la mesa, con las caderas al borde, y él, con sus manos sobre mi cintura, me llegaba de pie, mientras yo me iba sintiendo, quizá no en la gloria celestial pero sí cerquita, marcándole ritmo con los pies al pecho. Otras veces me quedaba parada, sintiendo el frío de las baldosas, y me apoyaba con la cara y los brazos sobre la mesa. Pero entonces no podía sino sentirlo y oírlo, me quedaba sin ver esos gestos salvajes que se iban volviendo más y más demoníacos, hasta que, de súbito, un grito de su garganta lo transformaba en un ángel cansado y desfalleciente.

Luego de la culminación, intercambiábamos lugares. Él se quedaba boca arriba, sobre la mesa, recuperando el aliento. Y yo allí junto a él, de pié, inclinándome, acariciándolo con mis labios. De cuando en cuando veía que hubiéramos podido repetir, pero ya no era hora. El segundo repique nos encontraba descansados. Para mí, esas campanas anunciaban, no tanto la proximidad de la misa, sino la cabalidad del rito ya cumplido. Me ponía rápido la ropa –apenas la batica, las medias y los zapatos, para no perder tiempo - , y comenzaba a vestirlo, gozando cada prenda. Primero los interiores, siempre blancos, como una pantaloneta de algodón suave, con lo que se me antojaba, en el centro, la ventana amplia para una dama mimada a quien le encantara recibir dulces serenatas, y al mismo tiempo, el ojal de la ruana de un campesino fuerte, orgulloso y altanero.

Después las medias. A cada una la recogía en acordeón, le ensartaba la puntera en el pie, y luego se la iba subiendo hasta que quedaba bien puestecita, mejor de lo que lo hubiera hecho su madre cuando niño. La camisa, con cada botón rezado, asegurado y defendido por los santos más propicios a ese corazón que había dentro y que todavía estaba latiendo tan fuerte como este otro. Al cerrar los pantalones había que extremar los conjuros para asegurar que cuando volvieran los días buenos su pasión siguiera tan intensa y tan leal como hasta ahora; los zapatos exhortados a que no lo llevaran por otros caminos distintos de los míos; entonces pasaba a la banca de las prendas litúrgicas y le ponía el alba, y luego, la casulla y la estola. Lo peinaba, y era cuando yo finalmente me colocaba la sobrepelliz.

Y al tercer repique salíamos a dar la misa, relajados y tranquilos.

De vuelta en la sacristía, tomábamos más vino. Si no había otra misa enseguida y sentíamos la necesidad, era la ocasión para efectuar una vez más la ceremonia. Si no, yo me acababa de vestir.

Lástima: luego me di cuenta de que él no se sentía tan tranquilo. Llegó un momento en que comenzó a verme como un problema. A veces se ponía hasta violento. Una vez organizó una kermesse en cierta empresa y no quiso invitarme, pero yo tenía mis contactos allí y pude hacerme presente, para su sorpresa y su ira. Me dio una bofetada, me golpeó el brazo. No sabes lo feo que se ve un moretón sobre este color dorado páez que disfrutaste tanto. Por eso me vine a la capital; me conseguí un trabajo y me gradué de lenguas modernas. Unos años después de mi escapada, él regresó a Barcelona.

A veces volvía y siempre me buscaba. Luego me le perdí, hasta un año largo antes de mi viaje cuando resolví volverlo a ver, ya por la edad. Nos encontramos en lo que quedaba del campamento. Habían destruido casi todas las viviendas, sólo estaban en pie la iglesia y la casa cural. Me reclamó que dónde había dejado mi cinturita. Me dijo, con el pelo blanco y la piel arrugada, que aún gozaba del baile. Por eso me puse a contactar a los viejos amigos y en pocas horas armamos una fiesta. La terminamos con unas cuantas compinches en la sacristía. Increíble: la mesa, la banca, las sillas, todo seguía allí. Le di mi cámara a Paola para que me tomara fotos, y me puse a loquear sobre la mesa. Me ponía igual que antes, sólo que ahora vestida, claro. Él, como un beato que acabaran de ascender a los altares, me miraba y apenas sonreía. La idiota dejó caer la cámara, que se abrió del todo sobre el piso. Por eso no puedo mandarte sino texto.

No me gustan las despedidas. Sin avisarles, salí de allí, me fui al parqueadero y volví a la ciudad.

Poco después tú y yo nos conocimos. Ya ves por qué te fue tan fácil conseguirme con aquella botella de vino. Allá no me quedaban sino unos mesecitos; ibas a ser el último de mi vida en Colombia.

Por: Rodrigo Escobar Holguín

Blog personal (no oficial) : http://peldanosdearena.blogspot.com/2006_10_15_peldanosdearena_archive.html








2 comentarios:

ana maría - penélope dijo...

Género epistolar. Impecable manejo del lenguaje, puntuación, gramática y ortografía. Un texto muy bien cuidado. De un estilo ameno, nos lleva por el camino de la confidencia, manejando la tensión y el interés de quien lee.
Escrito en primera persona, ella lo vivió, ella lo narra. Interesante: que un escritor hombre haga el escrito, como si fuera una mujer. Me gusta mucho. Es convincente. Además el abordaje del tema tiene mesura, un tema, por demás que podría causar polémica y reticencias éticas; pero se muestra de una manera natural, sugerente. Además una historia redonda porque ella recrea toda su relación con ese nuevo amante, los mismos rituales, gestos repetidos. En fin. Siempre seremos los mismos.

Ximena Aldana dijo...

Ah las transgresiones...! cómo nos fascinan. El romance de un cura con una niña de 14 años, doble reproche, doble motivo de censura, pero a diferencia del texto transgresor de la semana pasada, la ternura, erotismo y la ausencia de violencia, lo tornan hasta excitante pa qué..... Por otro lado me impresionó el conocimento de los aperos clericales. Quédé intrigada con la historia paralela pero oculta, la de la protagonista con el destinatario de la carta, porque inicialmente parece ser un compañero de larga duración, pero al final dá la impresión de no ser más que un amante ocasional.