miércoles, 3 de junio de 2009

MUERO


Por: Diana Mazuera

El fuerte olor a hierro me ha despertado y el frío, tan punzantes como lo fue su última mirada. ¿Cómo pude dormirme? Suponía enfrentarlo de principio a fin, como nunca enfrenté ninguno de los conflictos que uno a uno me trajo a esto. Debo estar cansada o será mi cuerpo que ya pierde el ralo nervio que restaba en él.

¡Ah! No fui capaz de darle la cara una última vez, no hallé peso en mi mano cuando intenté llamarlo, al menos para que supiera que finalmente estaba resuelta a hacerlo. Bueno, no importa ya. Está hecho, y ha sido mi decisión. Por lo menos, miraré a la muerte a los ojos cuando llegue, y será pronto; ya podré darle una cálida bienvenida. Me pregunto cuánto tiempo me habré perdido de esta lenta agonía… que cambia, mientras me alejo.

El dolor sigue, tal vez me acompañe a la penumbra, no lo sé, sólo sigue, y es irónico después de todo, sea ahora mi única compañía. Es intenso. Ya no es el dolor del cuerpo, ese ya no lo siento, tampoco del frío que invade mis huesos; no son siquiera las profundas cortadas en las muñecas, que practiqué con cautela y en la dirección correcta para no estropear tanto esfuerzo, al menos por ésta única y ya última vez. No, es el dolor del recuerdo, del recuerdo de sus manos, de sus ojos, del abrazo a su cintura, de su voz, y de su olor, que fue siempre tan íntimo y reconfortante. Al menos eso no me lo pudo arrancar. Pierdo concentración, es difícil no distraerme repasando las historias que se desdibujan y pierden sentido. Sin embargo, no me dejan ir ¡Basta!

¿Acaso lloro?, no recuerdo haberle dado esa orden precisa a mi cerebro. Siento lágrimas correr por mis mejillas, una detrás de la otra, eso creo, pero en mi posición, no puedo ver más acá de mis pechos y la debilidad no me deja mover ni un dedo para tocarme el rostro. Son lágrimas. Inmóvil, creo escuchar su gorgoteo cuando caen de mi mentón buscando el líquido ahora tibio que resume mi existencia, debe ser que ellas, cómo mi sangre, huyen de mi cuerpo a calentar mi lecho. ¡Ja! Tal vez intentan salvarme. Pobres…

Ya sólo espero que sea él quién encuentre mi cuerpo mañana. Al menos así podré regalarle un cuadro bello para que conserve en su memoria: mi lívida desnudez flotando en un cuenco de agua escarlata. ¡Sencillamente hermoso! Hasta yo me regocijaría… Solía decirme que le encantaba mi cuerpo, que le sentaba perfecto, luego me besaba los labios y se tumbaba a mi lado. Pensé que así sería para siempre, ahora, ni siquiera puedo asegurar que venga.

¡Bah! Para qué preocuparme, ya ni atino a extrañarlo, tampoco a arrepentirme de nada. Sólo siento la opresión del dolor en el pecho, robándome el aire. Aguanto. La conciencia ya abandona lentamente mi mente, y mi cuerpo, sin peso, me es cada vez más ajeno… Se siente bien el vacío, la desesperanza, me reconforta. El final debe estar cerca, suspiraré una vez más.

Clavo ahora la mirada en la ventana del baño, mientras mis ojos finalmente se apagan. Es curioso el color de la luna esta noche, rojo, como mi lecho.

Por: Diana Mazuera Grisales / 2008



4 comentarios:

Julian Enriquez dijo...

"Muero", Nadie más que la primera persona para situarnos en el lecho de esa mujer despechada que se ha cortado las muñecas y va agonizando conscientemente; dando cuenta, instante a instante, de su deceso; sin patetismos, en franca y total aceptación de lo irreparable. La muerte llega y arropa su desnudez y mientras la hace suya los recuerdos campean en su memoria dolorosamente, más allá del dolor físico.

Es un texto franco, de femeninas sensaciones viscerales, romántico a más no poder. Coronado como suele suceder en estos casos por la tragedia, el desapego de todo cuanto existe y la añoranza de partir. No es un cuento, es el retrato de un escena suicida que al verbalizarse por parte de quien lo vive, se acepta, se añora y se ama.

A este "Muero" si lo analiza con juicio su autora le sobran los dos primeros párrafos. Enredan y nada dicen, al contrario, confabulan contra el texto para que este arranque con el pie izquierdo. Suprímalos, porque sólo a partir del tercer párrafo el escrito ya empieza a caminar bien.

Leonor Fernandez Riva dijo...

Diana Mazuera Grisales

Resumen: últimas vivencias de una suicida que decide poner fin a su vida cortándose las venas.
Personajes: la misma suicida
Párrafo rescatable: …así podré regalarle un cuadro bello para que conserve en su memoria: mi lívida desnudez flotando en un cuenco de agua escarlata.
Opinión personal: Creo que este tipo de experiencias se relata mejor desde una tercera persona como en el caso del cuento A la deriva, de Horacio Quiroga,, que si bien, no es el relato de un suicida, sí describe magistralmente los últimos desesperados momentos de un moribundo que se resiste a morir. El uso de la primera persona limita un tanto la descripción de algunos momentos sugeridos en el cuento como por ejemplo, el instante del sueño no deseado o el aspecto de la protagonista. La muerte en sí no es un valor literario y no hay muerte que convierta un cuento en algo mejor de lo que es. Aunque el relato por su sola temática debería conmover, la autora no logra cumplir con este cometido por algunas dificultades graves en la gramática que dificultan su lectura y hacen perder belleza y fluidez al estilo.
Positivo: una descripción bastante fiel de la soledad y la angustia que llevaron a la protagonista a no aplazar más esta fatal ( y diría yo, estúpida) decisión.
Con todo respeto aconsejaría: Revisar el estilo y la gramática en general.

Alex Camacho dijo...

MUERO

La idea que alguien muera literalmente de amor parece exagerada siempre. Nadie le recomienda a otro, con la mano en el corazón, matarse por haber acabado su relación. Es cierto que una tusa bien alimentada da ganas de salir con un pica hielos a perforar estómagos, pero para nuestra suerte un miligramo de razón que no nos ha abandonado nos ataja. Pero cuando las cosas se salen de control y alguien decide dar el salto, y ese alguien es el personaje del relato que estoy leyendo, tengo que entender su dolor, sufrirlo por un instante para que el adiós a mí, su lector, me duela.

Max Stroh dijo...

Minucias:
Primera frase: ¿es punzante el frío o son punzantes el frío y el olor a hierro? Hay un plural raro...
Tercer párrafo: dice "...y es irónico después de todo, sea ahora mi única compañía." Propongo: "...que después de todo" o "que sea ahora...".
Tercer párrafo, última frase: pierdo concentración y pierden sentido; opino que son pérdidas muy seguidas.
Cuarto párrafo: "...cómo mi sangre"; como debe ir sin tilde.
Quinto párrafo: "...que sea él quién encuentre mi cuerpo..."; quien debe ir sin tilde.
Sexto párrafo: "Se siente bien el vacío, la desesperanza, me reconforta"; ¿qué reconforta: la desesperanza, el vacío, o ambos?. Parece un uso equivocado de la puntuación.

Personas que leyeron el escrito no están seguros si ocurre en una tina o un lecho. Yo pienso que en un lecho.
No me quedó claro del primer párrafo lo del olor a hierro ni lo del ralo nervio.
Interesante el contraste térmico que manejas con el frío que siente ella y el calor de la sangre.
Valoro la intención de impactar todos los sentidos del lector.
Encuentro frases exitosas: "...y mi cuerpo, sin peso, me es cada vez más ajeno..."; "...suspiraré una vez más."; "...su olor, que fue siempre tan íntimo y reconfortante."; y la última, "Es curioso el color de la luna esta noche, rojo, como mi lecho.", indica un pensamiento final intrascendente, distante de los sentimientos y emociones del momento, buscando elevar el tono final de la historia.

Si yo observo la narración como un suicidio por amor, esta perdería credibilidad. En realidad, son el odio y la venganza, los motivantes. La intención de causar sufrimiento cuando él vea y conserve en su memoria "la lívida desnudez flotando..." ¡Que se sienta culpable, carajo!
Finalmente, pareciome claro, descriptivo, sentimental.