miércoles, 3 de junio de 2009

LECHE DE JARRA


Por: Fernando Gallego

Cumplidos los cinco años, mi estado de salud era tan precario, que se pensaba que no me criaría, después de una de las tantas pestes que me asolaron, el médico recomendó un cambio de clima: "doña Alicia, le dijo a mi madre, lléveselo a temperar, ojala y pueda tenerlo una temporada en el campo".

Mis tías abuelas, hermanas de mi abuelo materno, vivían en una finca cerca de Calcedonia, zona cafetera, clima templado, y adoraban a mi madre, así que la cosa salió de bola-bola, me sacaron del kinder y allá fui a templar en compañía de mi abuelo Miguel, la idea era que permaneciera en el destierro unos seis meses.

El primer impacto fuerte se dio al día siguiente a mi llegada; como gran regalo de bienvenida me tenían un "cucarrón mierdero", así los llamaban, amarrado a un trozo de hilo, para los niños campesinos era un juguetazo, volaba mucho más entretenido que las cometas, era como una cometa con motor, para mí fue una ofensa, ¿cómo así que un cucarrón de regalo para mí? Si les tenía pavor, armé una pataleta de padre y señor mío, las insulté, les tiré una canastada de tusas que por ahí había y casi no me calman.

Era una hermosa finca, tenían ganado, caballos, potreros, sementeras, gallinas, cluecas con pollitos, marranos, frutales, bosque, río, peones, mayordomo y una casa que desde el principio fue mi fascinación: La Elda (helda?), en aquel entonces las fincas cafeteras tenían una, construcción pequeña con techo deslizable para secar el café.

Allí conocí todo esto, y aunque muchas cosas nos las habían mencionado en el colegio, era mi primer encuentro con la naturaleza. Las gallinas ejercían sobre mí un efecto mágico, pues me encantaban los huevos, así que ver de dónde venían era totalmente sobrecogedor. El establo, donde se ordeñaban las vacas también me alelaba, eso de sacarle la leche a esos animalotes me mantenía muy pensativo y preocupado, las razones eran dos, cuando las vacas se echan en la tierra, la ubre y las tetas quedaban en contacto con suelo, para mí eso era una suciedad, pero lo más preocupante era que ya había visto que los terneros se metían la lengua en la nariz, en nuestra familia el hurgarse la nariz se llamaba "colmenear" y era considerado una cochinada, así que cuando vi que antes de ordeñar, el bendito y colmeneador ternero le chupaba las tetas a la vaca, decidí que yo no volvería a tomar leche de vaca.

A la mañana siguiente cuando me ofrecieron la famosa postrera (leche ordeñada directamente en el vaso quedando muy espumosa), les advertí que no volvería a tomar eso, y expuse con toda firmeza mis razones.

Tronco de problema para Teresa, Matilde y mi abuelo- quienes eran los responsables de que yo me "repusiera" y se habían comprometido a mandarme para Cali gordito- pues ¿sin leche que muchacho se puede criar?

Al día siguiente mi abuelo resolvió el problema de una manera salomónica: "mi nieto tiene razón dijo en tono solemne cuando desayunábamos, de hoy en adelante vamos a comprarle leche de jarra y no me le vuelvan a dar esa sucia leche de vaca". Así se hizo y todos felices, el muchachito regresó a casa, después de unas super-vacaciones, totalmente repuesto y lleno de experiencias nuevas para lucirse en el colegio.

Por: Fernando Gallego





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