miércoles, 3 de junio de 2009

La clave


Por: Hernando Aldana Velásquez

-Cuatro a la derecha

-ajá,

-seis a la izquierda

-ajá,

-nueve a la derecha

-ajá,

...no te oigo,

-mi mamá está tapando

-oootra vez...

-Ya la abrió!

-Ahh!

-Cuantos meses llevamos en esto?

-No sé, no tengo afán.

-Nooo? De quien fue la idea?

-Es curioso, siempre llegamos al mismo número.

-Apurate que llegó el bus.

-Niñas!

-Ya vamos!

Bajaron los diecisiete escalones haciendo el mayor escándalo posible, en el dieciséis oyeron un grito atronador.

-Papá amaneció de buen genio.

-Te parece?

-Siempre grita en el noveno.

-Vos lo contás todo. Qué manía.

-Hija de tigre...

-Yo si creo.

El bus descendió serpenteando por las calles mojadas, evadiendo autos, transeúntes. Sarah empezó a adormilarse, luego sintió un peso sobre el hombro, subió el brazo y acaricio una mejilla con una barba incipiente.

-Otro adolescente menos.

-No creas, todavía se me va uno que otro gallo y me siento

como un pendejo.

-No vale la pena, sentirse mal entre tanto idiota.

-No querés a ninguno.

-A vos

-Y a Julián, a Mateo, a Sebas, a San...

-Ya, ya, lo que me faltaba, además de adolescente celoso.

-Me callo pero me seguís acariciando. ¿Y es que vos no sos adolescente y además buenísima?

- Esos pelos raspan.

Despertó frente al colegio, sobre su rodilla estaba la mano de Joel, lo miro a los ojos y luego a la mano. Con una pereza enorme Joel quito la mano que conservaba la forma de la rodilla. Así estuvo toda la mañana con su mano en cóncavo, pensado en las superficies convexas de Sarah.

A la mañana siguiente, como en todos los meses anteriores, Sarah y Doris recién bañadas, en uniforme, listas las maletas, estaban apostadas en la ventana. Detrás de la cortina, Sarah con unos pequeños binoculares miraba hacia la pieza de Max y Dahlia que quedaba en la otra ala de la casa, un patio de por medio de la alcoba de ellas, y Doris con una libretita y un lápiz.

-El bus!

-Que pasó, ¿no la va a abrir?

-Que par de tontas!, hoy se madrugó para el aeropuerto.

- De viaje?

-Y creo que por un tiempo largo

-Muchas maletas?

-Muchas.

Don Max regresó después de dos meses. Llamaba todos los días, siempre y al final de la conversación preguntaba por ellas y luego hacía pasar a Doris y a la llamada siguiente a Sarah. Las mismas preguntas, siempre sobre el colegio, la hora de acostarse, el mismo tono rígido, seco, de pronto decía algo que a él le parecía un chiste y entonces se lo celebraban.

De no ser por Sarah, Doris habría abandonado la tarea de espiar el momento que Don Max abría la caja, casi siempre a la misma hora, y siempre cuando salía del baño, con gotas de agua sobre unos pelos largos desperdigados a la altura del cuello, que se veían enormes por los binoculares. Una vez Dahlia se quedo mirando directamente a Sarah, esta se quedó quieta, sabiendo que cualquier movimiento podría producir un destello en los lentes. Muda, con la respiración contenida, esperó que se retirara, luego se dejo caer de espalda sobre la cama.

-Qué pasó?...

-No te asomés, mamá casi me pilla...

Una mañana después de casi un año de espera, Don Max hizo muy despacio todos los movimientos, Dahlia no se atravesó, ni cerró la cortina, entonces completaron la clave. Solo les faltaba un número y el sentido de un giro. Ahora había que esperar a que los dos se fueran de viaje, entrar a la alcoba y poner en ejercicio todos los números y giros que había consignado Doris en la libretita donde también apuntaba el período.

Ese día llegó más rápido de lo que pensaban.

-Sacá la libreta que Edelmira no sube a limpiar tan temprano. Era un sábado, estaban en piyama. Entraron sigilosas. Sarah fue directamente a la pared, abrió el cuadro que ocultaba la caja fuerte empotrada, Doris abrió la libreta y busco una vez y luego empezó de nuevo. Sarah con la mano en la perilla la miro a los ojos.

-Dale que no hay prisa. Doris pasó cada página lentamente. Aquí está.

-cuatro a la derecha

-ajá

-seis a la izquierda

-ajá

-nueve a la derecha. No digas más ajá, sí?,

-once a la izquierda

-Abrió?

La miro con la mano en la palanca, la giró y la caja abrió.

-Por fin!

Adentro había papeles, títulos, acciones, dólares, dos pasaportes y un sobre grande de manila con cierre de cuerda, collares, anillos, pulseras, gargantillas, un revolver, municiones.

-Sacaste todo?

-Todo

-¿No hay más?

-No queda nada.

-Nada?

-Asomate.

Se apoyó en Saráh, se empinó, metió la mano y toco todas las superficies.

-Nada.

Regaron el contenido de la caja en la cama, miraron todo, contaron los dólares, se pusieron los anillos, las pulseras, las gargantillas y se acostaron en la cama doble con los brazos estirados, contemplaban las joyas.

-Esto era todo?

-Y qué esperabas?

-No sé.

-Miremos el sobre.

-Tiene estampillas de los Estados Unidos y la dirección del apartamento de papá en Nueva York. Lo remiten de una oficina en Brooklyn.

Sarah vació el sobre en la cama. Miró cada uno de los papeles mientras Doris seguía midiéndose todas las joyas.

-Que dicen los papeles?

-Están en inglés

-Y?

-Esperate

-Hay un papel con la foto de dos bebes.

-No me vas a decir que tenemos hermanitas...

-Somos vos y yo

-Y que hacemos en ese papel?

-Es un documento de adopción, será que somos adoptadas?...

-Que tal, lo que faltaba!

Sarah se quedo mirando el papel, lo leyó una y otra vez, luego se acostó y se fue despojando de cada uno de los anillos, la pulsera, la gargantilla. Se cubrió con el papel y lloró como una niña.

-Sarah!,

-Que viste, que decía el papel?

Sarah se lo alargó, Doris lo leyó y empezó a llorar.

-Edelmira! Si viene Joel, dile que nos fuimos para el Saladito, cerró la puerta, fue a la cama, se enrolló al lado de Doris y la abrazó.

Lloraron toda la mañana, se quedaron en la alcoba en piyama, no bajaron a almorzar ni pasaron al teléfono.

Al lunes siguiente llegaron al colegio con los ojos abotagados y con cara de pocos amigos, nadie les dijo nada.

-Acérquense, dijo el profesor de fotografía a toda la clase.

Abrió un libro cuadrado con tapas plateadas sobre el escritorio.

-Vamos a mirar las fotografías de este libro.

El tema es el bodegón. Van a ver cada foto y luego espero oír comentarios.

Sarah se acodó en el escritorio mientras sus compañeros hacían comentarios buenos, pertinentes, pésimos. Sarah seguía en la misma posición oyendo opiniones y mirando cada foto.

-Sarah, que nos podes decir de esta foto?

Era la foto de una toalla a rayas colgada sobre una pared blanca, de superficie irregular destacada por la luz rasante que parecía venir de un lugar alto y a la izquierda.

Sarah seguía callada. Se irguió y miro la foto detenidamente.

-¿Una toalla colgada en un pared es una fotografía? Dijo alguien.

-Yo creo que sí. Dijo otro.

-No es una toalla colgada dijo Sarah.

-¿No es una toalla colgada? preguntó el profesor.

-No, el fotógrafo puso algo pesado dentro de la toalla, le pidió a alguien que la dejara caer muy cerca de la pared y tomó la foto en el instante que esta caía

-¿Y?... preguntaron todos

-Luego la hizo publicar así, invertida.

No dijo más, se abrió paso, salió del salón, caminó hacia el patio y se sentó en la banca debajo del palo de mango.

Por: Hernando Aldana Velásquez

Cali, marzo del 2009

Un texto del autor en: Revista de poesía clave
http://www.revistadepoesiaclave.com/no%2010/nuevas%20voces%20hernando%20aldana%20velasquez.htm







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