miércoles, 3 de junio de 2009

Hilos

Por: Jesús David Valencia

Fue larga la condena de Araman De Casto. Algunos dicen que encontró reposo bajo las sombras de Altai; otros, que nunca se hizo a un lugar fijo en el mundo: su carne quedó esparcida por siete continentes. Entre las leyendas que cantan la miseria del hombre juzgo a una singular, aquella que narra la consumación de su venganza.

Para quienes han repasado los 14 infiernos que la tradición grouklin refiere (Celos es el nombre del primero y Amor el del último), quizá no sea indiferente el hecho que suscitó la desventura padecida por De Casto. Ahora lo refiero:

Araman fue el nombre de una familia de titiriteros que itineraron en la región septentrional de Iloria durante 14 generaciones. De Casto fue el último de la estirpe, su habilidad no era poca: los más imaginativos lo decían capaz de hacer llorar a la madera; los menos, que era único en el uso de la marioneta de 47 hilos. De ninguno se escuchó que De Casto fuese menos grande que sus predecesores.

Canta el Grigthurbendein que Araman De Casto visitó la corte del rey Darico, Hijo de la Peste, el cuarto día del Carnaval del Pastoreo. El rey ordenó al artífice representar una comedia en el jardín de amapolas de palacio. El titiritero aceptó: tensó los hilos, limpió las telas, recogió los algodones y dispuso su pequeño recuadro de ilusiones para realizar prodigios. En mitad del acto, cautivo todo el auditorio, salvo una excepción, Araman dispuso uno de sus trucos ejemplares: hacer que una marioneta se negara a obedecer los hilos que la gobernaban. El consejero del rey Darico en materia de traiciones vio en el ardid un esbozo de sedición. El rey Hijo de la Peste acató el comentario, detuvo el espectáculo y condenó a Araman a quemar él mismo su tinglado, sus marionetas y las telas que adornaban su pequeño escenario. Ante las flechas y las lanzas, Araman obedeció.

Cantan los que saben de Tradición que tras cada crujir de la madera el alma del titiritero se difuminaba.

No contento con aquel material padecimiento, el consejero del rey sugirió privar de ojos al artífice. El cuchillo incandescente hizo bullir las vistas y Araman fue ciego. Lo expulsaron de la ciudad, cubierto de saliva y de desprecio. Solo quienes contaban con menos de 8 primaveras acompañaron en tristeza al titiritero.

Las huellas de Araman de Casto se hicieron más profundas desde entonces. Deambuló por un desierto de cenizas; por playas de arena y huesos; por el bosque en que innúmeros ojos acechan bajo tierra. Fue atroz el dibujo diseñado por sus pasos. Dejó de ser el más grande titiritero de Iloria en la memoria de las gentes para convertirse en Araman el Loco, El Errante. Comía lo que la piedad le regalaba. En el crepúsculo, se sentaba bajo sombras a recitar en voz baja las historias que no deseaba olvidar, hasta hacerse una de aquellas.

Treinta veces cayeron las hojas de los árboles desde el día en que Darico, Hijo de la Peste, ordenara ausentar la vista del titiritero.

Promediaba el mes del Sol cuando las tiendas se levantaron en la ciudad: era tiempo de celebración y regocijo: el fin de una larga guerra. Varios arribaron con sus mejores galas para presenciar la entrada triunfal del anciano Darico, Hijo de la Peste, sobre su corcel azul, a la vanguardia de su vencedora milicia. Entre la multitud, un empequeñecido hombre murmuraba salmodias, ciego y mugriento. Las trompetas estallaron; las altas puertas se abrieron; el rey regresaba a la ciudad capital de su rudimentario imperio; los vítores desgarraron desde las gargantas; el hombre empequeñecido continuaba con sus rezos.

La procesión recorrió los 6400 pasos que separaban la puerta principal de la ciudad de la plaza de armas. En el lugar, un maravilloso tinglado había sido levantado: el consejero del rey en materia de traiciones dispuso de los mejores artífices de Iloria para representar la batalla decisiva del Fortín de Umbala, última de la guerra. La concurrencia se agolpó alrededor del escenario; los actores eran de madera. Sonó la música como trinar de pájaros y reclamo de tormentas. Las luces y los artificios llenaron al tablado y al corazón de las gentes de ilusiones.

Llegó el clímax de la representación: la batalla individual del rey Darico contra el duque de Umbala, severo y feroz. Los títeres guerrearon sobre la torre más alta del fortín; los metales sacaban chispas de las miradas. El que representaba al duque enemigo se movía con habilidad carnal, suave, diestra, acompasada. Los espectadores más viejos reconocieron en aquella figura la maestría de una legendaria familia de titiriteros. Llegado el momento de la muerte del duque, las palabras correctas fueron pronunciadas por el artífice que manejaba los hilos del rey, el consejero en materia de traiciones en persona, pero la réplica esperada nunca asomó. En su lugar estas palabras: "Sabrán recordarme". Atónito quedó el auditorio al contemplar cómo el títere del duque de Umbala esquivaba la esgrima del títere del rey Darico, hasta clavar su lanza en el cuello del enemigo, atravesada la madera de lado a lado. Hubo silencio. Un reclamo sordo interrumpió: el rey Darico, el real, en su trono sentado y expectante, tenía una incurable herida en su cuello, un agujero que de lado a lado lo traspasaba. La soldadesca desenvainó presurosa; las gentes gritaron y corrieron. El rey Darico mantenía su mirada fija en el concejero en materia de traiciones, quien, perplejo, buscaba explicaciones y oídos ávidos de clemencia: catorce espadas atravesaron su pecho. Antes de morir, el rey Hijo de la Peste creyó observar una sombra abandonar el escenario. Una sombra ciega y sonriente.

Por: Jesús David Valencia






3 comentarios:

Max Stroh dijo...

Minucias: En el último párrafo, consejero debe ser con s.
Me gusta el juego de palabras: "bullir las vistas", "comía lo que la piedad le regalaba", "los metales sacaban chispas de las miradas", "catorce espadas atravesaron su pecho" (¡14!).

¿Otra historia más de venganzas, de justicia final, del mal castigado? No, en todo caso no otra historia más: la frescura juvenil de los lugares, personajes y épocas inventados y mágicos (que recuerdan epopeyas actuales como "El señor de los anillos"; la absoluta precisión de los detalles; la pulcritud en el uso de los adjetivos; la fluidez de la historia que avanza fácilmente; la contundencia de las descripciones que logran que los eventos se sientan, se oigan y se vean. Todo eso hace del escrito algo valioso y trascendental. Más que una promesa.

Laidy Rivera dijo...

Me quede sin palabras logra mantener la expectativa de princiio a fin,el lenguaje es propicio para la atmosfera que recrea, EL Rey, El ciego, EL consejero actuan en una obra echa solo para la traicion, la muerte y los hilos.....

Gracias por ese texto a el autor.

Rodrigo Escobar Holguin dijo...

Mi comentario sobre Hilos.

En esta ocasión voy a hablar de pintura.
Cuando Van Gogh llegó a París desde Holanda, ya era un pintor. Había producido una obra maestra resumen de su duro aprendizaje casi individual, Los Comedores de Papas. Pero el contacto con los artistas que trabajaban en Paris lo deslumbró, y se puso a pintar como ellos. Quien hubiera conocido a Van Gogh en ese momento, sin saber de su trabajo anterior, hubiera pensado que era un artista veleta que hoy imitaba a Seurat, mañana a Monet, pasado mañana a ...
Y se le hubiera podido preguntar: ¿Pero cómo pintarías tú, si te libraras de estar de mono imitador?
Para él fue un período de aprendizaje tan duro y tan intenso como el de Holanda. Estaba aprendiendo a manejar el color. Cuando lo logró, recuperó su hilo conductor y se expresó en un soberbio estilo de síntesis de sus experiencias y aprendizajes. Algunos de sus últimos retratos se podrían ver en sepia y se notaría que ha vuelto a nacer el artista de las tierras bajas.

Me parece que el autor de Hilos está en un momento parecido. Seguramente él tiene conciencia de ello, y eventualmente llegaremos a saber cómo es su estilo.

Rodrigo Escobar Holguín