miércoles, 3 de junio de 2009

EL SUEÑO QUE HABLA


Por: Andrea Serna

Cuando le permitieron a Luciana regresar a su casa luego de muchos años de prisión, le dijeron que debía cuidarse de hablar. Por eso, lo primero que hicieron al llevarla fue revisar que la casa no tuviera micrófonos ocultos u otros sistemas que ayudarán extenderle su voz. Después, destrozaron cualquier reproductor de palabras que estuviera a su alcance: lapiceros, hojas de papel, computadores; y hasta los espejos fueron retirados, porque temían que Luciana escribiera sobre ellos con la humedad que dejara su respiración.

A pesar de gozar de esta mediana libertad Luciana, en el primer día de su encierro, llevada por la obstinación de contar la verdad, deambuló por la casa buscando cómo escribir su historia, su penosa y triste historia. Hasta que la noche llegó y vencida por el sueño se fue a dormir.

Y esa noche Luciana como cualquier mortal, soñó. Y los sueños comenzaron a escapar de su conciencia. Traspasaron las paredes de su cuarto, subieron en espiral hasta el techo, rompieron tejados (algunos vecinos escucharon el estruendo), y viajaron por el aire, movidos por la prisa de un dolor profundo, hasta posarse en la ventana de un joven escritor que pensaba para ese momento en el argumento audaz de su próxima novela.

Por: Andrea Serna

2009


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