miércoles, 3 de junio de 2009

EL HOMBRE QUE ANHELABA SUICIDARSE



Por: Winston Espejo

Empezó aporreándose dentro del vientre de su madre al escuchar que fue fruto de un desliz. Neonato, horas después de intentar ahorcarse con el cordón umbilical, rechazó la leche que le daban, arañó las tetas maternas y vomitó toda clase de compotas. Todo, presumo, con el fin de perecer de inanición.

Apenas tuvo uso de razón, enojado porque le negaron un permiso para ver degollar a unas gallinas, intentó arrojarse desde un balcón. Su madre lo disuadió mostrándole cómo se destrozaba un huevo que caía desde su cintura. Y él, al ver el resultado, dio rienda suelta a sus usuales berrinches.

En la pubertad sorprendió a sus familiares cuando dijo que la vida era absurda y que nada, en absoluto, tenía sentido. Ni siquiera su bozo precoz o los forúnculos que se presagiaban en sus mejillas.

La edad de los dieciséis fue decisiva. Leyó a cuanto autor depresivo le nombraron; sobretodo a aquellos que sentenciaron por anticipado su destino.  Y a punto de cortarse las venas, dejando en claro que su decisión era un asunto filosófico,  tuvo su primera relación amorosa. Enamorándose a tal punto, que postergó la idea para cuando el amor llegara a la cúspide. Sin embargo, obnubilado, no sólo ignoró el momento de la cúspide, sino también su promesa y el recodo en que el amor comienza a disiparse. El asunto volvió a ocuparle cuando la chica, sin razón alguna, lo abandonó.

Por fortuna, contó su madre, por los días en que ahorraba para comprar un veneno, lo becaron en la universidad. Y pudo estudiar, sin costo alguno, psicología. Quería entender sus propias confusiones y ayudar a otros como él.

Terminó como pudo, aunque quedó aborreciendo la carrera, los profesores y el alma máter. El día de la graduación, encargado del discurso gracias a sus dotes de escritorzuelo, confundió a la audiencia diciendo que estaba más confundido que antes y listo, de una vez, para su inevitable cita con la parca.

Y mientras le daba vueltas al asunto y urdía la forma, conoció a la mujer ideal. Juntos pensaron en una empresa. Una grande, que liberara al mundo de los tontos; y a los inteligentes, como él, del mundo.

Pero pronto, cuando el proyecto del sacrificio colectivo decayó, se aburrió de esta mujer. Y para rematar, cuando se dijeron adiós, ella le contó de su embarazo. Así que cierta alegría, pero ante todo la responsabilidad, afirmó a cuatro vientos, le aplazó la idea unos diez años más. A esa edad, estableció solemne,  los hijos pierden su gracia y están listos para sobrevivir por cuenta propia.

Entretanto, consiguió un empleo escribiendo. Y supo de si mismo, que la vida la podía sobrellevar así, fingiendo ser inteligente e, incluso, filosofando sobre lo que muchos ya han filosofado y nada han concluido. Fruto de sus escritos, muchos, incluyendo amigos y cercanos, finalizaron sus días.

Mas cuando el hijo cumplió diez, dispuesto a cumplir su promesa, se percató de que aún no había encontrado la manera. Asfixiarse, cortarse las venas o tomar cicuta, se habían convertido en lugares comunes. De modo que él, todo un creativo, padre y señor de un agrio romanticismo, debía encontrar la mejor forma, una que recordaran todos y le acarreara la inmortalidad. Investigó sobre el tema, leyó con más profundidad y pasión que antes, hasta hacerse un experto y prometer a sus allegados y discípulos un apropiado final.

Así estuvo mucho tiempo, hasta que su hijo, por una causa misteriosa, se enterró un sable en el vientre. "Lo llevaba en sus genes", "Rebeldía demostrativa", "Reflejo del objeto" dijeron médicos, sicólogos y filósofos allegados. Pero un cura perturbado les gritó en la cara: "¡Una maldita herejía!" Y entonces nuestro hombre enfermó y calló por mucho tiempo.

Al recuperar parte de su vitalidad y la conciencia recordarle cierta misión sobre la tierra, se sintió el ser más contradictorio del planeta; cumplía casi la mitad de un siglo y el tiempo le dolía en la espalda.

En un momento de lucidez, dijo su madre, abandonó esa idea maldita. Y se sintió vacío, el más simple de los mortales, carente de sentido, y sin temas para hablar ni escribir. De modo que para nutrirse de argumentos, se dedicó a fotografiar rincones, correr desnudo a medianoche y estudiar el sentido de vida de los animales y las plantas. La anciana murió unos meses después, cansada y deprimida de oír del hijo tantas sandeces.

Abatido y solitario, deambuló por las calles, hasta que una tarde un pordiosero, frente a una iglesia – sonaban como ángeles unos cantos gregorianos - le mostró el camino. Juntos subieron al campanario, y ante la multitud que se arremolinaba y pedía a gritos que se tiraran, tuvo el coraje para empujar al pordiosero. En cambio él, temeroso del vacío, recordando al huevo que le enseñó su madre, aguantó la respiración y se detuvo.

Al abandonar el campanario se sintió arrepentido y cobarde, aunque también contento. Pues, por alguna extraña razón, no se percibió como el cadáver viviente que había forjado, sino como el más vital de los mortales, con un diáfano y concreto sentido de la vida.

Quienes lo admiraban, decepcionados de verlo llegar a los ochenta apenas como un mero prometedor del oscuro, le presagiaron una muerte ridícula enmarcada en el absurdo que con tanta vehemencia predicó. Y dando rienda suelta a su imaginación, hasta apostaron las formas. ¡Pues no! nuestro protagonista, rozagante y espléndido, cacareador del suicidio hasta la noche que se acostó para no despertar jamás, murió placidamente, al siguiente día de ser declarado el hombre más viejo del mundo.

 

Por: Winston Espejo

 


 



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