miércoles, 3 de junio de 2009

El domador de caballos


crónica

Constanza Lema

S

u oficio nos cautivó a todos desde que éramos muy pequeños. Aunque estaba muy chiquita, lo recuerdo perfectamente. Vivíamos en el Parque Lineal, entre las carreras 31 y 32, entre el centro de la ciudad y el Colombia, un barrio habitado por pícaros y putas. Los pícaros trabajaban en toda la ciudad. Ellas lo hacían ahí mismo, en su barrio, entre los bares y las fritangas, en un sector conocido como "la zona de tolerancia", una especie de zona franca para el sexo mercenario. También había, claro, personas que se ganaban la vida con trabajos menos emocionantes: carpinteros, tapiceros, modistas, panaderos, conductores. Pero entre todos se destacaba, don Luis Enrique Bejarano, el domador de caballos.

Al caer la tarde, todos los niños del barrio nos apostábamos en los balcones o en los andenes a ver trabajar, alelados, a don Luis. Nos hipnotizaba, como a los caballos. Yo creía, y aún lo sigo creyendo, que ejercía un poder sobrenatural sobre las bestias, que podía penetrar en sus cabezas y dominarlas a su antojo, y hasta entender su lenguaje como dicen que entendía el idioma de los pájaros Francisco de Asís.

La pesebrera de don Luis colindaba con el solar de mi casa. Allí traía los mejores ejemplares que tenía en su finca El Espejo. Allá fue donde se enamoró de la criatura que sería su perdición, los caballos, "el más bello y noble de todos los animales", como los considera aun hoy, retirado, viejo, manco y canoso. Su negocio consistía en comprar potros cerreros a tres mil pesos, y amansarlos para venderlos por sumas cuatro y cinco veces superiores. Una vez, recuerda, le vendió un caballo azabache de buena alzada a un gitano que andaba de pasó por aquí en $ 35.000, una suma histórica.

Algunas figuras de la doma las realizaba en la pesebrera; otras, como el torneado, las hacía en el parque. En todas ponía una mezcla de rudeza y afecto en partes iguales. Estoy segura de que para él los olores y los movimientos de las bestias eran un lenguaje tan nítido como para nosotros un titular de prensa, y que cuando les ponía la mano sobre la piel tenía lugar una comunicación de doble vía perfectamente clara.

En esos años (hablo de los 80) don Luis tenía tal prestigio que a su pesebrera acudían caballistas de todo el Valle en busca de sus servicios.

Una vez le llevaron un caballo "muy fino de sangre pero ordinario en sus maneras". Tenía todas las mañas, pateaba, corcoveaba, cabeceaba. Lo recuerda porque su doma le dio mucho trabajo. Primero le amarró las patas con cadenas para que aprendiera a tener compostura al moverse y así estuvo en la pesebrera durante tres meses. Luego le quitó las cadenas y lo llevó al parque "a cabestro" por unos días, es decir, ataba una soga al cuello de la bestia y lo halaba. Después empezó el proceso de torneado, una figura que consite en obligar al caballo a trotar en círculos con una soga al cuello (el "radio" del círculo). El propósito de este ejercicio es quitarle fuerza –o bríos–. Cada día los movimientos del animal eran más armónicos. Al cabo de unos cuantos meses el caballo adquirió los modales de un caballo de concurso.

Hace unos veinte años tuvo una bestia muy hermosa, La Leona, una yegua que nació y estuvo en su casa durante tres años. La fascinaban los aviones y se quedaba mirándolos hasta que los perdía de vista. Su color y su porte, resaltados por su bien medido paso, hicieron que Fabio Ochoa, el capo paisa, se encariñara con ella y se la comprara a don Luis Enrique por $17´000.000. Con este animal Fabio Ochoa ganó un primer premio en la feria equina de Tulúa del año 87. (Don Luis Enrique suspira. Quizá por su memoria pasa ahora Caifás con su garboso paso castellano, La Cocacola trotona y galopera, Pampero, un caballo casi mitológico, La Chilindrina, toda llena de gracia… todos llenos de premios).

No todo fueron mieles, claro. Una vez un caballo le fracturó la nariz de una patada; tiene la cabeza y el pecho llenos de cicatrices de coces. Pero lo peor, la desgracia mayor, ocurrió un diciembre. Recuerda que estaba muy contento –acababa de cerrar negocio con Fabio Ochoa– y se puso a picar caña para alimentar los caballos en una maquina especial, una cortadora de caña que tenía una sierra circular de dientes largos y afilados. De repente el aparato se atascó, don Luis se puso a desatascarla con el motor prendido y cuando quitó el atasco la máquina arrancó súbitamente, "como un perro traicionero", y se le llevó la mitad del brazo derecho. Lloró varios meses, recuerda, y se maldijo varios años. ("Yo creo que todo fue un castigo por recibir dinero maldito", dice con la humildad de un hombre de fe). Pero un día se perdonó y volvió a su oficio, domador de caballos.

Hoy tiene 78 años. Está retirado. Vive ahí mismo, en el barrio Colombia. Se acomoda el sombrero con su muñón encallecido, suspira y contempla la tarde que se apaga, como su vida.


Por: Constanza Lema



2 comentarios:

laura flores dijo...

Me gustó mucho este texto en particular. Narra la vida de un hombre que sabía tratar a los caballos esos animales tan nobles.
Yo conocí muchos caballos en mi vida y siempre tuve una relación bonita con ellos.
Hay personas que hacen curación con los caballos.
También me recordó una película que el hombre que susurraba a los caballos, con Robert Redford.
Laura

laura flores dijo...

Me gustó mucho este texto en particular. Narra la vida de un hombre que sabía tratar a los caballos esos animales tan nobles.
Yo conocí muchos caballos en mi vida y siempre tuve una relación bonita con ellos.
Hay personas que hacen curación con los caballos.
También me recordó una película que el hombre que susurraba a los caballos, con Robert Redford.
Laura