martes, 3 de marzo de 2009

DE CAMARERA EN LA MARISQUERÍA


Por: Rodrigo Escobar Holguín

Tenía que conseguir un trabajo que me dejara más tiempo, y me puse a buscar en Segunda Mano, el periódico de clasificados de ocasión. Un restaurante requería una camarera. No pedían papeles, pero sí buena presencia. En Colombia, eso significa piel blanca, ojos claros, buena estatura, cosas que yo no tengo. En España, ¿qué podría ser?

Me vestí lo mejor que pude y fui a la entrevista. Era una marisquería muy grande, un sitio popular de Carabanchel. Me puse a mirar como al descuido los trazos de la entrevistadora al llenar el formulario. En el cuadro de opciones de "Presencia" alcancé a ver que marcó una X en "buena". Entonces me sentí segura.

Contrataban a muchos ilegales. Los trabajadores fijos eran de lo más pobre y menos educado de España. En los fines de semana llegaban secretarias, cajeros de banco— con buenos sueldos pero que necesitaban dinero para comprar algún lujo más. Y una cantidad de extranjeros y nacionales— gente de América Latina, de Marruecos, de muchos sitios de España y de fuera, que pasaban por allí como temporales.

Trabajaba viernes por la noche de las seis de la tarde hasta las dos o tres de la mañana. El sábado me despertaba a las doce del día y me iba al restaurante hasta las cuatro de la mañana. Y al día siguiente me despertaba a las doce y trabajaba hasta las doce de la noche. La noche del domingo a lunes soñaba con platos. El resto de la semana me la pasaba soñolienta, pero podía hacer lo mío, y me sentía bien.

Me pidieron una blusa blanca y una falda negra. La única falda negra que tenía era una muy corta. Me la puse con medias negras y unas botas. La administración estaba encantada.

Una vez la encargada de las relaciones públicas, la que me había entrevistado, hizo una revisión de uniformes. Se quejó a la administración por mis botas. Le respondieron que me veía muy bien así, que me dejara tranquila. Fue una suerte. No hubiera tenido con qué comprar zapatos.

Una noche de Diciembre se me rompieron esas medias. Tuve que ir al baño a quitármelas. De pronto una de las chicas dice:

—Lily, ¿tienes medias?

—No, se me rompieron, me las tuve que quitar.

—¿Esa es tu piel?

—Sí.

—¿De verdad? ¿Eres así de morena siempre? ¿No es que has ido a la playa? ¡Déjame tocar!

No podía tener mejor presencia: era del color del verano.

Al principio llegaba a la barra y hacía mi pedido. Nadie me notaba. Me di cuenta: había que gritar. Sólo entonces me atendían.

Desde que uno llegaba, a las seis de la tarde, hasta que se iba, a las tres, cuatro de la mañana, uno no podía sentarse ni comer. Supe lo que es tener hambre y estar sirviendo comida. Fumar y beber agua estaba permitido, pero yo no fumaba.

Los postres —unos pasteles pequeñitos— los servía un chico. A veces me llamaba, me decía "¡abre la boca!" y me acomodaba uno.

Recuerdo a una jovencita del Perú. Debía vivir suave allá. Ya antes del final del primer día tenía los pies hinchados, y se sentó. Le dieron un regaño tremendo.

Hubo un argentino, otro hijo de papi y mami, que al ir acabando su primera jornada se sentó en plenas escaleras a llorar. Decía que él no podía con eso, que por qué se había venido a ese sitio. Cuando tratábamos de consolarlo, vinieron a recitarle el reglamento y a pedirle que dejara el espectáculo. Él respondió que ya no importaba, que lo liquidaran, que no iba a volver.

Yo, con mi apariencia y mi dominio de la lengua, podía servir al público. Había mujeres árabes, del tipo regordete, recién salidas del encierro familiar, que apenas balbuceaban algo de castellano. Lavaban la vajilla en la cocina. Pilas enormes de platos gruesos, pesadísimos, en medio de agua caliente y fría todo el tiempo. Siempre se necesitaban platos limpios; tenían que apurarse. Al final de la jornada, se organizaba una mesa muy elegante donde todos los meseros comíamos con el administrador. Las que trabajaban en la cocina comían allá, de pie, en medio del barro, del agua, de las sobras.

Hubo un domingo un poco más lento, con menos trabajo. Con el tremendo ajetreo de la noche anterior, las de la cocina se habían ido sin acabar de arreglar los platos. Casi no había clientes, y resolví meterme a ver cómo era eso. Terminé con dolor de espalda. Y no había hecho sino una parte de lo que les tocaba.

Un día, cansada, dije:

—No veo la hora de terminar mi estudio para largarme de aquí.

La otra colombiana, camarera de profesión, me contestó:

—Vos al menos podés decir que te vas a ir de aquí. Yo tengo que seguir en esto para siempre.

Por: Rodrigo Escobar Holguín

Blog personal (no oficial) : http://peldanosdearena.blogspot.com/2006_10_15_peldanosdearena_archive.html





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