miércoles, 3 de junio de 2009

31 de diciembre


Por Laila Montoya Hammar

31 de diciembre. Bogotá. Dos de la mañana. Estoy en casa de un tío y acabo de darle el primer mordisco a mi tajada de pavo con salsa de ciruelas. El bocado, más grande de lo que la etiqueta recomienda, me deja un poco atorada. Decido saltarme otra regla más y sin terminar de pasar el resto de la comida que aún queda en mi boca, deslizo la champaña por mi garganta. Feo pero efectivo, no me atranqué.

Suena el timbre. Es un amigo que ha venido a recogerme. Iremos a otro sitio a recibir el año juntos. El problema es que se adelantó media hora y sin ese tiempo que habíamos pactado, no podré terminar de comer, y tengo mucha hambre. Le pido que coma conmigo pero me dice que acaba de hacerlo. Yo sigo mirando el plato que sostengo sobre mis piernas. El tipo me gusta bastante, no sólo es guapo sino que además baila muy bien, y esta noche promete ser larga. Información suficiente para que mi cerebro decida poner una sonrisa en mi rostro. Salgo disparada a lavarme los dientes.

Luego de despedirnos de mis tíos, primos, abuelita, amigos y demás ciudadanos presentes, salimos al carro. Cierro la puerta y me dice, con el ceño fruncido, que mi papá lo saludó seco, que hasta hizo un gesto con la boca. Antes se había demorado, le digo yo como tratando de aligerar el ambiente, él es así, no le pares bolas. Mi amigo no quiere que le aligeren nada, es evidente que está molesto y quiere hacérmelo sentir. Trato por todos los medios de hacerle ver que es una bobada, algo sin importancia, pero él sigue muy serio, con sus ojos fijos en la calle; ahora es él quien está haciendo un gesto con su boca.

Llegamos a la casa de un amigo suyo en donde otros primos, tíos y amigos, de alguien más, están festejando. No hay abuelitas. Tal vez por eso la música está sonando tan duro. Me dice que aquí sólo estaremos un minuto, que este sitio es sólo el punto de encuentro para salir todos, en varios carros, a rumbear. El minuto se convierte en media hora y yo ya me estoy empezando a desesperar. El ambiente no es agradable, la música es sólo un elemento distractor que trata de esconder, sin éxito, que esta reunión es muy aburrida.

Alejandro, así se llama mi amigo, decide que es mejor no manejar, al fin y al cabo la meta de la noche es llegar al amanecer prendidos y felices, no multados y sin pase. A la mayoría le parece bien y decidimos irnos en varios taxis. Él y yo no cruzamos una sola palabra en todo el trayecto. Él se comporta distante, asumo que sigue molesto por la mueca de mi padre y yo estoy empezando a impacientarme con la situación, además, sigo con hambre.

Llegamos al sitio. Es un local ubicado en la zona T. No le veo nada especial, es una pared negra con dos tipos de igual color y del doble de mi tamaño restringiendo la entrada. Hay una cola infinita. No soy el tipo de persona que hace fila para entrar a un restaurante o a un bar. Para hacer fila están los bancos y las entidades públicas. Pero soy minoría y debo adaptarme a los deseos del grupo.

Mi amigo se dirige a uno de los custodios, le menciona un par de nombres y por arte de magia la barra se abre. Si hay algo que detesto más que hacer fila, es precisamente no hacerla cuando otras personas la están haciendo. Comunico mi pensamiento y recibo miradas y comentarios irónicos de los amigos de mi amigo, que a estas alturas, es evidente, no serán mis amigos.

Traspaso la puerta. Reguetón. Pagamos el cover. Hacemos otra fila, esta vez es para entregar mi cartera y mi chaqueta, a cambio recibo un rectángulo plástico con un número. Caminamos con dificultad, llegamos a donde se supone que deberíamos llegar; estamos parados en medio de un garaje lleno de gente en donde me reciben con un empujón aquí y otro allá. Más reguetón. Alejo empieza a moverse al ritmo de la música. Yo me quedo quieta. No me gusta el reguetón. Primero me mira con extrañeza, luego, al ver que sigo sin moverme, también se queda quieto. Ahora somos dos personas estáticas en medio de una muchedumbre que se mueve frenética. La cosa no pinta bien.

Miro hacia arriba y veo que el segundo piso está casi vacío. Mejor todavía, veo asientos. Le digo a mi amigo que quiero subir, él también mira y ve a dos de nuestros acompañantes cómodamente sentados. Les hace señas, ellos nos informan por donde tenemos que subir. Antes de pisar el primer escalón, tenemos que pasar por otra barra, en donde otro sujeto idéntico a los que están en la barra de afuera nos dice que es la zona VIP. Por eso mismo, le dice Alejandro, y agrega dos palabras que no alcanzo a escuchar. La barra se abre.

Tengo que confesar que a estas alturas me imaginaba que la peor parte de la noche había pasado, así que me dije a mí misma: qué importa si no puedo bailar, al fin y al cabo unas noches atrás bailamos salsa y merengue, soy flexible, ratifiqué como para convencerme, puedo tolerar esta dosis concentrada de reguetón, ¡es primero de enero!, hay que empezar el año contenta.

Mientras yo hacía todas estas conjeturas mentales, Alejo, que siempre ha tenido los ojos inquietos, estaba concentrado en los movimientos que una reguetonera hacía en frente de su nariz. La cosa no fue casual, una miradita furtiva no se le niega a nadie, no, el asunto era más complejo. Ella, instalada a pocos centímetros de la cara de Alejandro, hay que recordar que él y yo estábamos sentados, hacía todo tipo de contorsiones mientras sostenía la mirada fija en mi ilustre amigo, todo ello acompañado de una sonrisita controlada que parecía haberse quedado congelada en su horrible boca. Y él, que es como es, compartía con igual entusiasmo la actitud de esta mujer.

Tal vez sea necesario mencionar en este punto que ultimamente me he propuesto ser más tolerante, ya saben, tener más control sobre las propias emociones, vivir más zen, hay que dejar que los demás sean como son, etc., etc. Con todo esto en mente, respiré profundo, miré a mi amigo, lo cual es siempre un placer, ya mencioné que es realmente guapo, y traté de entablar una conversación. Él, que es todo un caballero, se tomó dos segundos para responderme, tampoco me iba a dejar con la palabra en la boca, y acto seguido giró su cabeza para seguir moviendo sus ojos al ritmo del reguetón.

Suficiente es suficiente, me dije, no hay espiritualidad ni autocontrol que valgan en una situación como esta, y me despedí tranquila pero decididamente de Alejandro. Cogí mi ficha plástica, la cambié por mi chaqueta y mi cartera, y salí a la calle a buscar un taxi. Nadie vino detrás de mí.

Sentada en el carro, mientras el taxista tomaba el rumbo hacia mi casa, me puse a pensar en lo extraña que a veces resulta la vida. Unos días atrás, él y yo la habíamos pasado realmente bien, veníamos viéndonos con frecuencia y sin importar el plan que fuera parecía que nos entendíamos a las mil maravillas; yo hasta había dejado de comer, literalmente, para verlo esa noche, para que ahora, de un momento a otro, todo se viniera abajo sin mayores explicaciones.

Hice un esfuerzo y analicé toda la película desde el inicio: estuve toda la noche con mucha hambre, lo cual redujo desde el comienzo mi nivel de tolerancia, la mueca de mi padre al saludar a Alejo, mueca que derivó en malestar para mi amigo, malestar que a su vez nos llevó a un silencio incómodo a los dos. Con el silencio vino el aburrimiento, a este le sumamos que no pudimos bailar por causa de la pésima música; los inquietos ojos de Alejandro buscando diversión, para finalmente aterrizar directo en las fauces de la intensa bailarina reguetonera.

De repente, capté la esencia de todo lo que había ocurrido. No fueron el hambre asesina, que me acompañó todo el tiempo, la mueca, el malestar, el silencio, el aburrimiento, el reguetón, los ojos con hambre ni el hambre hecho mujer. No. Nada de eso. Fue intervención celestial. En ese taxi, sola y en la madrugada del primer día del año, entendí que sólo se había hecho realidad el deseo que había pedido en la misa del día anterior, 31 de diciembre, y en el cual pedí: "Señor, aleja de mí las malas compañías", sin saber que con semejante petición estaba renunciando a la persona que habría podido darme el mejor de los momentos para iniciar el 2009, así fuera una mala compañía en todo lo demás.

Por Laila Montoya Hammar



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