jueves, 11 de junio de 2009

Recordatorios

Por: Rodrigo Escobar Holguín

Nombrar es un primer paso para recordar. Se nombra asignando una palabra a algo que se quiere distinguir del resto de percepciones en el espacio y en el tiempo, y mantenerlo presente en la mente. El nombre es un instrumento de la memoria.

Del breve monumento verbal que es el nombre se puede pasar a un monumento físico. Se liga un nombre con un lugar, y se lo propone para que otros lo adopten. Cuando el lugar escogido tiene de por sí una entidad que lo distingue, basta con eso. Hay en cierto valle de Escocia un cerro imponente que se llama Buachaille Etive Mor – el Gran Pastor del Etive. Es al tiempo celebración de lugar y de oficio.

En todas las lenguas hay palabras para nombrar sitios que ayudan a recordar. Suelen relacionarse con el pensamiento y la memoria. Mnemeio en griego, denkmal en alemán, pomnik en polaco, pamiatnik en ruso. Entre los romanos recordar se decía monere. El sufijo –mentum se aplicaba a objetos útiles para ejercer un acto, en este caso, el de recordar. Monumentum era entonces un objeto para ayudar al recuerdo: el vínculo era indudable. Para nosotros ese vínculo ya se ha perdido, y la palabra que hoy usamos suena monumental, como un gran sepulcro vacío, incapaz de suscitar una remembranza que conmueva.

Qué es lo que merece recordarse? Personas, lugares, actos y eventos, incluso abstracciones significativas para una sociedad. Cuando se trata de una persona, pueden surgir ambivalencias. ¿Qué es lo que se celebra de alguien que pudo haber hecho algo digno de conmemoración en un momento o una época de su vida, pero en otro hizo algo que no merece ser celebrado? Si se erige un monumento a Sebastián de Belalcázar en Cali, se trata de celebrar el acto de fundación de la ciudad, y quien lo ordenó.

Ese mismo hombre había sido uno de los españoles que masacraron a cerca de siete mil indígenas en la plaza de Cajamarca, Perú. ¿Es imaginable un monumento a Belalcázar en Cajamarca? Para quien conozca esa historia completa, ¿es posible contemplar el monumento caleño sin sentir el aleteo de la injusticia?

Cuando se trata de una acción colectiva, ¿es justo considerar sólo a los líderes? Como preguntaba el obrero de Brecht:

Una victoria en cada página.

¿Quién cocinaba los banquetes de la victoria?

Un gran hombre cada diez años.

¿Quién pagaba sus gastos?

Entonces, ¿es un buen o mal cambio pasar de celebrar un acto colectivo a celebrar una persona, como pasó con la plaza caleña de la Constitución, renombrada para recordar a un prócer?

Calles y plazas se pueblan de recuerdos superpuestos. Los acontecimientos pueden abundar más que los lugares. Entonces, un monumento debiera poder celebrar más de un suceso, más de una persona. La plaza de Caicedo en Cali podría ser también, como antes, la plaza de la Constitución, e incluso, la de las Ciudades Confederadas.

¿Quién nombra, quién recuerda, quién celebra? De la respuesta depende el alcance social del monumento. Cuando el poeta dice

y ante ese mármol he aguardado en vano

se trata de un recordatorio íntimo, que concierne sólo al enamorado y a su amada. En otra escala podría hablarse de ciertos nombres de países escogidos por una persona y acogidos colectivamente para conmemorar algo o alguien: Venezuela, Colombia. Incluso el nombre de un continente puede convertirlo en monumento: América.

Los lugares pueden ser muy diversos. Están los naturales: un monte, un río, un golfo. En el norte de África, algunos atlas muestran, al norte del Níger, el Árbol del Teneré, una acacia solitaria en medio del desierto. Aunque subsistió por mucho tiempo, ya hoy es apenas poco más que un nombre: en su lugar han levantado un triste árbol de hierro. En las llanuras del Orinoco, los terrenos delimitados por un río y dos afluentes consecutivos del mismo lado se llaman rincones. Cierta noche, Bolívar fue objeto de un atentado en el Rincón de los Toros. La memoria de ese acto ha convertido el lugar en monumento, y más duradero que el bronce, como dice el poeta.

Pero los lugares más cercanos y frecuentes son creados por arte. Un territorio político, una ciudad, calles, plazas, edificios puede recibir un nombre conmemorativo.

No siempre basta con asignar un nombre a un lugar. Sobretodo en los lugares creados, puede darse una materialización del nombre y a veces una representación física. Hay placas que indican las denominaciones y narran los hechos; hay esculturas que evocan lo celebrado. Los recordatorios colectivos pueden llegar a tomar forma visible en el espacio público, se vuelven a veces mármol y bronce.

Los nombres de lugares son de naturaleza tan diversa que han dado lugar a una especie de ciencia, la toponimia. Con ella uno aprende que hay nombres descriptivos como Río Negro, El Palmar; inspirados en los parecidos de un hecho natural con alguna otra cosa, como el Cerro de la Horqueta o el Pico de Loro; nombres generados por las emociones, como Pueblo Bonito, Montebello, Bahía Triste; nombres de otros lugares recordados o soñados por viajeros y migrantes, como los colombianos de Segovia, Jericó, Cartagena; nombres incluso originados en antiguas lenguas y cuyo significado se perdió, o hace parte de un saber arqueológico que hay que rescatar de oscuros libros o de labios de remotos ancianos, como Cauca, Mapiripán, Andes.

Ni el acto de nombrar ni el de materializar lo nombrado aseguran que el recuerdo se fije. Se puede establecer un calendario de celebraciones, de ritos que ayuden a reforzar el sentido de los lugares consagrados. Cuando esto no se hace, es posible que se vaya perdiendo la memoria de lo que se ha querido recordar. Incluso ni aún las ceremonias aseguran a veces el recuerdo, como lo recuerda Kavafis con respecto a los Posidoniatas:

Y al término de la fiesta tenían por costumbre

narrar sus antiguas tradiciones

y repetir palabras griegas

que apenas ya pocos comprendían.

Las invasiones, las guerras, las injusticias y las revoluciones borran fácilmente los objetos donde se anclan los recuerdos, no importa qué tan importantes sean. El primer paso es ignorar los nombres del vencido y establecer otros nuevos. Una pacífica aldea polaca de nombre Oswięcim pasa a llamarse Auschwitz, y con esa nueva denominación se volverá un recordatorio de genocidio.

A veces, aunque los nombres locales logren permanencia, ya nadie sabe qué quieren decir: han desaparecido la cultura y el pueblo que les daba sentido. En un país que nunca haya sufrido invasiones, todos los nombres tendrán sentido, y lo conservarán desde los tiempos en que fueron puestos.

El invasor puede poner nombres de desprecio a lugares venerados por los vencidos. Una gran piedra ceremonial con canales, estanques, figuras de ranas, serpientes y lagartos tallados por los aborígenes en un lugar de la actual Colombia fue degradada a comienzos del siglo XX con la denominación de Lavapatas, que los nacionales – para vergüenza nuestra - seguimos usando todavía.

A veces no basta eso, y se acude a la destrucción física. En 1910, un artista levantó en Cracovia un monumento a la victoria polaca - quinientos años antes - sobre los caballeros teutónicos. En 1939, los nazis lo destruyeron, pero fue vuelto a levantar después de su derrota.

Como éste, hay recuerdos inmóviles que tienen la necesaria fuerza y el arraigo espiritual para poder lograr su reconstrucción tiempo después de haber sido demolidos. El teatro El Globo en Londres, ligado a la memoria de Shakespeare; el Pabellón Alemán de la exposición Universal de Barcelona en 1929, obra arquitectónica pionera del siglo XX por Mies van der Rohe; la Ciudad Vieja de Varsovia; el templo de Cristo Salvador en Moscú son algunos de ellos.

Estos lugares con capacidad de resurgir de sus cenizas, incluso mucho después de haber sido destruidos, pueden dar una indicación sobre su naturaleza. Son lugares sagrados. Allí una vez se manifestó algo que concierne a muchos, a través de las generaciones, y que por ello pasan a ser imprescindibles: si por alguna causa fueran destruidos, hay que volverlos a crear.

¿Cómo entonces tener recordatorios urbanos que permanezcan?

Hoy las invasiones ya no son tan de temer.Pero la erosión del recuerdo puede ocurrir por causas internas. Cuando las sociedades no ponen al alcance de su pueblo la riqueza y el conocimiento que producen, la ignorancia y la miseria llegan a dificultar que se conserven estos instrumentos de la memoria. Muchos no saben qué significan esos bronces. Para algunos de ellos constituyen apenas un montón de materia prima con valor económico, y pueden venderlos para obtener dinero o ser usados de otras maneras. Lo que Roma vivió con las invasiones godas lo puede revivir en su seno una sociedad incapaz de compartir sentido y oportunidad entre sus ciudadanos.

Se requiere, pues, alguna equidad, tanto en el conocimiento como en los recursos materiales. Si no, los desvalidos convertirán los monumentos en medios de supervivencia. Y también se necesita conciencia histórica compartida. Y a su vez eso se relaciona con lo que se aprenda sobre historia, es decir, de la cobertura de la educación y de la calidad de la enseñanza. No es posible pretender una urbe monumental en una sociedad injusta.

Por: Rodrigo Escobar-Holguín

Subjetividad y lenguaje

SUBJETIVIDAD Y LENGUAJE

Somos sujetos por estarlo al lenguaje

Eduardo Botero Toro

Puede considerarse verdad irrefutable que al ser humano, cuando nace, lo primero que se le ofrece es otro ser humano, un prójimo. Nacemos en una relación social y estamos condenados a esta verdad imperativa, tanto como la otra de hecho implicada, la de que nacemos de otro ser humano.

Verdades irrefutables, ambas producen por lo menos dos reacciones diferentes en quienes las escuchan. Una de ellas es de fastidio inocultable: "¡Síiii! ¡Y qué!", como queriendo decir, no perdamos el tiempo hablando bobadas…. Otra reacción muestra el asombro: "Ajá… ¡Qué bien!".

Debo decir que cuando la escuché por primera vez mi reacción fue la segunda y creo que se produjo porque por entonces, en la Facultad de Medicina se discutía ardientemente acerca de si el ser humano debía ser tomado como un ser biológico, psicológico o social. Discutir ardientemente significa que entre quienes participábamos, parecía que se ponía en juego algo más que el prestigio académico. Era como si del establecimiento de cuál era la verdad se derivaran consecuencias en las respectiva estima que cada uno tuviera de sí mismo.

Recuerdo haber escuchado por primera vez esa verdad de boca de un profesor de sociología de la salud que se declaraba enemigo acérrimo del psicoanálisis al que consideraba ciencia de la burguesía y de la degeneración sexual. No solamente se trataba de un profesor que preparaba con seriedad sus clases, sino que además estimulaba, con la vehemencia del sabio, nuestra participación activa durante el desarrollo de ellas. "Quien asiste (a clase), tiene 3; quien persiste, tiene 4 y quien insiste, tiene 5", era su brújula para evaluarnos.

Años después, cuando ya me había orientado por el ejercicio del psicoanálisis, en plena preparación me encontré con que esa afirmación la hacía el mismísimo Sigmund Freud, fundador de la disciplina que nuestro buen profesor de sociología despreciaba con su encono. Y lo que a continuación leí, en el cotejo obligatorio con otras fuentes del mismo y de otros autores, vendría a justificar las razones, entonces desconocidas, por las cuales había reaccionado con asombro, años atrás, frente a la afirmación. El ser humano nace en una relación social.

NO ES UNA PARADOJA

Uno podría pensar que nacer significaría soltarse de una sujeción a la madre a través del cordón umbilical, el que debe cortarse y anudarse a unos cuatro dedos de distancia de lo que será el futuro ombligo del sujeto. Pero, la frase misma revela la aparente paradoja: nos des-sujetamos para convertimos en sujeto.

No así no más. Pues lo que pasa a sujetarnos ahora no es una cosa material sino algo diferente: quedamos sujetos a un vínculo social. Esta sujeción es a otro precio, si aquí cabe la expresión.

Mientras estamos sujetos a la madre a través de cordón y placenta, lo único que hacemos es flotar. Pero ¿qué digo? ¿Hacemos? Para conjugar el verbo hacer y cualquier otro verbo, es necesario el pronombre. ¿Somos alguna, cualquiera, de las personas del singular o del plural (no discriminemos ni gemelos ni mellizos ni hermanos por la madre pero de padres diferentes que comparten el mismo lago amniótico)?. Lo que flota es lo que se llama feto y debemos agradecer que en siglos pasados no existieran partidarios de los lenguajes políticamente correctos porque después de nacidos no nos llamaríamos bebés sino post-fetos.

En el vínculo social, la otra sujeción, nuestra supervivencia depende absolutamente de quien nos cuida. Tanto de la forma en que da cuenta de que nos deseó como en los términos en que el cuidador se relaciona con todo lo que significa hacer parte de la cultura: darnos un nombre propio, inscribirnos en un lugar de la genealogía, todo esto y mucho más, a través de la acción repetida de cuidarnos con el alimento, con el abrigo, con el refresco, con el alivio, con el mimo.

Desprovistos al nacer de un yo propio quedamos a merced del suyo, sujetos a su deseo y a la forma en que transmite el discurso de la Cultura. Si ha apostado a las ventajas de aprender a hablar, a pensar, a sentir y a actuar en las condiciones puestas por la cultura a la que pertenece, debemos celebrarlo. Si no, hay que cruzar los dedos…

Por ejemplo si nos ha tocado en suerte una cuidadora ejemplarmente adscrita a la racionalidad y vacunada contra toda fantasía e imaginación, esa señora (¿esa sujeto?), ella dirá, amparada en su saber, que para qué hablarle a un bebé si este no entiende. La verdad no siempre nos hace libres y lo que ella dice es una, como se dice, de a puño. Pero aquí podemos contribuir a la restitución del prestigio de la imaginación* de esa cuidadora, aparentemente loca, que habla a su bebé independientemente de que este no entienda lo que le dice.

El cambio de una sujeción (fetal) por otra (neonatal), nos prepara para algún día llegar a poseer una realidad mental con la cual podamos pensar, sentir y actuar. No hay, pues, paradoja: todo es asunto de palabras. En efecto, la palabra sujeto puede ser usada como participio adjetivado cuando decimos "la cuerda estaba bien sujeta", "el feto estaba bien sujeto a la placenta". O bien cuando significamos uno de los términos de la oración: "en la frase 'Juan ama a Estela', Juan es el sujeto. O bien como asunto: "el sujeto de esta reunión es…" (poco usada por cierto). O bien en forma descriptiva con cierto dejo peyorativo: "La policía capturó un sujeto que portaba un arma sin salvoconducto".

SUJETOS EN UN VÍNCULO SOCIAL

Sujetos al vínculo social este se nos transmite en forma de lenguaje. Se trata de lo que los psicoanalistas llamamos el discurso del Otro y la mayúscula la empleamos para diferenciarlo de ese "otro" que es el cuidador, agente de la transmisión dirigida a nosotros de aquel discurso del Otro. Todo discurso es una forma de vínculo social, también.

Lo que llegamos a poseer como realidad mental es lo que deja esa transmisión, de ahí que los psicoanalistas (en verdad, no todos) sostengan que el inconsciente está estructurado como un lenguaje), porque por realidad mental se entiende la que occidente concibe después del descubrimiento freudiano.

La madre, que es la que más frecuentemente hace las veces de cuidadora, es la intermediaria entre la cultura y el bebé, a quien asiste valida del modo como ella se inscribe en la cultura, es decir, con su singular realidad mental, como sujeto. Esto quiere decir que ella cuida al bebé con la totalidad de su psiquismo: consciente e inconsciente; yo, ello, superyó…

No se trata solamente de la forma en que cuida sino de cómo transmite su palabra al niño. El vínculo entre forma de cuidar y transmisión verbal, cumplirá un papel fundamental para que el bebé llegue a poseer su respectiva realidad mental, su condición de sujeto.

La forma de cuidar tiene una característica que es esencial: la repetición del cuidado, hora tras hora, día tras día. La repetición crea las condiciones para que el infante* empiece él mismo a representarse la realidad, lo que se denomina representación de cosa, poniendo en marcha su capacidad sensorial, al principio y principalmente visual y táctil. Siendo capaz de percibir, la repetición conduce a recordar. Como la percepción del objeto que cuida se liga a la experiencia de satisfacción (alimento, abrigo, mimo), el efecto es la memoria de la experiencia misma ligada a la representación.

Pero el infante también "mama" las palabras que la madre le ofrece. Con las palabras que escucha y mediante un complejo mecanismo de asociación, las representaciones de cosa pasan a ser convertidas en representaciones de palabra sin que por ello desaparezcan las primeras.

A partir del momento que la representación de palabra comienza a poblar la realidad mental del niño deja de ser infante y el proceso lo coloca en condiciones de transformación mediante la cual de ser exclusivamente hablado por el otro ahora puede hablar con el otro.

Antes no tenía otra manera de llamar al cuidador que mediante el llanto. El llanto del niño es una verdadera forma de comunicación que convoca al cuidador y le exige a este un ejercicio de desciframiento que puede compararse con realizado por Champollion con los jeroglíficos egipcios. Ahora ya puede llamar al otro con palabras. Al principio con los fonemas, después con las sílabas, luego con la repetición de silabas, más tarde con frases, etc.

Con todo lo que significa acceder a un lenguaje, la satisfacción que se obtiene jamás será absoluta, porque el lenguaje es invención humana y los humanos, a diferencia de los dioses que no pueden equivocarse porque, siendo eternos, de hacerlo estarían condenados a sufrir por toda la eternidad, podemos celebrar la impertinencia del equívoco porque somos mortales y contamos con la posibilidad de descansar algún día si es que el equívoco nos hizo sufrir hasta la obsesión.

De esta manera, pues, es que decimos que el lenguaje es el responsable de la existencia de nuestra realidad mental, de nuestra subjetividad, de que podamos asumir una historia de vida en la que indefectiblemente muchas veces encontraremos el sufrimiento cuando busquemos la felicidad, o viceversa. ¿Por qué no?

ENVÍO

A quienes lean este ensayo debo advertirles que es realizado como ejercicio dentro del Taller de Literatura, RENATA, dirigido por Julio César Londoño en la ciudad de Cali. Temas más específicos dentro del sujeto de este ensayo, sobre todo la forma en la que los psicoanalistas usan la lingüística y la lógica formal para representar matemáticamente la realidad del inconsciente estructurado como un lenguaje, no han sido abordados aquí pues mi intención es la de privilegiar la utilidad que los conceptos puedan brindar, a través de un ensayo divulgativo, para propósitos de tipo pedagógico, por ejemplo, los dirigidos a gestantes y padres adolescentes.

Ahora que la crisis social arrastra también a los discursos que se aproximan a decirla (porque las cosas son ellas y lo que se dice de ellas), me pareció pertinente este tema en el cual estoy concernido personal y profesionalmente desde mucho antes de que los discursos sobre lo social entraran en esta inverecunda crisis de promoción del Dios mercado, el pensamiento políticamente correcto y la proliferación de esos que Marx denominó "voceadores más chillones" y de los que dijo eran los únicos en tener éxito cuando lo que campea es "el mal humor pusilánime en las masas". Beneficia a estos voceadores chillones que la importancia conceptual de lo social desaparezca y abominado de la pusilanimidad, quisiera mantener invicto mi desprecio para con ellos.

De esto se trata, ni marx ni menos.

Santiago de Cali, junio 4 de 2009



* "La loca de la casa" de Teresa de Ávila.

* De 'infans', sin palabra.



Por: Eduardo Botero


Camera obscura

Camera obscura

Hernando Aldana

A

la cámara oscura el espacio básico de la fotografía, es posible seguirle los pasos desde Aristóteles en el siglo IV a.C, quien menciona el estenopo en la Física. Unos cuantos siglos más acá, en el siglo XI el erudito árabe Alhazén describió el fenómeno en su famosa obra sobre óptica geométrica y profundizó su conocimiento casi al punto de entregarnos una cámara fotográfica, pero no, aun no estaba maduro el invento. En el siglo XIII y gracias a los fabricantes venecianos de lentes se va gestando la caja de luz que será empleada por los pintores desde el sigo XVI hasta el XIX, para copiar intacto un paisaje con toda su perspectiva y de pronto para inventar la perspectiva misma, ahora lo que faltaba, era el estudio de los materiales sensibles a la luz.

Alhazen le dedicó una buena cantidad de páginas en el Libro de optica al estudio de la formación de una imagen, gracias a un punto de luz que entra por un orificio -tan pequeño como el que produce un alfiler, de hecho ese tipo de cámara aun se llama pinhole camera- y así sin más ni más, forma una imagen invertida de lo que sucede afuera.

Todos hemos tenido el fenómeno frente a nuestros ojos, pero no todos lo han visto, posiblemente porque nuestra mente no es muy buena interpretando una imagen invertida, aunque los esquimales, para quienes el permanente contacto con un mundo donde la diferencia entre el arriba y el abajo es ninguna, no tienen inconveniente en observar por ejemplo una revista al revés y entender todas sus gráficas y fotografías.

La otra razón posible es que nadie espera que algo que este afuera de un cuarto, entre por un orificio llevado por la luz y se reintegre en la pared opuesta invertido y además gozando de movimiento.

Para los pueblos durante una época más bien larga cuando el tiempo no era una magnitud tan valiosa como el oro, tenían mas espacio para el ocio, para la observación, para la reflexión de todo lo que acontecía, poco o nada se les escapaba a la curiosidad que despertaba en ellos todos los mensajes que pescaba la red de los cinco sentidos.

Así que uno es dado a pensar que el registro de estos fenómenos es cosa relativamente reciente, tres mil o cinco mil años atrás y se circunscribe a los documentos escritos, por lo tanto, -cree uno- las pinturas de las cuevas de Altamira, Lascaux mucho más antiguas son otra cosa, manifestaciones artísticas, religiosas, o la expresión de un poder del hombre de las cavernas sobre la naturaleza, de una capacidad para modificar los espacios y apropiarse de ellos.

Hay que tener en cuenta que el hombre primitivo entra en las cavernas, previo desalojo de los animales que la habitaban, generalmente fieras que implicaron la planificación y el trabajo en grupo para lograrlo. Que posiblemente usaron el fuego y el humo como arma esencial y los garrotes. Que una vez logrado el desalojo de la cueva el paso siguiente era conservarla, así que se valieron posiblemente de piedras, para hacer la primera puerta y dejar el peligro afuera.

Que alguna vez una fiera al exterior de la cueva fue iluminada por los rayos de luz que empezaron a filtrarse por un pequeño orificio de esa burda puerta hasta dar contra el fondo de color claro de la cueva –indispensable- y necesariamente por ese casual orificio entró en un rayo de luz, un animal que se paseaba ansioso frente a la cueva, tratando de recuperarla y se reflejó invertido contra la pared del fondo.

Me parece escuchar el murmullo de asombro, los gruñidos de las tres o cuatro familias al

ver el movimiento de algo en esa pared contra la que el rayo de luz incidía, luego, atentos escrutando ese movimiento, se dieron cuenta que era una fiera expulsada.

Crece el murmullo y los gruñidos.

Uno de los más curiosos se asomó por el orificio, tapando la luz por donde entraba el animal y para sorpresa de todos, el animal desapareció.

-Ooooh se escucho en toda la cueva.

-Oh! Dijo el curioso, viendo el animal afuera y al instante espantado quitó el ojo del orificio.

Pasaron mucho años quien sabe cuantos, y tal vez el hombre más curioso, quien sabe si para conjurar el peligro o por el enorme gusto de crear un animal dentro de la cueva y así manipular con su prodigio al resto de la tribu, ensopó en tinte de raíces un improvisado pincel y lentamente empezó el ensayo de crear uno de los animales desalojados y fijarlo definitivamente sobre la roca y dejarlo ahí inerte, inofensivo hasta el remoto momento en el futuro en que un asombrado arqueólogo que deambula por la cueva se encuentra un rebaño de alces preciosamente dibujado y de nuevo después de diez mil años de silencio, se escucha un ¡Oh! sostenido que aun no termina y luego el fogonazo del flash que ilumina el rebaño de alces sobre la roca, que luego pasarán por el lente, y se fijarán invertidos sobre la placa sensible como imagen latente al fondo de la cámara.

-Oh! repite el hombre en el cuarto oscuro al revelar la placa.

Cuatro de junio de el año 2009


Por: Hernando Aldana Velasquez

lunes, 8 de junio de 2009

Padre: No registra


Por: Alejandro Liscano

Fajardo todavía no estaba muy seguro. Su vecino y amigo, Oscar, estaba decidido a hacerlo. Ya el plazo se había agotado y el patrón los presionada insistentemente. La vuelta debía hacerse ese mismo día y aunque no era momento para dudar, Fajardo conservaba algo de respeto por la vida de los otros. No era temor, era cuestión de integridad. A ratos parecía absurdo que alguien debiera morir. Por otro lado, era simple supervivencia. En la naturaleza unos mueren para que otros vivan.

Aunque Oscar era dos años mayor, Fajardo lo igualaba en físico. Eran un par de jóvenes flacos, de 18 y 16 años correspondientemente, con apariencia de mayor edad en sus rostros. Tenían en común la agilidad y la habilidad especialmente requerida para actividades al margen de la ley, como muchos del barrio.

En el otro lado de la ciudad estaba Alicia. Una mujer aún joven pero parecía tener la experiencia de los viejos para desempeñarse en el oficio de vivir la vida y llevar a los demás a hacer lo mismo. Tomaba el café de la mañana en la mesa de costumbre. Era dueña de la panadería, cuyas mesas invadían el andén. La mujer se encontraba ensimismada en la lectura. Esta vez no era el periódico, eran hojas con el doblez característico de las cartas. De vez en cuando se pasaba la mano por el cabello, quitándolo de en medio y acomodándolo detrás de la oreja. En ese momento su presencia invadía la panadería, la cuadra y el mundo. Ocurría lo mismo cuando tomaba pequeños sorbos de la taza; su belleza se hacía más evidente que nunca. Por más sutiles que fueran sus movimientos, hacía que la tierra girara en torno a ella; hacía parar el transcurso de los segundos y el caminar de los transeúntes.

Héctor, el panadero de cabecera, se encontraba siempre ocupado. Iba y venía, atendía clientes, recibía mercancía, revisaba las masas en proceso dentro de los hornos, ayudaba en la registradora, orientaba a los demás empleados. Hoy, al igual que todos los días desde hacía dos años, intentaba mantener el control y el buen desarrollo del servicio y de las ventas, mostrándose como un colaborador altamente agradecido con la panadería y con Alicia. Por esos días se esforzaba aún más en su trabajo.

Desde hacía días lo venía persiguiendo el pasado de años atrás. En ese entonces, para Héctor, la pobreza, el alcohol y la droga habían ido armando circunstancias que ahora lo obligaban a escapar de la ciudad. Varios negocios truncados por el vicio lo habían endeudado a un ritmo que no alcanzaba a cubrir. Durante los últimos dos años había ido abonando a la deuda con el patrón pero éste se había cansado de esperar. Ahora se hacían presentes las amenazas.

La carta que leía Alicia la iba envolviendo en una mezcla de sentimientos, de satisfacción, de cariño, de alegría, de tristeza, de todo a la vez. No obstante, en ese momento había algo que la inquietaba por encima de todo. Talvez era algo de la carta o talvez algo en el ambiente.

La carta decía lo siguiente:

"Doña Alicia,

Usted ha sido como un ángel para mí. Usted me salvó del vicio y de la calle. Nunca olvidaré lo bondadosa que usted ha sido conmigo. Soy conciente que cuando llegué a los alrededores de la panadería usted me atendió sin habérselo pedido. Créame que de todas las puertas que toqué nunca nadie se había portado tan bien. Yo estaba más cerquita de la muerte que de la vida. Usted hizo que dejara de sentirme totalmente solo. También estoy muy agradecido con el centro de rehabilitación y de no haber sido por su ayuda, no hubiera podido o no hubiera querido ingresar.

Luego el haberme dado trabajo en la panadería. Usted me dio la entrada para hacerle diligencias y de ahí sí para qué, pero también me doy mi crédito, yo me entregué al oficio para devolverle algo de todo lo que usted había hecho por mí y lo sigo haciendo. Quién iba a pensar que yo terminaría siendo panadero y hasta bueno, porque para qué, que sí.

Las almas tan buenas son muy escasas doña Alicia y usted es una de ellas. Aunque he tratado de hacer bien mi trabajo, no sabré como agradecerle todo lo que ha hecho por mí.

Le escribo todo esto porque me encuentro en una situación que me hace renunciar a la panadería. No quisiera mezclarla a usted más en mis problemas. Es sólo que no he terminado de enmendar mi pasado. Todavía me acorralan unos problemitas y no creo que pueda permanecer mucho tiempo en un solo sitio.

Yo me voy a tener que ir doña Alicia. Me duele mucho tener que alejarme de la panadería y de usted pero no tengo otra salida. No sé si en dos días o tres pero es ya. Sé que es muy rápido pero créame que no tengo más alternativa.

Le puedo prometer que no voy a recaer en el vicio y que seré una persona de bien. Bueno, si salgo de todo esto.

Con todo el cariño y agradecimiento del mundo,

Héctor

Eran las 6:30 a.m. A esa hora Alicia prefería ceder la mesa para dar lugar a los clientes y pasaba a echar una mano a sus empleados. De cualquier manera, era su presencia lo que realmente atraía a los clientes, quienes pensaban que era el aroma que escapaba de los hornos y las mesas que prácticamente los enganchaban a su paso por el andén. Tenía que ser mucha la prisa para no parar aunque fuese por un tinto.

Oscar había probado el revólver tres días antes, contra un indigente que parecía tener los días contados con los dedos de las manos. Esa vez nadie se enteró, sólo Oscar, el revólver y el indigente.

La moto estaba bien sincronizada, con gasolina de sobra y todo listo para hacerle el quite con rapidez a cualquier contratiempo. Fajardo ya tenía la estampita de la virgen del Carmen en un bolsillo de la chaqueta y el revólver en el otro bolsillo. Todas las balas en el tambor tenían el orificio en el plomo para que este se deshiciera más rápido y el riesgo de dejar vivo al paciente fuera menor.

La victima había sido estudiada durante varios días, a partir de la foto que les había dado el patrón. El de la foto era un tal Héctor, un panadero que permanecía en el lugar de trabajo. Esa constante facilitaba la vuelta.

Todo estaba listo salvo por Fajardo, quien parecía no acabar de hacerse a la idea. Había algo que no le cuadraba del trabajo. De cualquier manera, el asunto ya estaba decidido entre el patrón y Oscar. No había vuelta atrás.

6:45 a.m., Fajardo y Oscar se desplazaron hacia la panadería. Observaron desde una distancia prudente y pararon justo en frente cuando vieron que Héctor salía al andén a recibir un pedido de leche. Había dado el papayazo. Era más fácil hacer blanco afuera, a la luz del sol y sin gente de por medio.

Alicia acababa de subir a su carro, había recordado que no había dejado llaves para la empleada que le ayudaba en casa. Era cuestión de ir y volver para la hora pico. Al quitar la emergencia y al mirar hacia delante vio la moto que se interponía en su camino. Luego vio cuando uno de los muchachos sacó el arma y la apuntó, pudiendo ser hacia Héctor o hacia el señor del camión de la leche que estaba hablando con él.

No lo pensó dos veces, arrancó y atropelló la moto aunque no lo suficientemente fuerte como para que estos cayeran. Durante el impacto con la moto se oyó un primer disparo. Para entonces todos los ojos de la panadería estaban sobre los sicarios. Fajardo intentó dos disparos más antes de que Oscar arrancara sin lograr reponerse del imprevisto.

Alguno de los tiros había dado en el objetivo. Héctor estaba en el piso y sangraba. Inmediatamente, Alicia, haciendo de tripas corazón y como cumpliendo otro mandato divino, salió del carro y pidió al señor de la leche que le ayudara a subir a Héctor al carro.

Héctor yacía en el hospital, con pronóstico reservado tras una intervención quirúrgica para drenar la sangre de uno de sus pulmones. Su única acompañante era Alicia, esa mujer quien parecía más un ángel que un ser humano, una vez más rescatándolo de las puertas de la muerte.

Oscar y Fajardo pasaban el susto en el parque cercano a sus casas. El susto era más por el imprevisto y por la posibilidad de haber truncado la vuelta debido al choque del carro. Pero lo más importante era que habían salido libres de la zona de peligro. Después de eso, era como estar en otro planeta, nadie sabría que tuvieron algo que ver. Ahora era cuestión de esperar las noticias y cruzar los dedos para no tener que rectificar el acto.

Tres días después los muchachos seguían inquietos por saber que había sido del paciente hasta que la madre de Fajardo rompió la incertidumbre con una inocencia desgarradora:

-Mijo, apareció su papá. Está en el hospital después de un atentado que le hicieron. Dice que quiere conocerlo, que no quiere que se lo lleve la muerte sin haberlo visto a usted. El nunca se portó bien pero que carajo, mijo, un último deseo no se le niega a ningún muerto. Su papá se llama Héctor, Héctor Fajardo, por si quiere ir a preguntar por él-.

Fajardo salió corriendo para la iglesia, comenzó a llorar lo que lloraría por el resto de su vida. De ahí en adelante el mundo se le vino encima. Se dio cuenta que tocar fondo era todavía más abajo de lo que él creía haber vivido antes. Algo le había dicho la intuición pero la intuición nunca habla con suficiente claridad. Ya el daño estaba hecho, ahora quedaría muerto en vida por el resto de sus días; pues las penas del alma duelen más que los achaques del cuerpo.

De todas maneras, hizo lo que tenía que hacer. Esta vez cogió un bus para ir al hospital.



Por: Alejandro Liscano